SU PUEBLO

Por William Tiptaft

Y dará a luz un hijo, y llamarás su nombre JESÚS, porque él salvará a su pueblo de sus pecados. – Mateo 1:21

Me paro delante de ustedes esta tarde, siendo un siervo de Cristo o siervo del diablo. Tengo que ser el uno o el otro, porque el que no es con Cristo, contra él es (Mateo 12:30). Y “¡ay de mí si no anunciare el evangelio!” (I Corintios 9:16). Pablo dice: “Mas si aun nosotros, o un ángel del cielo, os anunciare otro evangelio diferente del que os hemos anunciado, sea anatema.” (Gálatas 1:8). Ahora si no predico el evangelio que Pablo predicaba, una maldición cuelga sobre mi cabeza. Creo que todos los que están presentes, cuyo corazón no esté tan duro como piedra, temblará al pensar en la situación terrible en que están los ministros. Isaías dice: “¡A la ley y al testimonio! Si no dijeren conforme a esto, es porque no les ha amanecido.” (Isaías 8:20). Se nos manda que no quitemos nada de la palabra de Dios ni que le añadamos nada (Deuteronomio 4:2). Por lo tanto, nosotros como ministros de Cristo y administradores de los misterios de Dios, hemos de ser fiel. Yo les exhorto en esta tarde a que comparen lo que dice la Palabra de Dios con lo que yo digo, le ruego que así lo haga, y tendré cuidado de no proporcionar nada sino lo que yo plenamente creo, y lo que puedo comprobar claramente que está en armonía con la Palabra de Dios. Y todos los que han sido enseñados por Dios lo reconocerán y lo confesarán.

Antes de proceder, yo imploro que todos los que están presentes, los que tienen fe en el Señor Jesús, levanten sus corazones a Dios para pedir la bendición de Él sobre estas verdades que se van a declarar. Para que muchos de los que están muertos en delitos y pecados sean sacudidos, despertados, y convertidos. Que él que es débil mentalmente sea consolado. Que él que se está tambaleando, se establezca. Que la fe de los que están fortalecidos en el Señor (Efesios 6:10) reciba más fortaleza, y que este discurso pueda ser libre de error para que el Espíritu de verdad testifique poderosamente de él.

Nuestras mentes se pierden en una admiración maravillosa al considerar que Jesucristo había de venir a peregrinar en este mundo. Había de nacer de una virgen, había de tomar la forma de un siervo,  había de ser escarnecido y rechazado de los hombres como para no tener donde recostar su cabeza. Y al final sufrir una muerte tan ignominiosa sobre la cruz. “Grande es el misterio de la piedad; Dios fue manifestado en carne” (I Timoteo 3:16). Que él vendría exactamente en la misma forma que lo predijeron claramente los profetas muchos años antes, y evidentemente se cumplió, tal como Isaías dice: “He aquí que la virgen concebirá, y dará a luz un hijo, y llamará su nombre Emanuel” (Isaías 7:14); y a la hora esperada una virgen habiendo concebido por el Espíritu Santo, dio a luz un hijo, y le llamaron Jesús, “porque él salvará a su pueblo de sus pecados” (Mateo 1:21).

En primer lugar que inquiramos quien es el pueblo que él salvará. Y por segundo, como se salvan de sus pecados.

Ahora, antes que diga mas sobre este tema importante, les recuerdo que al menos que reciban al reino de Dios como a un niño pequeño, no podrán entrar en él (Marcos 10:15). Si entienden este texto de Escritura sabrán que mientras se acuden a la razón carnal y al aprendizaje humano para juzgar las cosas espirituales, no les serán de beneficio. Al menos que el Señor les dé un espíritu dócil como el de un niño, la predicación de la cruz les será necedad (I Corintios 1:18), porque “el hombre natural no percibe las cosas que son del Espíritu de Dios, porque para él son locura, y no las puede entender, porque se han de discernir espiritualmente” (I Corintios 2:14). Pablo dice: “Nadie se engañe a sí mismo; si alguno entre vosotros se cree sabio en este siglo, hágase ignorante, para que llegue a ser sabio. Porque la sabiduría de este mundo es insensatez para con Dios; pues escrito está: El prende a los sabios en la astucia de ellos. Y otra vez: El Señor conoce los pensamientos de los sabios, que son vanos” (I Corintios 3:18-20).

Nadie puede aprender y conocer el significado espiritual de la Biblia para la salvación de su alma, al menos que Dios le enseñe. De ssta verdad “ofensiva”, les habló Cristo a los judíos, pero cuando él les decía algo que sabía que les lastimaría el orgullo de su corazón, les decía: “Está escrito en la ley y en los profetas;” así no le podían contestar ninguna palabra, porque ellos profesaban creerles. Tal como cuando él les dijo: “Escrito está en los profetas: Y serán todos enseñados por Dios. Así que, todo aquel que oyó al Padre, y aprendió de él, viene a mí” (Juan 6:45).  Nosotros como ministros adoptamos el mismo plan excelente, porque cuando proporcionamos las verdades que alborotan la enemistad de la mente carnal, apelamos a la Biblia para comprobar que decimos la verdad. Y como ustedes profesan creerla, nos han de justificar.

Primero hemos de inquirir en quien es “su pueblo” que él salvará. Por naturaleza todos nosotros imaginamos que Cristo murió por todos los que están en el mundo, pero él solamente murió por los que Dios escogió en él antes de la fundación del mundo. Mas, tenemos que saber que lo que Dios enseña por su Santo Espíritu es doctrina verdadera, y no lo que piensa el hombre. La Palabra de Dios es nuestro estándar y guía, y a quien no hable conforme a ella no le crean, porque no le ha amanecido. Ahora Isaías, donde habla muy claramente de Cristo dice: “verá linaje”; “Verá el fruto de la aflicción de su alma, y quedará satisfecho; por su conocimiento justificará mi siervo justo a muchos”; “habiendo él llevado el pecado de muchos” (Isaías 53:10,11,12). Así que el profeta, enseña muy claramente que Cristo vino a salvar a un pueblo peculiar. Cristo también dice: “Yo soy el buen pastor; el buen pastor su vida da por las ovejas” (Juan 10:11). Y en el mismo capítulo dice a algunos de los judíos: “pero vosotros no creéis, porque no sois de mis ovejas, como os he dicho” (Juan 10:26), esto nos manifiesta claramente que él no dio su vida por ellos. Pablo dice: “según nos escogió en él antes de la fundación del mundo, para que fuésemos santos y sin mancha delante de él, en amor habiéndonos predestinado para ser adoptados hijos suyos por medio de Jesucristo, según el puro efecto de su voluntad” (Efesios 1:4,5). Y también: “Maridos, amad a vuestras mujeres, así como Cristo amó a la iglesia, y se entregó a sí mismo por ella, para santificarla, habiéndola purificado en el lavamiento del agua por la palabra, a fin de presentársela a sí mismo, una iglesia gloriosa, que no tuviese mancha ni arruga ni cosa semejante, sino que fuese santa y sin mancha” (Efesios 5:25-27). Y el mismo apóstol dijo: “quien nos salvó y llamó con llamamiento santo, no conforme a nuestras obras, sino según el propósito suyo y la gracia que nos fue dada en Cristo Jesús antes de los tiempos de los siglos” (2ª Timoteo 1:9).

Estas palabras están escritas en la Biblia. Y no son los únicos textos que Dios ha dado. Podría decirle muchos más de los que acabo de decir. Sepan entonces que esta doctrina no es mía, sino de Dios. También nosotros como miembros de la Iglesia de Inglaterra, todos profesamos creerla, el artículo 17 de nuestra Iglesia la explica bien: “Predestinación para vida es el propósito eterno de Dios, en el cual (antes que fuesen establecidas las fundaciones del mundo) él ha decretado perpetuamente por su consejo, que es secreto para nosotros, rescatar a los que él escogió en Cristo de entre la humanidad, de la maldición y de la condenación, y para traerlos por medio de Cristo a la salvación eterna como vasos preparados para honra.” Así que según el texto, su pueblo son los que él escogió en Cristo antes de la fundación del mundo.

En segundo lugar consideremos como Cristo salvará a su pueblo de sus pecados.

Todos por la naturaleza están “muertos en delitos y pecados” (Efesios 2:1; 1ª Timoteo 5:6; 1ª Juan 5:12; Romanos 8:6), con corazones en enemistad contra Dios, engañoso más que todas las cosa, y perverso (Jeremías 17:9). Nadie en esta condición jamás buscará a Dios porque: “Jehová miró desde los cielos sobre los hijos de los hombres, Para ver si había algún entendido Que buscara a Dios. Todos se desviaron, a una se han corrompido; No hay quien haga lo bueno, no hay ni siquiera uno” (Salmos 14:2,3). Y Cristo dice a sus discípulos: “No me elegisteis vosotros a mí, sino que yo os elegí a vosotros” (Juan 15:16); y les dijo: “Ninguno puede venir a mí, si el Padre que me envió no le trajere” (Juan 6:44). También dijo: “Y yo, si fuere levantado de la tierra, a todos atraeré a mí mismo” (Juan 12:32). Por lo tanto nadie puede venir a Cristo sino los que son escogidos en él, y atraídos. No hay nada que un hombre pueda hacer que le recomiende a Dios. Porque hasta que tenga fe, lo único que hace un hombre es pecado. Pablo, quien era uno de los fariseos más estrictos antes de su conversión, dice: “Porque nosotros también éramos en otro tiempo insensatos, rebeldes, extraviados, esclavos de concupiscencias y deleites diversos, viviendo en malicia y envidia, aborrecibles, y aborreciéndonos unos a otros. Pero cuando se manifestó la bondad de Dios nuestro Salvador, y su amor para con los hombres, nos salvó, no por obras de justicia que nosotros hubiéramos hecho, sino por su misericordia” (Tito 3:3-5). Pablo les dijo a los santos de Éfeso que Dios nos había “predestinado para ser adoptados hijos suyos por medio de Jesucristo, según el puro efecto de su voluntad” (Efesios 1:5). Y a Timoteo dice: “no conforme a nuestras obras, sino según el propósito suyo y la gracia” (2ª Timoteo 1:9). Si creen en las Escrituras, tienen que creer que no pueden hacer nada para recomendarse al favor de Dios, porque si no tienen fe, la cual es don de  Dios, no pueden agradarle a Él, porque: “los que viven según la carne  no pueden agradar a Dios” (Romanos 8:8), y “en mi carne, no mora el bien” (Romanos 7:18). “¿Quién hará limpio a lo inmundo? Nadie” (Job 14:4). Los que están “muertos en delitos y pecados” primero necesitan que el Espíritu les dé vida antes que el Señor reciba algo de ellos. Dice Pablo: “Y él os dio vida a vosotros, cuando estabais muertos en vuestros delitos y pecados” (Efesios 2:1).  Esta doctrina muy importante se declara claramente en el 13º artículo  de nuestra Iglesia: “Las obras que se realizan antes de la gracia de Cristo, y antes de la inspiración de su Espíritu, no le agradan a Dios porque no provienen de la fe en Jesucristo ni le hacen al hombre digno de la gracia de Dios, tampoco (como dicen los autores de la escuela) merecen la gracia por congruencia[1].” El artículo dice solícitamente que sin fe no podemos agradar a Dios. Sabemos que la fe es don de Dios. Si nosotros leemos sobre las obras de la carne ahí no encontraremos fe entre ellas, porque es uno de los frutos del Espíritu. La fe es un regalo precioso. Más, ¿En qué forma ha ordenado el Señor concederla a su pueblo? Por la predicación del evangelio, porque “la fe es por el oír, y el oír por la palabra de Dios” (Romanos 10:17). Id y “predicad el evangelio a toda criatura. El que creyere y fuere bautizado, será salvo; mas el que no creyere, será condenado” (Marcos 16:15 y 16). El plan que Dios ha ordenado para juntar a su pueblo es enviar a ministros para predicar el evangelio. Algunos de sus escogidos podrán ser perseguidores de la iglesia verdadera tal como Pablo, o pecadores endurecidos tal como el ladrón que aun reprendió a Cristo mientras él mismo estaba en agonía.   

Los ministros verdaderos del evangelio humillan al orgullo del hombre y le rebajan a nada. Le enseñan la maldad y el engaño de su propio corazón y comparan su vida y conducta a la pura y santa ley de Dios. Dichos ministros inquieren profundamente en la esperanza de la salvación del hombre para saber sobre que fundamento está construyendo. “La altivez de los ojos del hombre será abatida, y la soberbia de los hombres será humillada; y Jehová solo será exaltado en aquel día.” (Isaías 2:11) Cuando los hombres que buscan obtener la salvación por medio de sus propias obras, quienes son muy generosos con los pobres, asisten regularmente a la iglesia y a los sacramentos, y parecen ser ricos en lo que piensan ser buenas obras, cuya religión es tal para que el mundo les apruebe y les elogie, luego que escuchan el evangelio predicado, ven que Cristo no es la roca sobre la que están construyendo, todas sus obras y su orgullo se tumban al piso con un solo golpe. “Y si repartiese todos mis bienes para dar de comer a los pobres, y si entregase mi cuerpo para ser quemado, y no tengo amor, de nada me sirve” (I Corintios 13:3). El amor es regalo de Dios.

Los ministros verdaderos de Cristo traen a los hombres a la ley que les condena y que les enseña que están bajo maldición: El que ofende en un punto se hace culpable de todo (Santiago 2:10). “Porque todos los que dependen de las obras de la ley están bajo maldición, pues escrito está: Maldito todo aquel que no permaneciere en todas las cosas escritas en el libro de la ley, para hacerlas” (Gálatas 3:10). Ahora si un hombre ofende a la ley de Dios en un punto, sea en palabra, pensamiento, o hecho, el mismo está bajo maldición. Ahora es cierto que no hay quien pueda guardar la ley de Dios sin ofenderla, “pues si por la ley fuese la justicia, entonces por demás murió Cristo” (Gálatas 2:21). “De manera que la ley ha sido nuestro ayo, para llevarnos a Cristo” (Gálatas 3:24). Así la ley de Dios escribe muerte en las conciencias de los que están “ordenados para vida eterna” (Hechos 13:48). Ven sus pecados formados delante de ellos, y por ignorancia buscan ordenar su vida, trabajan en vano, y Dios les rompe el corazón: porque la respuesta del corazón es de Jehová (Proverbios 16:1). Ellos no pueden encontrar nada de descanso ni consuelo y ya están casi desesperados. Molestados y atormentados de parte de Satanás, no saben qué hacer, y claman tal como el carcelero, “Señores, ¿qué debo hacer para ser salvo?” (Hechos 16:30) Si han sido fariseos, entonces sus ojos se abren para ver el orgullo y hipocresía de su religión y confiesan que su justicia es como trapos de inmundicia (Isaías 64:6). Si han sido pecadores destacados piensan que el Señor no vino a buscar impíos tan viles como ellos. Así trabajados y angustiados escuchan el evangelio que son “buenas nuevas” (Romanos 10:15) para los que se sientan ser pecadores perdidos. Escuchan a Cristo enseñado en toda su plenitud y gloria. Escuchan que lo más vil que se vean, más precioso Cristo les será. Escuchan que si van a Cristo desnudo, Él les vestirá. Si van a Él hambreados, Él les dará de comer. Si van a Él sedientos, Él les dará de las aguas vivas para que nunca jamás tengan hambre. Pero no quieren ir a Cristo porque no tienen nada que ofrecerle. Escuchan con gozo que el Señor no aceptará nada de los hombres sino los sacrificios de un corazón quebrantado y contrito. Así el Señor generalmente llama a su pueblo. Él les arrebata todo en que confiaban para la salvación y luego se obligan a huir al refugio que les da el evangelio. Creen en Cristo y para ellos él viene a ser “sabiduría, justificación, santificación y redención” (I Corintios 1:30). Esta doctrina es una doctrina que humilla el orgullo del hombre, Cristo ha de ser todo y el hombre nada, en verdad peor que nada, porque nunca podrá hacer nada sino pecar. Sea que nos hayamos convertido o no, nuestra carne nunca podrá hacer nada de bien: “en mi carne, no mora el bien (Romanos 7:18). Ellos que son escogidos en Cristo tienen el Espíritu que mora en ellos. Este Espíritu de Cristo que mora en el hombre le convierte en una “nueva criatura” que las cosas viejas pasaron y que todas son hechas nuevas (2 Corintios 5:17). Ahora observen que no podemos hacer nada para obtener el Espíritu, porque todo lo que hacemos o haremos en la carne es pecado, tal como el artículo 10 de nuestra iglesia indica claramente: “La condición del hombre después de la caída de Adán es tal que no puede volver para prepararse según su propia fuerza natural ni obras buenas para fe ni invocar a Dios.” Salomón nos precauciona a no dar “el sacrificio de los necios; porque no saben que hacen mal” (Eclesiastés 5:1). No podemos volvernos a Dios por nosotros mismos, porque Cristo es exaltado como príncipe y salvador para dar arrepentimiento (Hechos 5:31; 2 Timoteo 2:25). Así las Escrituras y también el artículo 10 y 13 de nuestra iglesia nos enseñan claramente que todos estamos bajo la misma maldición sin poder para rescatarnos. Nosotros los ministros del evangelio no debemos engañarles. Todos los que no tienen el Espíritu de Cristo están en dicha condición, sea que lo sepan o no, sea que lo crean o no. “Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios; no por obras, para que nadie se gloríe. Porque somos hechura suya, creados en Cristo Jesús para buenas obras, las cuales Dios preparó de antemano para que anduviésemos en ellas” (Efesios 2:8 a 10). También dice Pablo: “Así también aun en este tiempo ha quedado un remanente escogido por gracia” (Romanos 11:5). Dios ha amado a su pueblo con amor eterno y por lo tanto con misericordia los traerá (Jeremías 31:3). Mientras el hombre cree que pueda hacer algo solo para preparar su corazón a recibir la gracia o para merecer la salvación, no le puedo dar ninguna esperanza bíblica de ser salvo. Si Dios no prepara el corazón para recibirla “sin dinero y sin precio” (Isaías 55:1), nunca la tendrá. Mientras el hombre piensa que en su naturaleza humana mora el bien, el bien nunca morará en ella. Si Dios no enseña al hombre para que se vea un pecador perdido sin esperanza, su cuerpo no será el templo del Espíritu de Cristo, y si no tiene el Espíritu de Cristo, no es de él. Para recibir la salvación como un regalo gratuito todos tienen que humillarse o no la podrán recibir: “el que no reciba el reino de Dios como un niño, no entrará en él” (Marcos 10:15). Es Dios que hace la diferencia, y al recibir el Espíritu de Cristo, servimos a la ley de Dios con la mente, aunque con la carne la ley del pecado (Romanos 7:25). Y Pablo dice: “Pero por la gracia de Dios soy lo que soy;…he trabajado más que todos ellos; pero no yo, sino la gracia de Dios conmigo” (1 Corintios 15:10). Es mi creencia y la Escritura me permite decir que ninguno podrá ir al cielo si Dios no le enseña que repose completamente en Cristo para la salvación hasta poder decir: “Por la gracia de Dios soy lo que soy”. Esto es humillante para el orgullo del hombre, pero la salvación es por gracia, solamente por gracia.

            Ahora me dirijo a los que están en esta congregación que son ignorantes al hecho que Cristo es el camino verdadero de la salvación, quienes nunca han sido enseñados por Dios las verdades del evangelio, cuyos corazones son enemistad contra Dios y quienes odian verdaderamente las doctrinas verdaderas del evangelio. Dios conceda que las advertencias que les voy a proporcionar sean instrumentales en convertir a algunos de los que están presentes que son “ordenados para vida eterna”.  Estoy completamente convencido que ustedes, en su condición presente aborrecen escuchar el evangelio. Su mente se levanta en rebelión en contra de la soberanía de Dios, y no creen en la Palabra de verdad. No pueden entenderla, porque para ustedes es necedad (1 Corintios 2:14), y mientras permanecen en su condición presente se pelearán en contra de Cristo y en contra de su Iglesia verdadera, y si el Señor no les convierte le aborrecerán a Él y a su evangelio hasta el día en que mueran. Ahora yo sé muy bien que preferirían escuchar a cualquier otra doctrina que no fuera el evangelio verdadero. La “verdad de Jesús” tiene que ofenderle. Les gusta que los ministros alimenten a su orgullo, y que por vanidad les halaguen por medio de predicarle la reformación en vez de la regeneración, el libre albedrío en vez de la libre gracia, la justicia del hombre en vez de la justicia atribuida de Cristo. No les gusta escuchar predicaciones fieles sobre la ley porque ella les condena. No les gusta escuchar predicaciones fieles sobre el evangelio porque les ofende. Pero a ustedes les gusta una mezcla de la ley y del evangelio que solamente da a los hombres una seguridad fatal. No se pueden salvar por su propia justicia, porque entonces “Cristo murió en vano”.  Tienen que salvarse por la justicia de Cristo o por una mezcla de su propia justicia y la de Cristo. Consideren que si piensan que su propia justicia que es como “trapos de inmundicia”, (Isaías 64:6) se requerirá para adornar el vestido de bodas preparado por Cristo mismo. Podrán estar listo para decirme lo que Cristo le dijo al joven que le preguntó: “¿qué bien haré para tener la vida eterna?” – “si quieres entrar en la vida, guarda los mandamientos” (Mateo 19:16 y 17). Aquí Cristo le refirió a la ley para que le condenara. Y así les digo a ustedes: “Si quieren entrar en la vida, guarden los mandamientos”,  tendrán que guardar la ley como Cristo la guardó. Pero acuérdense que si ofenden en un punto se hacen culpables de todos, y están bajo la maldición. Por lo tanto háganse la prueba, y como este joven, se convencerán que no pueden ganar el cielo en esta forma. Porque la ley condena a todo hombre, y Cristo dice: “Yo soy el camino, la verdad, y la vida, nadie viene al Padre sino por mí” (Juan 14:6). ¿Creen en Cristo? ¿Están seguros que creen? Quizás piensan que creen porque nunca han dudado. “El que cree en el Hijo de Dios, tiene el testimonio en sí mismo” (1 Juan 5:10). ¿Qué testimonio tiene usted? “La comunión íntima de Jehová es con los que le temen” (Salmos 25:14). ¿Qué comunión conocen ustedes? Cristo dice: “conozco mis ovejas, y las mías me conocen” (Juan 10:14). ¿Conocen a Cristo? Pablo dice: “todos los que quieren vivir piadosamente en Cristo Jesús padecerán persecución” (2 Timoteo 3:12). ¿Qué persecución han sufrido? “Nosotros sabemos que hemos pasado de muerte a vida, en que amamos a los hermanos” (1 Juan 3:14). No pueden decir que ha pasado de muerte a vida porque no creen que el hombre está muerto en pecados. ¿Aman a los hermanos? ¿Aman a Cristo Jesús? ¿Tienen voluntad de sufrir mucha persecución por Él? ¿Morirían por Él? ¿Aman a las verdades benditas del evangelio? ¿Ven la doctrinas de la predestinación y elección “llenas de dulzura, placer y consuelo indecible” como dice el artículo 17? ¿Les gusta escuchar de la elección y libre gracia? O ¿Les gusta escuchar  a los ministros que rebajan a Dios para ser un ser igual que el hombre para que negocie con Él en la forma siguiente – que el hombre haga todo el bien que pueda por asistir a la iglesia y al sacramento, dar limosna, ser justo en sus tratos, y vivir una vida moral para que Dios tenga que otorgarle el cielo según tales términos? Tal es la religión vana de millones de personas (solo un trato comerciante para ganar al cielo), quienes sirven a Dios por un temor esclavizado del infierno, como servirían a un jefe duro. Esto es lo que el hombre llama una religión razonable, y es lo que abogan muchos profesantes estrictos.

            Y para la honra y gloria de Dios les digo claramente una vez más que Él escogió en Cristo, antes que comenzara el mundo, a los que Él propuso salvar de la maldición y condenación. Dios los amó de tal manera que Cristo murió por ellos, mas nadie viene a Cristo por su propio libre albedrío, pero todos vendrán, porque Cristo dijo: “Todo lo que el Padre me da, vendrá a mí; y al que a mí viene, no le echo fuera” (Juan 6:37). Fueron ordenados para hacer buenas obras, el Señor los llama y los santifica, y los prepara para las mansiones ya preparadas para ellos en el cielo, y ninguno de ellos se perderá.

            Esta doctrina no es mía, sino la de Dios. Si quieren, lean Romanos 8 y 9, Efesios 1 hasta el 3, y Juan 10 y 17, y reconocerán que estas verdades se encuentran ahí. Si no pueden creerlas ni amarlas entonces comparen los artículos 10, 11, 12, 13 y 17 de nuestra iglesia, y las doctrinas que les he predicado  esta tarde a ellos, y serán obligados a decir que como asistentes de la iglesia profesan creerlas. Satanás les ayudará a explicarlas en otra forma, si fuera posible. Pero si no quieren escuchar a Pablo entonces escuche a Salomón: “Todas las cosas ha hecho Jehová para sí mismo, Y aun al impío para el día malo” (Proverbios 16:4). Algunos que saben que estas doctrinas están en la Biblia, pero que no las pueden amar, querrán decir que los ministros deben esconderlas. Dios no me ha dicho que lo haga así, y si Él no pensó apropiado esconder su propia palabra pura, Él no quiere que los hombres vanos la escondan por Él. A Satanás le encanta que se esconda, porque sabe mejor que nadie que los que esconden el evangelio nunca han estorbado y nunca estorbarán a su reino. Sabemos que Ananías y Safira cayeron muertos por esconder parte del precio. Entonces ¿qué hemos de esperar nosotros como ministros si escondemos parte de su bendito evangelio? Muchos de los que están presentes dirán que las verdaderas doctrinas del evangelio son necias, irrazonables, y absurdas. Por lo tanto usted, quien sea, dé un testimonio fuerte de la veracidad de ellas, porque “la palabra de la cruz es locura a los que se pierden”. Cuando Pablo y Silas predicaron el evangelio a los tesalonicenses, ellos clamaron: “Estos que trastornan al mundo entero también han venido acá” (Hechos 17:6). Pero los de Berea escudriñaban “cada día las Escrituras para ver si estas cosas eran así. Así que creyeron mucho de ellos” (Hechos 17:11 y 12). Pero tristemente ustedes dicen: “Yo soy rico, y me he enriquecido, y de ninguna cosa tengo necesidad” y no saben que en verdad son desventurados, miserables, pobres, ciegos y desnudos (Apocalipsis 3:17).

            Ahora hablaré unas pocas palabras a ustedes mis hermanos que conocen a Cristo. Ustedes dan testimonio de la verdad que he dicho. “Nosotros le amamos a él, porque él nos amó primero” (1 Juan 4:19). Las doctrinas que el hombre natural odia, a ustedes les encanta oír, son el deleite y consuelo de sus almas. Y cuando ustedes escuchan las doctrinas de justicia propia, se agobian y les tienen lastima a los predicadores y a sus oyentes. Pueden decir con los reformistas: “El hecho de que somos justificados solamente por la fe es doctrina muy sana” (el artículo 17), porque bien saben que en la carne solamente mora el pecado, y dicen juntos con David a Dios: “Pues todo es tuyo, y de lo recibido de tu mano te damos” (1 Crónicas 29:14). Si el Señor requiriera solo un pensamiento de ustedes, por sí mismos seguramente se hubieran condenado. Saben que eran ciegos, y que el Señor les abrió los ojos para que vieran su condición perdida por naturaleza, y para que les trajera a Cristo para ser hallado en Él, no teniendo su propia justicia que es por la ley, sino la que es por la fe de Cristo, la justicia que es de Dios por la fe (Filipenses 3:9). Ustedes reconocen que si el Señor no les hubiera escogido, ustedes nunca le hubieran escogido a Él, y todavía se hubieran estado peleando de parte del mundo y del diablo en contra de Cristo. Antes aborrecían escuchar de la elección como la han de aborrecer los hombres naturales. Saben que cuando Cristo la predicaba siempre ofendía. En Lucas cuando predicó de la elección, querían arrojarlo por el precipicio de un cerro. Cuando la predicó otra vez “muchos de sus discípulos  volvieron atrás, y ya no andaban con él” (Juan 6:65 y 66). Cuando la declaró en otra ocasión, los judíos dijeron: “Demonio tiene, y está fuera de sí” (Juan 10:20). Pablo declaró confiadamente la verdad en Cristo Jesús, por lo cual sus oyentes dijeron de él: “Quita de la tierra a tal hombre, porque no conviene que viva” (Hechos 22:22). Y “Este persuade a los hombres a honrar a Dios contra la ley” (Hechos 18:13). Ellos lo consideraban un necio, y le contaron como “la escoria del mundo, el desecho de todos” (1 Corintios 4:10, 13). Y si los ministros predicaran tan fielmente ahora como Pablo ¿a los hombres naturales les gustaría escucharles? La naturaleza no se ha cambiado, el evangelio no se ha cambiado, y Cristo no se ha cambiado. Por lo tanto ahora cuando se predica fielmente el evangelio, todos los que no son enseñados por Dios para recibirlo, sea de la secta o denominación que sea, hablarán en contra de ello y lo condenará con tal que sea el mismo evangelio que Pablo predicaba. Tal como Dios dijo a Jeremías: “¿Es mi heredad para mí como ave de rapiña de muchos colores? ¿No están contra ella aves de rapiña en derredor?” (Jeremías 12:9). Sí, todos los que no le pertenecen están en contra de la iglesia verdadera de Cristo, como Cristo dijo: “Y seréis aborrecidos de todos por causa de mi nombre” (Mateo 10:22), y le dijeron a Pablo: “de esta secta nos es notorio que en todas partes se habla contra ella” (Hechos 28:22). Mis hermanos, ¿nos agobiaremos por esto? No. Cristo dice: “Gozaos y alegraos, porque vuestro galardón es grande en los cielos” (Mateo 5:12). Las Escrituras abundan de palabras de consolación para los perseguidos, porque un cristiano sin persecución  es una contradicción tan grande como un fuego sin calor. Mas fuerte su fe, mas les odiarán. Mis hermanos, ustedes que tienen el Espíritu de Dios que da testimonio a su espíritu que son hijos de Dios (Romanos 8:16), no se avergüencen que Cristo mora en ustedes. Porque si no tienen a su Espíritu no son de él, y si lo tienen entonces la salvación de ustedes es tan cierta como si ya estuviera en el cielo. Pero los frutos de la fe aparecerán como evidencia y se conocerá como un árbol se conoce por su fruto. Si su fe no les influencia a su vida, si no obra por amor, está muerta y no les es de beneficio. Son Judas e hipócritas. “Y en esto sabemos que nosotros le conocemos, si guardamos su mandamientos. El que dice: Yo le conozco, y no guarda sus mandamientos, el tal es mentiroso, y la verdad no está en él” (1 Juan 2:3 y 4). Sirven a Dios como hijos y no como siervos a su dueño, el amor les hace ricos en buenas obras en Cristo, les constriñe a ser santos, su gozo y felicidad han de ser grandes. Sus pecados son perdonados, su justicia y santificación están en Cristo, quien ya hizo la tarea por ustedes, y así Cristo les dijo cuando expiró la última respiración: “Consumado es” (Juan 19:30). Aunque el mundo les considere viles e indignos, son preciosos para Dios: “el que os toca, toca a la niña de su ojo” (Zacarías 2:8). Nadie puede lastimarles sin el permiso de Dios, y todas las cosas les ayudan a bien (Romanos 8:28). Que el mundo no le ponga otro cargo en contra de ustedes aparte del que le puso a Daniel, el cual fue por su religión. Si quieren reinar con Cristo primero tienen que sufrir con Él. Tienen que llevar la cruz antes de ponerse la corona, pero esta vida pronto pasará, y luego recibirán las mansiones benditas que fueron preparadas para ustedes desde antes de la fundación del mundo, y para siempre se gozarán de placeres inexpresables a la diestra de Dios. 


[1] Conveniencia, coherencia, relación lógica.

http://buscon.rae.es/draeI/SrvltConsulta?TIPO_BUS=3&LEMA=congruencia

 


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