

LA HIJA DEL LECHERO
Prefacio
Hay muchos
libros buenos cuyo valor depende del contexto del pensamiento actual en el
momento de su primera publicación. Tal como la rosa que decora los bosques y los
caminos, ellos agradan por unas semanas y luego desaparecen. Pero de vez en
cuando un autor encuentra a su pluma, su corazón y su misma alma tocado con el
urge de apuntar los eventos de significado eterno. Tal inspiración prendió el
espíritu de Leigh Richmond mientras él daba a su posteridad la historia de la
vida de la hija del lechero. Su nombre, su ambiente, su conversación y su vida
se relataron con tal poder que en verdad millones de copias se vendieron antes
de 1853 para satisfacer la demanda, y muchos de hombres, mujeres, y niños fueron
llevados al Señor por este medio humilde.
En recomendar
a esta nueva edición quisiera dar nada más una historia de un hombre que conoció
a la salvación por medio de hojear las páginas de este libro.
Un sacerdote
que tenía rencor a los primeros publicadores, se agarró una copia con la única
intención de criticarla y exponer sus defectos. Pero mientras leía él se arrestó
con el interés de la historia y le penetró el poder de las verdades que
contiene, “que la pluma de la critica se le cayó de la mano, su prejuicio se
volvió a ser admiración y él fue agregado como otro trofeo de aquella gracia que
había brillado tanto en la vida y muerte de la hija del lechero”.
Muchos que
dan vuelta a las hojas de esta nueva edición saben, tal como la hija del
lechero, que es “nacer de nuevo” y al final clamar VICTORIA.
Geoffrey
Williams
La Biblioteca
Evangélica;
Londres,
Inglaterra.
LA HIJA DEL
LECHERO
Observaciones
de Leigh Richmond,
Por
T.S. Grimshaw.
Una Narración
Auténtica
Es un empleo
deleitoso trazar y descubrir las operaciones de la gracia divina, tal como se
manifiestan en las disposiciones y en las vidas de los hijos verdaderos de Dios.
Es particularmente grato observar tan frecuentemente, entre las clases más
pobres de la humanidad, que el rayo de misericordia se lanza sobre el corazón, y
da testigo de la imagen de Cristo que el Espíritu de Dios ha imprentado ahí.
Entre los tales la sinceridad y la sencillez del carácter cristiano aparece no
haberse abrochado por los grillos de la espiritualidad de la mente y de la
conversación que muy a menudo llegan a impedir a los que viven entre las clases
más altas. Muchas son las dificultades que las riquezas, la alta sociedad,
importancia mundanal, y conexiones altas avientan al camino de la profesión
religiosa. Feliz es – y algunas historias felices conozco – donde la gracia ha
aguantado el conflicto con el orgullo natural, auto-importancia, y con las
tentaciones del lujo, confort, y opiniones mundanas para que el noble y poderoso
aparezcan adornados con pobreza espiritual genuina, auto-abnegación, humildad de
mente, y una profunda espiritualidad del corazón.
Pero en
general, si queremos ver a la religión en su carácter mas puro, hemos de
buscarla entre los pobres de este mundo que están ricos en fe. ¡Que tan
frecuente es e la casa del pobre el palacio de Dios! Muchos de nosotros en
verdad podemos declarar que ahí hemos aprendido nuestras lecciones mas valiosas
en fe y esperanza, y que fuimos testigos a las demuestras mas maravillosas de la
sabiduría, poder, y bondad de Dios.
El carácter
que la narración presente tiene la intención de introducir, para que los
lectores lo noten, se presenta de la vida y circunstancia real. Primero conocí a
la hija del lechero por recibir una carta, una porción de la cual copeo de la
original que ahora está delante de mí.
“Señor
Reverendo – Tomo la libertad de escribirle. Por favor discúlpeme, que nunca le
he hablado. Pero una vez le oí predicar en la iglesia de Arreton. Creo que usted
es un predicador fiel, que amonesta a los pecadores a huir de la ira que será
revelada en contra de los que viven en pecado y se mueren sin arrepentimiento.
Me hizo
alegrar mucho oír de aquellas marcas de amor y afección que demostró a aquel
pobre soldado del ejercito “S.D.” Seguramente el amor de Cristo le mandó a aquel
pobre hombre; que el amor habite ricamente en usted por fe. Que le constriña a
buscar las almas vagantes de los hombres con el deseo ferviente de gastar y ser
gastado por su gloria.
Señor sea
ferviente en oración con Dios por la convicción y conversación de los pecadores.
El ha prometido contestar la oración de fe que se alza en el nombre de su Hijo.
“Pediréis todo lo que quisieres, y os será hecho.” Por medio de la fe en Cristo
nosotros regocijamos en esperanza, y miramos hacia arriba con la esperanza de
que aquel tiempo se acerca, cuando todos conocerán y temerán al Señor y cuando
una nación nacerá en un día.
¡Que hora tan
contenta cuando venga el reino de Cristo! Entonces se hará su voluntad en la
tierra tal como en el cielo. Los hombres comerán diariamente con el maná de su
amor, y se deleitarán en el Señor todo el día.
Señor,
comencé a escribir esto el domingo, estando detenida de asistir a la alabanza
pública. Mi única hermana querida, viviendo como sirvienta de la Señora ------,
estaba tan enferma que vine acá para atenderla en su lugar. Pero ahora ya no
vive.
Ella expresó
un deseo de recibir la cena del Señor para conmemorar su preciosa muerte y
sufrimientos. Yo le dije en la forma mejor que podía, que es recibir a Cristo en
su corazón; pero mientras la debilidad del cuerpo aumentaba ella no me lo
mencionó otra vez. Ella se veía muy resignada antes de morirse. Yo espero que
ella haya ido de un mundo de muerte y de pecado para estar con Dios para
siempre.
Mi hermana expresó el deseo que usted la enterrara. El
ministro de nuestra parroquia de donde será traída no puede ir. Ella
se murió el martes por la mañana y
será enterrada el viernes o el sábado a las tres de la tarde, lo que sea más
conveniente para usted. Por favor envíe su respuesta por medio del que lleva la
carta para hacerme saber si puede cumplir esta petición. De su sierva indigna,
ELIZABET WALLBRIDGE.”
El esfuerzo
de la devoción simple y seria con que se respiró la carta me sorprendió mucho.
No estuvo bien escrita ni deletreada, pero sin embargo esto tendía a hacer su
autor mas sincera, como parecía una característica de la unión de la humildad de
posición con la eminencia de piedad. Sentí muy agradecido que fui favorecido con
correspondencia de esta clase, y mas porque en aquel tiempo había pocos de tales
personajes en el vecindario. Tan pronto que se leyó yo pregunté quien fue el que
la había traído.
“El está
esperando afuera del portón, señor,” fue la respuesta.
Salí afuera
para hablar con él y vi un hombre venerable, cuyo cabello largo y blanco y su
rostro muy arrugado demandaba más que el respeto común. El descansaba con su
brazo y cabeza sobre el portón, con lágrimas derramándose por sus mejillas. Al
acercarme él se agachó y dijo:
“Señor, yo le
traje una carta de mi hija, pero me temo que nos creerá muy confiados en pedirle
tanto.”
“En ninguna
manera,” respondí. “Con gusto le atenderé a usted y a toda su familia en este
asunto.”
Quería que
pasara a la casa, y entonces dije: “¿Que es su ocupación?”
“Señor he
vivido la mayoría de mis días en una casita en -----, seis millas de aquí. He
rentado unos acres de tierra, y he guardado poco ganado, cuales incluyendo mi
trabajo diario han sido los medios para sostener y criar a mi familia.”
“¿Cuánta
familia tiene usted?”
“Una esposa,
ahora envejecida y débil, dos hijos y una hija, porque mi otra pobre hija acaba
de ir de este mundo malo.”
“Espero que
sea para otro mejor.”
“Yo también
espero: pobrecita que no le gustaba el camino bueno tanto como su hermana, pero
creo que la manera de su hermana en hablarle antes que falleciera fue el medio
de salvar su alma. ¡Que misericordia es tener a una hija como la mía! Nunca
había pensado con seriedad acerca de mi propia alma hasta que ella, pobrecita,
me rogó y me pidió que huyera de la ira venidera.”
“¿Cuántos
años tiene usted?”
“Acabo de
cumplir setenta, y mi esposa está mas grande. Nos estamos envejeciendo y casi
pasados de nuestra labor, pero nuestra hija dejó un buen lugar, donde ella vivió
en servicio, con el propósito de llegar a casa para cuidarnos a nosotros y a
nuestra lechería. Ella es una muchacha querida, trabajadora, y amable.”
“¿Siempre ha
sido así?”
“No, señor,
cuando estaba jovencita ella amaba al mundo, al placer, al vestir y a la
compañía. En verdad todos éramos muy ignorantes, y pensábamos que si cuidábamos
esta vida, y no hacía mal a nadie, iríamos al cielo al final. Las dos de mis
hijas eran muy obstinadas, y como nosotros eran extranjeros a los caminos de
Dios y a la palabra de su gracia. Pero la mayor de ellas fue a un servicio, y
hace algunos años ella escuchó un mensaje predicado en la ---- iglesia, y desde
aquel momento ella se hizo una criatura cambiada. Ella comenzó a leer la Biblia
y se hizo muy sobria y firme. La primera vez que llegó después a vernos, ella
nos trajo un dinero que se había ahorrado de su sueldo, y dijo que porque nos
estábamos envejeciendo ella estaba segura que querríamos ayuda, incluyendo que
ella no lo quería gastar en ropas finas como antes, solo para llenarse de
orgullo y vanidad. Ella mejor quería demostrar su gratitud a sus padres
queridos, y esto dijo ella, porque Cristo le había tenido misericordia.
Nosotros nos maravillábamos al oírla hablar, y deleitamos
en su compañía,
porque su disposición y comportamiento eran tan
humilde y bondadoso que parecía que ella quería hacernos bien en alma y cuerpo,
y era tan diferente de cómo la habíamos visto anteriormente, que al pesar de
nuestro descuido e ignorancia, comenzamos a pensar que tenía que haber algo real
en su religión, o no hubiera podido alterar a una persona en tan poco tiempo.
Su hermana menor, pobre alma,
se reía y se burlaba de ella en ese tiempo, y dijo
que su cabeza se había vuelto con sus nuevos caminos. ‘No hermana,’ ella decía,
‘Mi cabeza no, sino que espero que mi corazón se haya vuelto del amor del pecado
al amor de Dios. Espero que un día veas tal como yo veo el peligro y vanidad de
tu condición presente’.
Su pobre
hermana respondía, ‘Yo no quiero escuchar a tus predicaciones; no soy peor que
los otros, y esto me basta.’ Elizabet decía, ‘Si no me quieres escuchar, no me
puedes impedir a orar por ti, que hago con todo mi corazón.’
Y ahora
señor, yo creo que aquellas oraciones se han contestado. Porque cuando su
hermana se enfermó, Elizabet fue a atenderle y cuidarle. Ella le habló mucho de
su alma y la pobrecita comenzó a afectarse profundamente y a sentir su pecado
pasado, y agradeció mucho el comportamiento bondadoso de su hermana hasta que le
dio esperanzas por causa de ella. Cuando mi esposa y yo fuimos a verla mientras
estaba en cama, ella nos dijo que se dolía y se avergonzaba de su vida pasada,
pero ella dijo que tenía esperanza, por medio de la gracia de Dios que el
Salvador de su hermana sería su Salvador también. Porque ella vio su propia
pecaminosidad, sintió su propia inutilidad, y solo deseaba arrojarse sobre
Cristo como su esperanza y salvación.
Y ahora
señor, ella se fue y creo que las oraciones de su hermana por su conversión a
Dios se han contestado. El Señor otorgue lo mismo para su pobre padre y madre
también.”
Esta
conversación fue un comentario muy agradable con la carta que había recibido, y
me hizo ansioso de cumplir con la petición y también para conocer a la autor de
ella. Yo prometí al buen lechero que atendería a su funeral, el viernes a la
hora fijada; y después de más conversación acerca de cómo estaba el estado de su
mente bajo la prueba actual, él se fue.
El fue un
hombre muy respetuoso, sus facciones delgadas, rizos blancos, ojos llorosos,
hombros caídos, y una forma de caminar muy débil caracterizaba al peregrino
anciano. Mientras él se iba despacio, le apoyaba un palo que parecía haberle
acompañado muchos años largos, una serie de reflexiones me ocurrieron, las
cuales me acuerdo con gusto y emoción.
A la hora
fijada llegué a la iglesia, y después de un momento me llamaron para ver una
buena procesión funeraria a la puerta del patio de la iglesia. Los padres
ancianos, el hermano y hermana mayores, con otros familiares formaron el grupo
afectado. Me sorprendió la disposición humilde, piadosa, y agradable de la joven
de quien había recibido la carta; llevó las marcas de una gran seriedad sin
fingimiento, y mucha serenidad mezclada con un brillo de devoción. Una
circunstancia ocurrió en el servicio del entierro que creo debo mencionar.
Un hombre del pueblito que hasta aquel momento había sido
un carácter muy descuidado y aun inmoral, llegó a la iglesia por curiosidad y
sin un propósito mejor que mirar a la ceremonia. Así que también llegó a la
tumba y durante el entierro su mente recibió una convicción profunda y seria de
su pecado y su peligro, que se veía
por algunas de las expresiones que tenía. Fue una impresión que nunca se le
quitó, sino que poco a poco maduró a ser la evidencia satisfactoria de un cambio
completo del cual tuve muchos y largos comprobantes continuos. El siempre se
refería al entierro, y algunas de las frases particulares del tal,
discerniéndolo claramente como el instrumento que le atrajo, por gracia, al
conocimiento de la verdad.
Así que fue
un día para ser recordado. Recordado sea por los que les encanta oír “los cortos
y simples anales del pobre”.
¿No hubo una
conexión manifiesta y contenta entre la circunstancia que providencialmente
juntó el serio y el descuidado a la misma tumba en el mismo día? ¡Cuanto pierden
los que niegan trazar las guías de Dios en providencia como vínculos de una
cadena de su propósito eterno de redención y gracia!
“Mientras los
incrédulos se burlan, adoremos.”
Ya que se
concluyó el servicio, tuve una conversación corta con la buena y anciana pareja
y su hija. Su aspecto y forma de ser fueron muy interesantes. Prometí visitar a
su casita y desde aquel momento los conocí bien. Que bendigamos al Señor de los
pobres, y oremos continuamente que los pobres se hagan ricos en fe y que los
ricos se hagan pobres en espíritu.
Una solemnidad dulce posesiona frecuentemente a la mente
mientras se acuerdan los momentos de comunicación con amigos ya partidos
de este mundo. ¡Cuánto mas se aumenta
cuando fueron tales que vivieron y murieron en el
Señor! La memoria de las escenas pasadas y las conversaciones con los que
creemos estar gozándose presentemente de la felicidad sin interrupciones de un
mundo mejor, llena al corazón con tristeza placentera, y anima al alma con una
anticipación esperanzada de un día cuando la gloria del Señor será revelada en
juntar a todos sus hijos en uno, para nunca jamás separarse. Fueran ricos o
pobres sobre la tierra, no tiene nada de importancia. Lo valioso de su carácter
es que ahora son reyes y sacerdotes para con Dios. Entre el número de los
creyentes ya partidos de este mundo,
con quienes me encantaba conversar de la gracia y gloria del reino de Dios, fue
la hija del lechero. Ahora mi propósito es describirla más, y esperar que sea
útil para cada lector.
Pocos días después del funeral de la hermana menor, fui por
caballo a visitar a la familia en su propia casita. La parte principal del
camino estaba por unos carriles retirados y angostos, sombrados con huertas de
árboles de nuez y otros, que impedían los rayos del sol
llegar al viajero, y se daban muchos
objetos interesantes para admirar: flores hermosas, arbustos, y arbolitos que
crecían de un lado y del otro sobre las banquetas altas, muchas rocas grotescas
de donde salían arroyitos en ocasión, una variaba al paisaje solitario, y
producía un afecto, nuevo, romántico, y placentero.
Aquí y allá aparecía por espacios abiertos y huecos en el
paisaje a los lados del camino, el prospecto más distante y rico. Cerros altos
con sus postes de señales de la marina de guerra, obeliscos, y faros en su
cumbre, aparecían en aquellos intervalos. Milpas también se veían
por algunos de estos huecos, y de vez en cuando, en
la subida de cualquier cerro, el mar con sus barcos a distancias variadas, se me
abrían con deleite. Pero mayormente la reclusión sombrada y bellezas chicas y
confinadas daban carácter al viaje, invitando la contemplación.
¡Cuánto pierden los que son extranjeros a la
meditación seria acerca de la maravilla y de las
hermosuras de la naturaleza creada! ¡Cuan gloriosamente brilla el Dios de la
creación en sus obras! No existe ni
un árbol, ni una hoja, ni una flor, ni un pájaro, ni insecto que no proclame en
leguaje brillante, “Dios me hizo”.
Mientras me
acercaba al pueblo donde vivía el buen lechero, lo observé en un campo chico que
iba guiando unas vacas hacia el patio y la choza al lado de su casita. Me
acerqué mucho sin que él me observara, porque ya no veía bien. Cuando le hablé,
se sorprendió al son de mi voz, pero con mucha alegría de rostro me dio la
bienvenida, diciendo, “Sea bendecido su corazón, señor, estoy contento que haya
venido, lo hemos buscado todos los días esta semana.”
La puerta de la casita se abrió, y la hija salió, le seguía
su madre anciana y enferma. Al verme naturalmente le regresaron los recuerdos de
la tumba donde nos habíamos conocido anteriormente. Esta familia digna que vivía
en la casita me recibió con lágrimas de afección mezcladas con una grata
sonrisa. Me bajé del caballo y me condujeron a la casa por su jardincito limpio,
parte del cual tenía sombra de dos árboles de olmo, grandes y altos. La decencia
y limpieza
se manifestaron por dentro y fuera.
Yo pensé,
Esta es una residencia donde quedan la piedad, paz, y contentamiento. Que
aprenda yo una lección en cada cual por la bendición de Dios en esta visita.
“Señor”, dijo
la hija, “no somos dignos de que esté bajo nuestro techo. Nos sentimos bien de
que haya venido de tan lejos para visitarnos.”
“Mi Maestro”,
le respondí, “vino de mucho mas lejos para visitarnos a nosotros pobres
pecadores. El dejó el seno de su Padre, dejó a un lado su gloria, y se bajó a
este mundo de abajo en una visita de misericordia y amor. Así que ¿no debemos
nosotros, si profesamos seguirle, llevar las enfermedades los unos a los otros,
y hacer el bien tal como El hizo?”
Ahora el anciano entró, y se juntó con su esposa e hija en
darme una bienvenida cordial. Nuestra conversación volvió prontamente a la
pérdida reciente que habían sufrido, y la disposición piadosa y sensible de la
hija se manifestó particularmente
tanto en lo que decía a sus padres como en lo que me
decía a mí. Me llegó el buen sentido y la forma agradable que acompañaba
sus expresiones de devoción a Dios, y amor para
Cristo por las grandes misericordias que se le dieron. Ella parecía ansiosa de
aprovechar la oportunidad de mi visita pare el mejor propósito, por causa suya y
de sus padres. En su comportamiento no había nada de inmodestia, ni
auto-importancia ni vanidad. Ella unía la firmeza y el celo del cristiano con la
modestia de una mujer y lo responsable de una hija. Fue imposible estar en su
compañía y no observar su forma de ser y conversación verdaderamente adornadas
de los principios evangélicos que ella profesaba.
Muy pronto
descubrí que tan ansiosa y exitosa ella había sido en sus esfuerzos por traer a
su padre y madre al conocimiento y experiencia de la verdad. Esta es una
característica bonita de una joven cristiana. Si le ha agradado a Dios, en las
libres dispensaciones de su misericordia, llamar a una niña por su gracia
mientras sus padres permanecen en su ignorancia y pecado, ¡Cuan grande es la
responsabilidad de tal niña hacer lo posible para la conversión de los que a
quienes debe su nacimiento! Feliz es cuando las ligas de gracia santifican a las
de la naturaleza.
Esta pareja
anciana consideró y habló de su hija como su maestra y quien les amonestaba en
lo divino, mientras ellos recibían de ella cada marca de sumisión amorosa y
obediencia. Esto se testificaba por medio de sus continuos esfuerzos de servir y
atenderles en la forma mejor en los quehaceres del hogar.
La religión
de esta jovencita fue de un carácter muy espiritual, mas que el alcance normal.
Su opinión del plan divino para salvar al pecador era muy clara y bíblica. Ella
habló mucho de los gozos y tristezas que ella había experimentado en el curso de
su progreso espiritual. Pero ella estaba conciente que hay mucho más en la
religión real que una transición ocasional de una forma de pensar a otra, y de
un espíritu a otro. Ella creía que el conocimiento experimental del corazón con
Dios consistía principalmente en vivir en Cristo por fe de tal manera que se
busque vivir como El, por amor. Ella conocía que el amor de Dios para el
pecador, y el camino de deber que se prescribe al pecador, son sin cambio en su
naturaleza. Con una dependencia confiada del uno y un andar apasionado en el
otro, ella buscó y encontró “la paz de Dios que sobrepasa todo entendimiento” (Fil.
4:7), porque así da descanso al amado.
Ella había leído pocos libros aparte de su Biblia, pero
esos pocos fueron de la clase excelente, y ella habló de su contenido como uno
que sabía su valor. Aparte de una Biblia y un Libro de Oraciones comunes, su
biblioteca contenía Levantamiento y
Progreso por Doddridge, La Vida,
Andar, y Triunfo de Fe por Romaine,
El Progreso del Peregrino por Bunyan,
El Alarma por Aleine, El Descanso
Eterno de los Santos por Baxter, un himnario y unos folletos.
Observé en su
rostro una mirada pálida y delicada, la cual encontré ser el principio de
tuberculosis, y la idea me ocurrió que no viviría muchos años. En verdad, le
agradó a Dios llevársela un año y medio después que la vi por primera vez.
El tiempo
pasó rápido con esta familia pequeña e interesante, y después de haber tomado un
refrigerio simple y nutritivo, gocé de unas horas de conversación con ellos, y
encontré que era necesario regresar a casa.
“Le agradezco
señor,” dijo la hija, “por su bondad cristiana para mi y mis amigos. Creo que la
bendición del Señor ha atendido su visita, y espero que yo la haya experimentado
así. Estoy segura de que mis padres lo recordarán, y me gozo de la oportunidad,
que nunca hemos gozado, de ver a un ministro serio bajo este techo. Mi Salvador
ha sido muy bueno conmigo en sacarme “como un tizón arrebatado del fuego”, y
enseñarme el camino de vida y paz. Yo espero que sea el deseo de mi corazón el
vivir para su gloria. Pero también anhelo ver a estos amigos queridos gozar del
confort y poder de religión.”
Yo respondí,
“Yo creo evidente que la promesa se está cumpliendo en su caso; ‘mas acontecerá
que al tiempo de la tarde habrá luz.’” (Zac. 14:7)
Ella dijo,
“Yo lo creo y adoro a Dios por la esperanza bienaventurada.”
“Agradézcale
a El también, que usted ha sido el instrumento feliz para llevarles a la luz.”
“Lo hago,
señor; mas cuando pienso de mi propia indignidad e insuficiencia, me gozo con
temblar.”
“Señor”, dijo
el buen anciano, “Estoy seguro de que el Señor le galardonará por esta bondad.
Ore por nosotros al pesar de estar viejitos, y lo pecador que hemos sido, que El
nos tuviera misericordia sobre nosotros en la hora décimo una. Pobre Betsi
trabaja mucho por nosotros, en cuerpo y alma; ella trabaja mucho todo el día
para evitarnos el afán, y me temo que no tiene fuerza suficiente para aguantar
todo lo que hace. Y luego nos habla, y nos lee, y ora por nosotros que nos
salvemos de la ira venidera. En verdad señor, ella para nosotros es una niña muy
especial.”
“Paz sea a
ustedes, y todo lo que les pertenezca.”
“Amen, y
gracias, estimado señor,” se resonó de cada lengua.
Así que partimos por aquel tiempo. Mis meditaciones que se
me regresan son dulces, y espero que sean útiles. Hice muchas otras visitas a
esta casita apacible, y siempre encontraba más y más razón para agradecer a Dios
por la
comunicación de la cual me había gozado.
Pronto
percibí que la salud de la hija se iba para abajo muy rápido. La pálida
tuberculosis desgastadora, el instrumento del Señor para remover a miles cada
año de la tierra de los vivientes, se adelantó rápidamente en la salud de su
cuerpo. Las ojeras de los ojos, la tos ferina, y lo rojo que se ponían sus
mejillas, predecían que la muerte se acercaba.
A menudo he pensado que una oportunidad para utilidad y
atención amorosa de parte de ministros y amigos cristianos se da por medio de
los ataques frecuentes y el progreso lento de la enfermedad de tuberculosis.
Cuantas oportunidades preciosas se pierden diariamente donde la Providencia
parece claramente dar el tiempo y el espacio para instrucción seria y piadosa.
De cuantos se puede decir, “El camino de paz no conocieron”, porque ningún amigo
se acercó para amonestarles a
“huir
de la ira venidera.”
Pero la hija del lechero conoció contentamente a lo que
pertenecía a su paz eterna antes que la enfermedad presente se hubiera arraigado
en su cuerpo. Se puede decir que mientras le visitaba, recibí mas información de
la que había compartido. Su mente estaba abundantemente cargada de verdades
divinas y su conversación fue verdaderamente edificante. La memoria de
la cual, produce una sensación agradecida en mi
corazón.
Un día recibí
una carta corta como la siguiente:
“ESTIMADO
SEÑOR, debo estar muy contenta si le conviniera venir a ver a una pecadora pobre
e indigna. Mi tiempo ya se va a acabar, pero espero pedir a Cristo que sea
precioso a mi alma. Mi padre y madre le mandan saludos.
De su
obediente e indigna sierva, ELIZABET WALLBRIDGE.”
La misma
tarde cumplí con la petición. Al llegar a la casita del lechero su esposa abrió
la puerta. Lagrimas derramaban por sus mejillas y ella silenciosamente meneó la
cabeza. Su corazón estaba lleno. Ella intentaba hablar, pero no pudo. Le tomé de
la mano y dije:
“Mi buena
amiga, todo está bien, y tal como el conocimiento y sabiduría del Señor
dirigen.”
“Oh, mi Betsi,
mi querida hija, está muy mala señor. ¿Que haré sin ella? Yo pensaba que iría yo
primero a la tumba, pero - ”
“Pero al
Señor le agrada que antes que usted se muera, que usted vea a su hija llegar
segura a la gloria. ¿No hay misericordia en esto?”
“Ay, señor,
estoy muy vieja y débil, y ella es solamente una niña, el bastón y apoyo de una
criatura pobre y vieja como yo.”
Mientras me
acercaba, yo vi a Elizabet sentada junta a la chimenea, apoyada en una silla con
almohadas, con cada marca de la declinación rápida, y muerte cercana. Me parecía
de estar tres o cuatro semanas, por mucho, de la muerte. Una sonrisa dulce de
complacencia amistosa iluminaba su rostro pálido, mientras decía:
“Es muy
bueno, señor, que usted haya venido tan pronto como le pedí. Usted me encuentra
desgastándome diariamente, y no puedo continuar mucho más aquí. Mi carne y
corazón desfallecen, pero Dios es la fortaleza de mi corazón débil, y confío que
El será mi porción para siempre.”
La conversación que sigue era interrumpida de vez en cuando
por su tos y falta de respiración. El tono de su voz era muy claro, pero débil.
Su manera de ser estaba muy solemne y calma, y su ojo, aunque mas apagado que
antes, no faltaba vida mientras hablaba. Me había admirado del lenguaje superior
con que se expresaba sus ideas, como también
la consistencia bíblica con que comunicaba sus
pensamientos. Ella tenía un buen entendimiento natural, y gracia, como es
generalmente el caso, y ella la había mejorado mucho. En la ocasión presente no
podía resistir pensar que ella era favorecida particularmente. El esfuerzo
completo de la gracia y la naturaleza parecían estar ejerciendo en ella.
Después que
me senté entre la hija y la madre – la madre fijó sus ojos amorosos en su hija
con gran ansiedad mientras conversábamos – yo dije a Elizabet:
“Espero que
se goce de sentir la presencia divina, y que pueda descansar completamente en El
que ha estado con usted (I Cr. 17:8), y que le ha guardado por dondequiera que
ha ido (Gen. 28:15), y le traiga a la tierra del deleite puro, donde los santos
inmortales reinan.”
“Señor, creo
que puedo. Últimamente a veces se anubla mi mente pero creo que en parte se debe
a la gran debilidad y los sufrimientos de la estructura corporal, y en parte se
debe a la envidia de mi enemigo espiritual que quiere persuadirme que Cristo no
tiene amor para mi, y que me he engañado a mi mismo.”
“¿Se deja
persuadir por sus sugerencias? ¿Puede usted dudar entre tantas indicaciones de
misericordia pasada y presente?”
“No, señor,
generalmente estoy equipada para conservar una evidencia de su amor. No deseo
añadir a mis otros pecados el de negar su bondad manifestada a mi alma. La
reconocería para su alabanza y gloria.”
“¿Que es su
opinión presente de la condición en la cuál estaba antes que El le llamara por
su gracia?”
“Señor, era
una orgullosa, ingrata muchacha, que me gustaba la ropa y lo fino. Amaba al
mundo y a las cosas que están en el mundo. Yo viví en servicio entre gente
mundana, y nunca tuve la felicidad de estar en una familia donde la adoración se
reconocía y las almas de los siervos se cuidaba por dueño o dueña. Fui una vez a
una iglesia en domingo, mas para ver y para que me vieran que para orar, o
escuchar la Palabra de Dios. Pensé que era suficiente buena para ser salva, y me
caían mal los religiosos y a menudo me reía de ellos. Estaba en gran oscuridad,
no conocía nada del camino de salvación, nunca oraba ni estaba sensible del
peligro aterrador de esta condición sin oración. Yo deseaba mantener el carácter
de una buena sierva, y me enorgullecía cuando me aplaudían. Era tolerablemente
moral y decente en mi conducta por motivos carnales y política mundana. Pero yo
era una extranjera para Dios y Cristo, negligente de mi alma, y si hubiera
muerto en tal condición el infierno justamente habría sido mi porción.”
“¿Hace cuanto
oyó usted el sermón que usted espera, por la bendición de Dios, haber realizado
su conversión?”
“Hace
alrededor de cinco años.”
“¿Cómo pasó?”
“Se oía que
un tal señor ----, iba a predicar en la iglesia ----, quien detenido por vientos
contrarios de ir en el barco, como dirigente espiritual, a una parte distante
del mundo. Muchos me decían que no fuera, porque temían que él cambiara mi forma
de pensar, y que el tenía ideas extrañas. Pero por curiosidad, y la oportunidad
de estrenar mi ropa nueva, de que estaba muy orgullosa, me impulsaba pedir la
oportunidad de ir. En verdad, señor, no tenía mejores motivos que vanidad y
curiosidad. Pero así agradó al Señor ordenarlo para su propia gloria.
En tal manera
fui a la iglesia y vi a mucha gente reunida ahí. Frecuentemente pienso en la
forma de pensar contraria en la que llegué y en la que salí. Por un tiempo a
pesar de que se adoraba a Dios, miraba por los lados con el deseo de atraer
atención a mi misma. Mi vestido como el de muchas muchachas alegres, vanas y
tontas, fue más fino de lo que hubiera sido, y muy diferente al que conviene a
una pecadora humilde que tiene el sentido modesto de decencia y decoro. El
estado de mi mente se vio bastante en la forma necia en la cual estaba vestida.
El predicador
explicó bien su texto: ‘vestíos de humildad’ (I Pedro 5:5). El comparó la ropa
del cuerpo con la del alma. Muy pronto en su discurso sentí avergonzada de mi
pasión por los vestidos y adornos finos, pero ya que llegó a describir el
vestido de la salvación con que se viste un cristiano sentí un descubrimiento
poderoso de la desnudez de mi propia alma. Yo vi que no tenía ni la humildad
mencionada en el texto ni nada del carácter cristiano verdadero. Miré a mi
vestido alegre, y me sonrojeé por la vergüenza de mi orgullo. Miré al ministro y
parecía un mensajero enviado del cielo para abrir mis ojos. Miré a la
congregación y pensé que si alguien mas sintiera como yo. Miré a mi corazón y
parecía lleno de iniquidad. Temblé mientras hablaba pero sentí que las palabras
dichas atraían a mi corazón.
El abrió las
riquezas de la gracia divina en el método de Dios para salvar al pecador. Me
asombré de lo que había hecho todos los días de mi vida. El describió al manso,
dócil y humilde ejemplo de Cristo, y yo sentí orgullosa, envanecida, vanidosa y
auto-importante. El representó a Cristo como ‘Sabiduría’, sentí mi ignorancia.
El lo tuvo por ‘Justicia’, fui convencida de mi propia culpa. Lo probó ser
‘Santificación’, vi mi propia corrupción. El lo proclamó como ‘Redención’, yo
sentí mi esclavitud al pecado y mi cautividad a Satanás (I Cor. 1:31). El
concluyó dirigiéndose con ánimo hacia los pecadores, exhortándoles a huir de la
ira venidera, dejar el amor del adorno externo para vestirse de Cristo y ser
vestidos de humildad verdadera (Mat. 3:7; Col. 3:8-10; I Pedro 5:5).
Desde aquella
hora nunca perdí la vista del valor de mi alma y el peligro de una condición
pecaminosa. Por dentro bendecía a Dios por el sermón aunque mi mente estaba en
un estado de gran confusión.
El predicador
había presentado la pasión reinante de mi corazón que fue el orgullo del
vestuario externo, y por la gracia de Dios se hizo instrumental en despertar a
mi alma. Contenta estaría señor si muchas muchachas mas, como yo, fueran
convertidas del amor al adornamiento y vestuario fino externos, para buscar lo
que no es corruptible, aun el ornamento de un espíritu quieto y manso, que para
Dios es de gran precio.
A la mayoría
de la congregación, que no estaba acostumbrada a sermones tan fieles y bíblicos,
no le gustaba y se quejaba de la severidad del predicador. Mientras pocos, como
después entendí, como a mi misma fueron afectados y anhelaban oírlo otra vez.
Pero ya no predicó ahí.
Desde aquel
momento fui traída a ver mi condición perdida como pecadora, y la grande
misericordia de Dios por Jesús Cristo en levantar al polvo y ceniza pecaminosos
para compartir en el contentamiento glorioso del cielo, por medio de un tiempo
de oración privada, lectura, y meditación. Oh, también señor, ¡Que Salvador he
encontrado! El es más de lo que pudiera pedir o desear. En su plenitud he
encontrado todo lo que mi pobreza espiritual necesitara. En su seno he
encontrado un lugar de descanso de todo pecado y tristeza, en su palabra he
encontrado fuerza contra la duda y la incredulidad.” Yo dije, “¿No se convenció
prontamente que su salvación tenía que ser un acto de pura gracia de parte de
Dios, sin ninguna dependencia de sus obras previas o méritos?”
“Querido
señor, ¿que fueron mis obras antes de oír aquel sermón sino malas, carnales,
egoístas, y despiadadas? Los pensamientos de mi corazón, desde mi juventud para
arriba eran solamente malos continuamente. Y mis méritos, ¿que fueron sino los
méritos de un alma caída, depravada, y descuidada que no hace caso ni a la ley
ni a la gracia? Si señor, inmediatamente vi que si me salvaría tendría que ser
por la misericordia libre de Dios, y que toda la honra y la alabanza de la obra
sería suya desde el principio hasta el fin.”
“¿Qué cambio
percibió usted en si misma con respecto al mundo?”
“Parecía toda
vanidad y vejación del espíritu. Lo sentí necesario para la paz de mi mente,
salir de en medio de ellos y separarme (I Cor. 6:17). Me di a la oración, y por
muchas horas preciosas de deleite secreto gocé de la comunión con Dios. A menudo
lamentaba mis pecados y a veces tenía gran conflicto por medio de la
incredulidad, temor, tentación, para volver otra vez a mis caminos antiguos, y
una variedad de dificultades que me esperaban en el camino. Pero El que me amó
con amor eterno me atrajo por su bondad amorosa, me enseñó el camino de paz y
poco a poco me daba esfuerzo en mis resoluciones de llevar una vida nueva, y me
enseñó que sin El no podía hacer nada pero todo lo puedo por su fortaleza.”
“¿Encontró
muchas dificultades en su situación, debido a su cambio de principio y
practica?”
“Si señor,
cada día de mi vida. Algunos se rieron de mi, otros se burlaban de mi, los
enemigos me escarnecían, y los amigos me tenían lastima. Me llamaban hipócrita,
santa, engañadora falsa, y muchos otros nombres que tenían el propósito de
hacerme aborrecible al mundo. Pero yo consideré el reproche de la cruz un honor.
Perdoné y oré por mis perseguidores, y me acordaba como hacía tan poco me
portaba de la misma manera hacia otros. Yo también pensé que Cristo aguantó la
contradicción de los pecadores, y como el discípulo no es mas que se Maestro, me
contenté al estar en cualquier forma conformada a sus sufrimientos.”
“Entonces ¿No
sintió por sus familiares en casa?”
“Si, señor,
en verdad si. Ellos nunca salieron de mis pensamientos. Yo oré continuamente por
ellos y tenía un deseo fuerte para hacerles bien. Sentí por mi padre y madre que
ya se envejecían y muy ignorantes y sin luz en los asuntos de religión.”
“Ay,” interrumpió su madre, llorando[1],
“ignorantes y sin luz, pecaminosos y miserables estábamos hasta esta Betsi –
esta querida Betsi – esta querida niña señor, trajo a Jesucristo a las casa de
su pobre madre y padre.”
“No querida
madre, diga mejor que Jesucristo trajo a su pobre hija a casa para decirle lo
que El había hecho para su alma, y espero yo, que haga lo mismo para la suya.”
En este
momento entró el lechero con dos contenedores colgando del yugo sobre sus
hombros. El se había parado atrás de la puerta media abierta por unos momentos y
oyó las últimas frases habladas de su esposa e hija.
“Que bendición y misericordia sean sobre ella,” dijo él,
“es verdad que ella dejó a un buen lugar de trabajo con el propósito
de vivir con nosotros para que ella
nos ayudara en ambos, alma y cuerpo. Señor, ¿no se
ve muy enferma? Parece señor que ya no la tendremos aquí mucho tiempo mas.”
“Deje eso al
Señor,” dijo Elizabet. “Todos nuestros años están en su mano, y que bueno que
así es. Estoy dispuesta para irme, ¿no está dispuesto usted, mi padre, para ir
conmigo hacia las manos de El que me dio a usted al principio?”
“Hazme
cualquier pregunta en el mundo menos esta,” dijo el padre llorando.
“Yo sé,” dijo
ella, “que usted desea que yo sea feliz.”
“Así es,” le
contestó, “que el Señor haga contigo y con nosotros como mas le agrade.”
En aquel
momento le pregunté en que más dependían sus consolaciones presentes, a luz de
la muerte que le aproximaba.
“Completamente, señor, en como veo a Cristo. Cuando me veo, muchos pecados,
fallas, y imperfecciones anublan la imagen de Cristo que quiero ver en mi propio
corazón. Pero cuando veo a mi Salvador, El es totalmente hermoso: no hay ninguna
mancha en su rostro, ni una nube sobre todas sus perfecciones.”
“Yo pienso en
su venida en la carne, y me reconcilia con los sufrimientos del cuerpo, porque
El los tenía también como yo. Yo pienso en sus tentaciones, y creo que El es
capaz de socorrerme cuando estoy tentada. Y entonces pienso en su cruz, y
aprendo a cargar la mía. Reflexiono en su muerte, y deseo morirme al pecado,
para que ya no tenga dominio sobre mí. A veces pienso en su resurrección y
confío que El me ha incluido en ella; porque siento que mis afecciones están en
lo de arriba. Mayormente me consuelo en pensar en El a la diestra del Padre,
pidiendo por mi causa, y haciendo aun a mis oraciones débiles aceptables, para
mi misma y también espero para mis amigos queridos.”
“Estas son
las opiniones que por misericordia tengo de la bondad de mi Salvador, y que me
hicieron desear y esforzarme en mi manera pobre para servirle a El, entregarme a
El y trabajar para cumplir mis deberes en aquel estado de vida a la cual le ha
agradado llamarme.
Mil veces me
habría caído y fatigado si no me sostuviera. Siento que no soy nada sin El. El
es todo en todo.
Mientras hallo el poder echar todas mis ansiedades sobre
El, encuentro la fortaleza para hacer su voluntad. Que El me dé la gracia para
confiar en El hasta el último momento. No temo la muerte, porque yo creo que El
ha quitado su aguijón. ¡Oh, qué felicidad de la mas allá! Dígame señor si usted
piensa que estoy correcta. Espero que no esté debajo de ninguna disolución. No
quiero buscar mi esperanza en otra cosa que no sea la plenitud entera de Cristo.
Cuando me pregunto a mi propio corazón, tengo miedo de confiar en el, porque es
tramposo, y muchas veces me ha engañado. Pero cuando pregunto a Cristo, El me
contesta con promesas que me dan fortaleza y refrigerio, y no me permiten dudar
de su poder y voluntad para salvar. Estoy en sus manos, y quisiera permanecer
ahí, y creo que El nunca me dejará ni me abandonará, pero perfeccionará lo que
me concierne. El me ama y se dio a sí mismo por mí, y creo que sus dones y
llamamiento son sin arrepentimiento. En esta esperanza vivo, en
esta esperanza deseo morir.”
Miré a mis alrededores mientras me hablaba, y pensé, “No es
otra cosa que casa de Dios, y puerta del cielo”. Todo parecía organizado,
limpio, e interesante. La tarde había estado anublada con nubes oscuras, pero
ahora el sol se ponía resplandeciendo más y más fuerte de repente, en el cuarto.
Se reflejaba de tres o cuatro hileras de platos de peltre[2]
y vasijas de barro blanco, acomodados en la pared. También se dio un brillo a
algunos de los cuadros de temas santas que colgaban en la pared, que servían
como representaciones del nacimiento, bautismo, crucifixión, y resurrección de
Cristo. Un mapa grande de Jerusalén, y un hieroglífico “del hombre viejo y
nuevo,” completaba las decoraciones en aquel lado del cuarto. Tan blanca que
estaba la pared, no estaba mas limpia que el resto del lugar y sus muebles.
Pocas veces había iluminado el sol a una casa donde el orden y la organización
general – los que seguramente atienden a la pobreza piadosa y decente -
estuvieran más evidentes.
Este reflejo de los rayos del sol que se ponía, fue
emblemático del cierre brilloso y sereno de la temporada pasante[3]
de esta joven. Por casualidad un rayo se reflejaba de un espejito sobre la cara
de la jovencita. Entre sus facciones pálidas y deterioradas aparecía una
resignación calma, una confianza triunfante, una humildad no afectada, y una
ansiedad tierna, que declaraba completamente los sentimientos de su corazón.
Después de
más conversación agradable y una oración corta se cerró la entrevista.
Mientras cabalgaba a la casa y la luz del día se declinaba,
reinaba una tranquilidad solemne por la escena. Los mulliditos del ganado, los
balidos de las ovejas recién encerradas en sus rediles, el zumbido de los
insectos de la noche, y el distante murmullo del mar, las ultimas notas de los
pájaros del día,
y los primeros gorgoritos de los ruiseñores[4],
entraban al oído, y en vez de quitar de la serenidad pacífica de la tarde y sus
efectos correspondientes en mi propia mente, agregó algo. Invitó y conservó las
mismas meditaciones como ya había inspirado mi visita. El paisaje natural,
cuando se ve a través de un espejo cristiano, frecuentemente brinda
ilustraciones verdaderas de la verdad divina. Estamos muy favorecidos cuando los
podamos gozar, y a la misma vez acercarnos a Dios por medio de ellos.
Poco después
recibí un mensaje apresurado para informarme que mi amiga joven se estaba
muriendo. Un soldado la entregó cuyo rostro habló de seriedad, buen tacto y
piedad.
“Me mandaron
señor, el padre y madre de Elizabet Wallbridge, según su petición particular,
para decir cuanto todos desean verlo. Señor, ella, en verdad, se va muy rápido,
a su hogar.”
“¿La ha
conocido mucho tiempo?”, respondí.
“Como un mes señor, me gusta visitar a los enfermos, y al
oír de su caso, una persona seria que vive cerca de nuestro campamento, fui a
verla. Y le bendigo a Dios que fui. Su conversación ha sido muy útil para mí.”
“Me
regocijo”, dije yo, “al verlo como espero, un soldado hermano. Aunque estamos
diferentes en lo externo, espero que sirvamos bajo el mismo Capitán espiritual.
Iré con usted.”
Pronto fue
preparado mi caballo. Mi compañero militar caminó a mi lado, y me gratificaba
con una conversación muy sensible y piadosa. Él relató algunos testimonios
notables acerca de la disposición excelente de la hija del lechero, tal como
aparecían en una conversación reciente que había tenido con ella.
“Señor, ella
es un diamante brillante,” dijo el soldado, “y pronto brillará mas que cualquier
diamante en la tierra.”
La
conversación engañó a la distancia y mitigó el tiempo aparente del viaje, hasta
que nos acercamos a la casita del lechero.
Mientras nos
acercábamos, nos silenciamos. Pensamientos de muerte, eternidad y salvación
llenaron mi mente, y no dudo que llenaran la mente de mi compañero también,
inspirados por la vista de una casa donde yacía una creyente moribunda.
Todavía no
aparecía ningún objeto vivo, aparte del perro del lechero, que vigilaba
calladamente desde la puerta: porque no ladraba como antes al acercarme. Parecía
participar en los sentimientos apropiados de la familia como para no dar ninguna
alarma pronta ni dolorosa. Se arrimó por el portoncito, y miró hacia atrás a la
puerta de la casa, como si estuviera conciente de la tristeza que había adentro.
Fue como si quisiera decir, “Pisen ligeramente por la puerta, mientras entran a
la casa de lamentos, porque el corazón de mi maestro está lleno de dolor.”
Una serenidad
solemne parecía rodear todo el lugar. Solo se interrumpía por el aire que pasaba
por los olmos grandes que estaban cerca de la casa, que me imaginaba ser
suspiros de tristeza. Abría la puerta gentilmente, nadie apareció, todo estaba
quieto y silencio. El soldado seguía y llagamos al pie de los escalones.
“Ya
llegaron,” dijo una voz que reconocí como la del padre, “ya llegaron.
Él apareció
arriba y le di mi mano, y no dijo nada. Al entrar en el cuarto de arriba, yo vi
la madre anciana y su hijo apoyando a la hija y hermana muy amada. La esposa del
hijo lloraba sentada en una silla por la ventana, con un niño en su regazo. Dos
o tres personas atendían en el cuarto para dar cualquier servicio de amistad o
necesidad que se requería.
Me senté junto a la cama. La madre no podía llorar, pero
mientras me miraba a mí y a Elizabet, suspiraba profundamente. Una lagrima
grande se derramaba del la mejillas del hermano, y testificaba de una
consideración llena de afección. El buen anciano estaba parado al pie de la
cama, apoyándose sobre del poste, sin poder quitar los ojos de la niña quien muy
pronto se iría de este mundo
Los ojos de
Elizabet estaban cerrados y todavía no me percibía. Pero aunque estaba pálida,
hundida y hueca, la paz de Dios que sobrepasa todo entendimiento había arrojado
una calma triunfante sobre su cara.
El soldado después de una pausa corta, silenciosamente me
extendió su Biblia, apuntando con su dedo a I Corintios 15:55-57. Entonces rompí
el silencio por leer el pasaje, “¿Dónde
está, oh muerte, tu aguijón? ¿Dónde, oh sepulcro, tu victoria? ¿El aguijón
de la muerte es el pecado, y el poder
del pecado, la ley. Mas gracias sean
dadas a Dios, que nos da la victoria por medio de nuestro Señor Jesucristo.”
Al oírse
estas palabras se abrieron sus ojos, y algo como un rayo de luz divina brilló
sobre su rostro mientras decía, “¡Victoria! ¡Victoria! Por medio de nuestro
Señor Jesucristo.”
Yo dije,
“Dios sea alabado por el triunfo de fe.”
“Amen,”
respondió el soldado.
Los ojos
levantados del lechero mostró que el Amen estaba en su corazón aunque falló su
lengua en pronunciarlo. Una batalla corta por respirar se llevó a cabo en la
jovencita moribunda, que pronto terminó, y luego le dije:
“Mi querida amiga, ¿no se siente que está sostenida?”
“El Señor me trata gentilmente,” respondió ella.
“¿No le son muy preciosas sus promesas ahora?”
“Todas ellas son, si y amen en Cristo Jesús”
“¿Tiene mucho dolor del cuerpo?”
“Tan poco que casi se me olvida”
“¡Que bueno es el Señor!”
“¡Y que tan inmerecida soy yo!”
“Usted lo va a ver como Él es.”
“Yo pienso – yo espero – yo creo que si.”
Ella quedó
dormida otra vez.
Mirando a su
madre yo dije, “¡Que misericordia tener a una niña tan cercana del cielo como la
suya!”
“Y ¡que
misericordia,” ella respondió en pronunciación quebrada, “si su pobre madre
pudiera seguirle! Pero, Señor, es muy difícil de separarnos -”
“Yo espero
que por gracia, por medio de la fe, ustedes se verán prontamente para jamás
separarse: solo será poco tiempo.”
“Señor,” dijo
el lechero, “esto me sostiene, y la bondad del Señor me hace sentir mas
reconciliado de lo que era.
“Padre –
Madre,” dijo la hija reanimándose, “Él es bueno para conmigo; confíenle,
alábenle para siempre.”
“Señor,”
agregó ella con una voz fatigada, “Quiero agradecerle por su bondad para
mi…Quiero pedir un favor;…usted enterró a mi hermana...
¿hará
lo mismo para mi?”
“Todo será
como desea si Dios lo permite,” respondí.
“Gracias,
señor, gracias. Tengo otro favor que pedir: cuando ya me vaya recuerde a mi
padre y madre. Están ancianos pero espero que la obra buena haya comenzado en
sus almas, mis oraciones se han escuchado…por favor venga a verlos…no puedo
hablar mucho, pero quiero hablar en su favor. Señor, recuérdelos.”
Ahora los
padres ancianos susurraban y sollozaban en voz alta, pronunciando algunas frases
quebradas y se aliviaron un poco por tal expresión de sus sentimientos.
Después dije
a Elizabet, “¿Experimenta alguna duda o tentación acerca de su seguridad
eternal?”
“No, señor;
el Señor me trata con mucha gentileza y me da paz.”
“¿Que son sus
opiniones del valle oscuro de la muerte, ahora que pasa por ello?”
“No está
oscuro.”
“¿Por qué no?
“Mi Señor
está ahí, y él es mi luz y mi salvación.
“¿Tiene mas
miedo de sufrir corporalmente?”
“El Señor me
trata con tanta gentileza, puedo confiar en El.”
Le pasó algo
como una convulsión, y cuando ya había pasado, ella dijo una y otra vez;
“El Señor me trata con tanta gentileza. Señor soy tuya,
sálvame…Bendito Jesús…Bendito Salvador…Su sangre limpia de todo pecado…¿Quién
nos separará?...Su nombre es
Admirable…Gracias sean dadas a Dios…El nos da la victoria…Yo, aun yo, soy
salva…Oh gracia, misericordia, y admiración – Señor, recibe mi espíritu.”
Ella recayó otra vez. Nos arrodillamos para orar: el Señor
estaba en medio de nosotros, y nos bendijo. Ella no se reavivó mientras yo
permanecía ahí, ni habló otras
palabras que se entenderían. Ella durmió unas diez horas, y por fin dulcemente
quedó dormida en los brazos del Señor que le había tratado con tanta gentileza.
Yo me fui de
la casa una hora después que había dejado de hablar. Mientras me despedía le
tomé de la mano y dije, “Cristo es la resurrección y la vida” (Juan 11:25).
Ella apretó suavemente
mi mano, pero no pudo abrir sus ojos
ni pronunciar una respuesta. Nunca antes había sido testigo de una escena tan
impresionante. Llenó completamente a mi imaginación mientras regresaba a casa.
“Adiós,” pensaba yo, “amiga querida, hasta la mañana del
día eternal renueve nuestra cita personal. Usted fue un tizón arrebatado del
fuego,
para que se hiciera una estrella resplandeciente en el
firmamento de la gloria. Yo he visto la luz y sus buenas obras, y glorificaré
a nuestro Padre que está en los cielos. He visto en
su ejemplo lo que es ser un pecador salvado gratuitamente por gracia. Yo he
aprendido de usted, como en un espejo viviente, quien es el que comienza, sigue,
y termina la obra de fe y amor. Jesús es todo en todo; Él será glorificado. Él
ganó la corona, y solo Él se merece
usarla. Que nadie intente robarle su gloria; Él salva, y salva perpetuamente.
Adiós, hermana querida en el Señor. Su carne y corazón pueden fallar, pero Dios
es la fortaleza de su corazón, y será su porción para siempre.”
Prontamente me llamaron para asistir al funeral de mi
amiga, quien tomó su última respiración poco después de mi visita. Muchos
pensamientos agradables pero melancólicos fueron involucrados en completar esta
tarea. Yo retracé las muchas e importantes conversaciones que había tenido con
ella. Pero estas conversaciones no se
podían mantener en la tierra. Yo reflexioné en la naturaleza interesante y la
mejoría que traen las amistades cristianas, sea que se formen en palacios o en
casitas. Yo sentí agradecido porque por mucho tiempo me había gozado de aquel
privilegio con el sujeto[5]
de este tratado conmemorativo. Solté
un suspiro, por un momento, al pensar
que ya no podía escuchar las grandes verdades del
cristianismo, pronunciadas por uno que había bebido tan profundamente de las
aguas de vida. Pero saliendo el murmullo fue impedido por el pensamiento
animante, “Ella fue a descansar eternamente - ¿Quisiera yo volverla a este valle
de lagrimas?”
Mientras
viajaba adelante a la casa donde yacían sus restos en preparación solemne para
la tumba, el primer sonido de una campana que tocaba llegó a mi oído. Salió de
una iglesia de un pueblo que estaba en el valle directamente debajo de la cima
de un cerro alto, sobre el cual iba – fue la tocada funeral de Elizabet. Fue un
sonido muy solemne, pero pareció proclamar a la misma vez la bendición de los
que mueren en el Señor, y la necesidad de los que viven pensando en estas cosas
y guardándolas en su corazón.
Al entrar en
el pueblo, encontré que varios amigos cristianos, de diferentes partes de la
vecindad se habían juntado para demostrar su último tributo de estima y
reconocimiento a la memoria de la hija del lechero.
Me pidieron
que entrara al salón donde estaban los familiares y otros amigos que habían ido
para ver por última vez los restos de Elizabet.
Si hay un momento cuando Cristo y salvación, muerte y
juicio, cielo e infierno parecen ser más que nunca el tema de meditación
momentánea, es el que nos trae al lado de un ataúd que contiene el cuerpo de un
creyente que se ha ido de este mundo.
Las facciones de Elizabet se habían alterado, pero mucho de
su apariencia permanecía. Su padre y madre se sentaban a la cabeza, su hermano
al pie del ataúd manifestando su tristeza profunda y genuina. La debilidad y
enfermedad de la vejez agregaba un carácter
al dolor de los padres que llamaba por mucha ternura
y compasión.
Una mujer de
parecer decente y notable, quien tenía el cargo de las pocas ceremonias
sencillas y solemnes que el caso requería, se me acercó, diciendo:
“Señor, en
vez de ser una vista triste es gozosa. Así la encuentra ser nuestra amiga
querida Elizabet, no tengo duda de eso. Ella está más allá de la tristeza. ¿No
cree que si, señor?”
“Después de haber conocido, visto y
oído,” yo respondí, “yo siento completamente seguro
que mientras su cuerpo permanece aquí, su alma está con su Salvador en el
paraíso. Ella lo amó aquí, y allá ella se goza de los placeres que están a su
diestra para siempre.”
“Misericordia, misericordia sobre una criatura pobre y vieja casi quebrada por
la edad y el dolor; ¿Qué haré? Se fue Betsi – mi hija está muerta. ¡Oh, mi hija,
nunca jamás te veré! ¡Dios ten misericordia de mi una pecadora!” Sollozó la
madre pobre.
Yo dije, “Esta oración, estimada mujer, las juntará otra
vez. Es un clamor que ha llevado a miles a la gloria. Llevó a su hija ahí, y
espero que también la lleve ahí también. El de ninguna manera echará fuera a los
que vienen a Él.”
“Amor,” dijo
el lechero, rompiendo el largo silencio que él había guardado, “En cuento a
nuestra hija confiemos en Dios, y en cuanto a nosotros mismos confiemos en Él.
El Señor dio y el Señor ha quitado, bendito sea el nombre del Señor. Se nos
dice, y solo puede haber un poco mas que viajar en nuestra jornada, y luego-” No
pudo decir mas.
El soldado ya
mencionado puso una Biblia en mi mano, y dijo, “Quizás, señor, querrá leer un
capítulo antes de ir a la iglesia.”
Lo hice, fue
el decimocuarto del libro de Job. Una dulce tranquilidad prevalecía mientras lo
leía. Cada minuto que pasó en este salón funerario parecía ser de valor. Di
algunas observaciones acerca del capítulo y las conecté con el caso de nuestra
hermana fallecida.
“Solo soy un pobre soldado,” dijo nuestro amigo militar, “y
no tengo nada de los bienes de este mundo, mas allá de mi subsistencia diaria,
pero no cambiaría mi esperanza de salvación en el siguiente mundo por todo lo
que este mundo pudiera dar sin esta
esperanza. ¿Qué es riqueza sin gracia? Bendito sea Dios que mientras marcho
de una parte a otra todavía encuentro al Señor dondequiera que vaya, y gracias
sean dadas a su nombre santo, Él está
aquí hoy en medio de esta compañía de vivos y muertos. Siento que es bueno estar
aquí.”
Otras
personas que estaban presentes comenzaron a participar en la conversación,
durante la cual la vida y experiencia de la hija del lechero se mostró en una
manera muy interesante: cada amigo tenía algo que relatar en testimonio de su
disposición llena de gracia. Aparecía que una familiar alejada, una joven menor
de veinte, que hasta aquella hora había estado muy trivial y desinteresada de
carácter, fue impresionada por la conversación de aquel día, y desde entonces
tengo bases para creer que la gracia divina comenzó a influirle en la decisión
de lo mejor, que no le será quitado.
Que contraste
exhibe tal escena, cuando se compara con la forma aburrida, formal,
desedificada, e indecente en que los grupos funerarios se juntan en la casa de
muerte.
Pero la hora de la salida para la iglesia ya había llegado.
Fui a ver por última vez a la fallecida. Había mucho escrito en su rostro,
evidentemente ella se había ido con una sonrisa. Todavía permanecía
la sonrisa, y hablaba de la
tranquilidad de su alma ya pasada. De acuerdo a la costumbre del lugar, se le
decoró con hojas y flores en el ataúd, que en verdad eran flores marchitadas
pero que me recuerdan que aquel paraíso cuyas flores son inmortales., y donde su
alma inmortal descansa.
Recordé las
ultimas palabras que le escuché hablar, y instantáneamente me llegó un
pensamiento alegre, que la muerte es sorbida en victoria (I Cor. 15:54).
Mientras me
retiraba lentamente, dije entre mi, “Paz mi hermana honrada, a la memoria de
usted, y a mi alma hasta que nos encontremos en un mundo mejor.”
En poco tiempo la procesión[6]
formó, y se dio más interesante por la consideración de tantos que seguían al
ataúd, siendo personas de carácter serio y espiritual.
Después de
haber avanzado unos cien metros, mi meditación se interrumpió en forma grata e
inesperada, por medio de los amigos que seguían a la familia que comenzaron a
cantar un salmo funerario. Nada puede ser más grato o solemne. El efecto bien
conocido del aire libre en ablandar el sonido de música se sintió aquí
peculiarmente. El camino por el cual pasamos fue hermoso y romántico, yacía al
pie de un cerro que en ocasiones daba el eco de los que cantaban, y parecía
contestar a las notas de los que lamentaban. Aparte la tocada de la campana se
oía de la torre de la iglesia, y incrementaba mucho el efecto que este servicio
sencillo y bonito producía.
No puedo describir la condición de mi propia mente como
estaba peculiarmente conectada con el
cantar solemne. Cuando llegamos a la tumba, el himno que Elizabet había escogido
se cantó. Todo fue devoto, sencillo, decente, animador. Nosotros entregamos el
cuerpo de nuestra amiga querida a la tumba en plena esperanza de una
resurrección gozosa de la muerte.
Así el velo
de separación se cerró por una temporada. Ella se fue, y ya no se vio. Pero se
verá a la diestra de su Redentor en el último día, y aparecerá otra vez para su
gloria, un milagro de gracia y un monumento de misericordia.
AL LECTOR
Mi lector, rico o pobre, ¿usted y yo apareceremos de igual
manera?
¿Estamos vestidos de humildad? (I Pedro 5:5), y ¿estamos
adornados del vestido de bodas de la justicia de nuestro Redentor? ¿Nos hemos
vuelto de los ídolos al Dios Viviente? ¿Estamos sensibles de nuestra propia
vaciedad, estamos volando a la
plenitud del Salvador para obtener gracia y fortaleza? ¿Vivemos en Él, y sobre
Él, y por Él, y con Él? ¿Es Él nuestro todo en todo? ¿Estamos perdidos y
hallados? ¿Estamos muertos y revividos? (Lucas 15:24,32)
Mi lector pobre, la hija del lechero fue una muchacha
pobre, y la hija de un hombre pobre. En esto usted se aparece a ella. Pero ¿se
aparece a ella en lo que ella se aparecía a Cristo? ¿Se ha hecho rico por fe?
¿Tiene una corona guardada para usted? ¿Su corazón está puesto sobre las
riquezas celestiales? Si no es así, lea esta historia una vez mas, y luego ore
con fervor por una fe igual de preciosa. Si por medio de la gracia usted ama y
sirve al Redentor que salvó a la hija del lechero, que la gracia, paz y
misericordia sean con usted. Las líneas le han caído en lugares placenteros, y
tiene una herencia buena. Siga adelante en
sus deberes, y espere en el Señor,
posesionando su alma con paciencia santa. Usted acaba de acompañarme al lado de
la tumba de una creyente fallecida. Ahora, “tú sigue hasta el fin. Porque tú te
levantarás y reposarás en tu heredad al fin de los días.” (Dan. 12:13)
NOTA
La madre se
murió alrededor de seis meses después de su hija, y tengo buena razón en creer
que Dios fue misericordioso para ella, y se la trajo a Él mismo. Muchos niños
convertidos laboran y piden por la salvación de sus padres perdidos. El padre
continuó por algún tiempo después de ella, y adornó a su vejez con un caminar y
conversación que conviene al evangelio. No puedo dudar de que la hija y los dos
de sus padres se han juntado en “la tierra de los deleites puros, donde los
santos inmortales reinan”.
VISITAS A LA
ISLA DE “WIGHT”
Del artículo
en “La Revista Bautista Misionera de Londres” extraemos las siguientes noticias
interesantes:
“Al día siguiente, el 16 de Julio, 1823, visitamos a la
casita donde había vivido la hija del lechero, y donde ellas terminó los días de
su peregrinaje. Se nos informó que su madre no sobrevivió mucho tiempo después
de la muerte de su hija querida, y
nos enteramos que el lechero anciano había estado muerto pocos años. Ahora su
hermano y su esposa ocupan la casita, a cuales dos vimos, y entre las otras
cosas particulares, nos fue muy grato ver la Biblia de Elizabet. Al
inspeccionarla no solo vimos su propia escritura sino también
la de una sucesión de antepasados más
de cien años antes de su muerte.
Caminando
sobre la misma tierra donde había ido la procesión funeral, nosotros llegamos al
patio de la iglesia en Arreton, donde encontramos sin dificultad la tumba que
buscamos. En verdad cada niño parecía familiarizado con el lugar.”
Las memorias interesantes de Leigh Richmond, por el
Reverendo T.S. Grimshaw, el autor de “La Hija del Lechero”, “El Pobre Joven”, y
“El Siervo Africano”, califica a cada uno de estos folletos como narraciones de
hechos que ocurrieron bajo el ministerio en la Isla de “Wight”, donde él laboró
por casi ocho años, hasta 1805 cuando
se fue a Turvia donde murió en mayo de 1827, cuando tenía 56 años de edad, y 30
años en el ministerio.
Las Memorias contienen una carta del Sr. John Higgins, un
amigo del Reverendo, Señor Richmond, quien habiendo obtenido permiso de él para
examinar las cartas originales de la hija del lechero dice, “No fue sin placer y
sorpresa encontrar por averiguar a las originales, que fue exactamente como él
las había dado con la excepción de estar mal deletreadas, el uso innecesario de
letras mayúsculas, y una palabra de aquí para allá que se agregaba o se omitía
para dar significado a lo que decía
la jovencita.
Muchos años
después el Reverendo Charles S. Robinson, D.D. de Nueva York, visitó a la isla,
y en un artículo que él escribió poco después leemos tal como sigue:
“En la casa
del tracto viejo en la calle Nassau, en uno de los cuartos en el segundo piso,
estaban dos objetos singulares que los extranjeros querían visitar con un
interés particular.
Uno de ellos
es un armazón de barras y postes de madera, no distinto a las cortinas
domesticas, seis u ocho pies de altura, arreglado con ganchos, goznes, y
pasadores, para ser doblado y llevado de lugar en lugar. Esto se puede
autenticar como el púlpito portátil de Whitefield – que llevaba con él y de
dónde él se dirigía hacia los miles que se acudían a oír su voz.
El otro es
una mera silla de una casita, con respaldo alto, tejida de paja, con una
almohada de colores variados, sin mecedores, hecha de encina, no pintada y sin
barniza, una silla sencilla, tal como se podía encontrar en cualquier pueblito
de Inglaterra en los mejores de los cuartos de los hombres labradores. Esta
silla es la silla en la cual se sentaba la hija del lechero en los días de su
declinación terrible, cuando Leigh Richmond la visitaba y conversaba con ella. Y
les llamo yo a las dos estructuras así juntas, Los Dos Pulpitos. Cada uno tenía
su predicador, y Dios honró a los dos. Uno predicaba el Evangelio en un
ministerio celoso casi apostólico, el otro lo susurró en un ministerio de
sufrimiento paciente, y después que terminó la prueba dio su vida al mundo para
que todas las edades la recordasen. “Ella siendo muerta, todavía habla.” Sería
una reflexión muy útil para muchos Cristianos - ¿Qué clase de folleto podría ser
sus vidas?
El día en que desembarcamos en la isla de “Wight” fue muy
notable para nosotros. Temprano buscamos a la Fortaleza “Carisbrook”, la forma
más fácil fue de ir allí primero en la jornada. Mucho del muro permanece a pie,
y la puerta anciana todavía está allí. Mirando de un fragmento de una torre,
vimos a uno de los retratos más hermosos que el ojo podría imaginarse, y se
extendía a lo ancho y a lo lejos hacia el mar. Hay un bosquejo distinto en las
partes antiguas de la Gran Britania que nuestros países nuevos no pueden esperar
a imitar por muchos años. Los setos[7]
que son admirablemente pintorescos, los caminos son tan blancos, los pueblitos
son tan sombrados con los árboles y las matas, los jardincitos tan frescos; las
iglesias muy raras con sus puertas extrañas y sus panteones muy cercanos;
praderas atravesadas con las líneas de las sendas que corren
hasta las series de escalones agradables que
pasaban por encima de las divisiones;
en verdad el paisaje entero es tan dulcemente apacible que uno se encuentra que
se pasa inconscientemente a un humor quieto, lleno de gozo que ayuda a la
meditación, y a la misma vez lleno de descanso. Todas las características
naturales de la escena permanecen sin cambios hasta hoy día, y uno no puede
detenerse de notar la precisión excedente como también la hermosura literaria
maravillosa del paisaje en el tratado que las describe.
Mientras se avanzaba la tarde continuamos nuestro viaje una
milla
o dos mas para visitar a la casita donde esta humilde hija
de Dios vivió y murió. Permanece en un buen estado de preservación, pero ahora
no tiene nada de que jactarse sino su historia. Ningún recuerdo de su valor
autentico se preserva en el lugar. La morada está apartada un poco del camino.
Hay un cuarto abajo donde parece ser dos compartimentos arriba. El edificio es
de un piso y medio de altura; el portón gastado se mece con una piedra y una
cuerda; sobre la entrada se enreda una mata de rosas; el patio tiene lilas,
madreselvas,
y otras flores; tres olmos grandes se levantan entre los
escalones y el camino; creo que estos olmos son mencionados en el tratado. Con
un raro tejado de paja, con aleros que se proyectan sobre la puerta, y una
hilera larga de matas de acebo, con hojas brillantes en frente, hicieron un
retrato de una morada agradable de ver desde una distancia.
LA TUMBA
“Es fácil
encontrar la entrada de la iglesia y del patio donde está la tumba de la hija
del lechero. El edificio antiguo todavía permanece y se usa como casa de
oración: una estructura de piedra como una torre cuadrada, que tiene 500 años, y
parchada de hiedra a los lados y en el techo. Por dentro parece fría y
repulsiva, las bancas con respaldos altos, acomodados chistosamente, no
pintadas, de tabla de encina, sin almohadas y duras; la mano del tiempo no
parece haber cambiado nada, solo su efecto visible de hacer al edificio viejo y
a todos sus accesorios tener una falta de gozo y comodidad.
La tumba de
la hija del lechero es muy modesta – un mero montón, con una tabla de piedra
erigida encima. Una niña chica de diez años nos había seguido sin interrupción
por la puerta, y ahora me senté en el césped para descifrar la inscripción, ella
se echó por encima del monumento y la repetía palabra por palabra, y la escribía
en mi cuaderno de sus labios;
EN MEMORIA DE
ELIZABET
WALLBRIDGE
“LA HIJA DEL
LECHERO”
QUIEN MURIÓ
EL 30 DE MAYO,
A LA EDAD DE
31 AÑOS
“ELLA SIENDO
MUERTA, TODAVÍA HABLA.”
(En la
versión en ingles aquí se incluye una poesía pero al traducirla pierde sentido,
así que he decido no traducir esta porción.)
Siempre es
una necedad de intentar reproducir para otros la obra de la sensibilidad propia
de uno. Pero estoy firme en la convicción que nadie puede leer “La Hija del
Lechero” al lado de la tumba de Elizabet Wallbridge sin ser movido al centro de
su sentimiento mejor.
EPÍLOGO
Este tratado
se ha traducido a muchos lenguajes, y muchas millones de copias se han
circulado. Parece que al principio fue honrado por el Espíritu Santo como un
instrumento de evangelización.
El maestro de correo en Arreton escribe, respondiendo a una
carta reciente de investigación, que la casita de la hija del lechero todavía
está en pie, aunque renovada, y el cuarto en que se murió Elizabet está
completamente preservado. Ahora ninguno de sus familiares viven en la vecindad.
La piedra de su tumba se guarda en buenas condiciones y muchos la visitan. El
agrega que los amigos de Wesley[8]
han construido una capilla cerca y la han nombrado, “La Capilla Conmemorativa de
la Hija del Lechero.”
La hija del
lechero es una historia verdadera de la vida de Elizabet Wallbridge una joven
que vivía en la Isla de “Wight”, por la costa ingles del sur, cercano a los
puertos de Southampton y Portsmouth. Ella se murió allí en 1801. Su nombre, lo
que le rodeaba, su conversación y su muerte se relataron con tanto poder que en
verdad millones de copias se vendieron antes de 1853 para satisfacer la demanda,
y este medio humilde trajo a un gran número de hombres, mujeres, y niños al
Señor.
Este librito se tradujo en muchos lenguajes en el siglo decimonoveno. Parece haber sido honrado al principio por el Espíritu Santo como un instrumento para comunicar la verdad de Dios con humildad y amor.
[1]
“sollozando” sería la traducción más adecuada, pero
“llorando” es la palabra mas común.
[2]
Aleación de cinc, plomo y estaño.
(http://www.wordreference.com)
[3]
Que pasa (www.rae.es)
[4]
. Nombre
común de diversas aves paseriformes de cuerpo rechoncho, de unos 15 cm
de longitud, con plumaje pardo rojizo y de canto melodioso.
(http://www.wordreference.com/)
[5]
Asunto o materia sobre que se habla o escribe. (www.rae.es)
[6]
Acto de ir ordenadamente de un lugar a otro muchas personas con algún
fin público y solemne, por lo común religioso. (www.rae.es)
[7]
Cercado de matas o arbustos vivos. (www.rae.es)