¿En
verdad has venido a Cristo?
En forma de introducción vamos a presentarle al lector las siguientes
Escrituras:
1.
“y no queréis venir a mí para que tengáis vida” (Juan 5:40).
2.
“Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar”
(Mateo 11:28).
3.
“Ninguno puede venir a mí, si el Padre que me envió no le trajere; y yo le
resucitaré en el día postrero” (Juan 6:44).
4.
“Todo lo que el Padre me da, vendrá a mí; y al que a mí viene, no le echo fuera”
(Juan 6:37).
5.
“Si alguno viene a mí, y no aborrece a su padre, y madre, y mujer, e hijos, y
hermanos, y hermanas, y aun también su propia vida, no puede ser mi discípulo. Y
el que no lleva su cruz y viene en pos de mí, no puede ser mi discípulo” (Lucas
14:26-27).
6.
“Acercándoos
a él, piedra viva, desechada ciertamente por los hombres, mas para Dios escogida
y preciosa” (I Pedro 2:4).
7.
“por
lo cual puede también salvar perpetuamente a los que por él se acercan a Dios,
viviendo siempre para interceder por ellos” (Hebreos 7:25).
El primer pasaje se aplica a todo hombre y mujer inconverso que está sobre la
tierra. Mientras permance en su estado de naturaleza, nadie puede venir a
Cristo. Aunque todas las excelencias divinas y humanas se encuentran en el Señor
Jesús, aunque él es todo codiciable (Cantar de Cantares 5:16), los hijos caídos
de Adán no ven nada bello en él para desearle. Es posible estar bien instruidos
en “la doctrina de Cristo,” y creer sin vacilar todo lo que la Escritura afirma
de él, y tomar frecuentemente su nombre en sus labios y profesar estar
descansando en la obra culminada de Cristo, es posible cantarle alabanzas, y
todavía tener el corazón lejos de Él. Las cosas de este mundo tienen primer
lugar en sus afecciones. La satisfacción de sí mismos es su preocupación
dominante. Ellos no le entregan a Cristo sus vidas. El es demasiado santo para
su amor al pecado, sus demandas son demasiadas exigentes para sus corazones
egoístas, sus términos de discipulado son demasiados duros para sus caminos
carnales. No se rinden a Su señorío – lo mismo es verdad para todos nosotros
hasta que Dios haga un milagro de gracia en nuestros corazones.
El segundo pasaje contiene una invitación llena de gracia, proporcionada por el
Salvador compasivo a una clase particular de pecadores. La palabra “todo” se
califica claramente y definitivamente por las palabras que le siguen. El
carácter de los a quienes esta palabra de amor pertenece, se define con
claridad: es para los que están “trabajados” y “cargados”. Entonces queda claro
que no corresponde a la gran mayoría de nuestros compañeros inconstantes,
despreocupados, buscadores de placer, que no consideran la gloria de Dios, y a
quienes no les preocupa su bienestar eterno. Para estas pobres criaturas
corresponde mejor, “Alégrate,
joven, en tu juventud, y tome placer tu corazón en los días de tu adolescencia;
y anda en los caminos de tu corazón y en la vista de tus ojos; pero sabe, que
sobre todas estas cosas te juzgará Dios” (Eclesiastés 11:9). Pero para los que
han estado muy “trabajados”, tratando de guardar la ley y agradar a Dios, los
que están “cargados” con el sentido de su impotencia completa para cumplir sus
requisitos, y a quienes desean ser liberados del poder y polución del pecado,
Cristo dice: “Venid a mí, y os haré descansar.”
El tercer pasaje que se cita arriba nos indica que “venir a Cristo” no es tan
fácil como muchos se lo imaginan, ni es una cosa tan sencilla como la
representan la mayoría de los predicadores. En vez de ser una cosa fácil o
sencilla el Hijo encarnado de Dios declara confiadamente que tal hecho es una
imposibilidad para una criatura caída y depravada, al menos y hasta que el poder
divino obre en él. Esta es una palabra que humilla el orgullo, marchita la
carne, y que rebaja el hombre. “Venir a Cristo” es muy, muy diferente que
levantar la mano para que un “sacerdote” protestante ore por usted, o ir al
frente para saludar a un evangelista engañoso, o firmar una tarjeta de
“decisión”, o unirse a una “iglesia”, o cualquier otro de los “muchos inventos”
de los hombres (Eclesiastés 7:29). Antes que uno pueda y quiera “venir a
Cristo”, el entendimiento tiene que ser iluminado sobrenaturalmente, el corazón
tiene que ser cambiado sobrenaturalmente, y la voluntad obstinada tiene que ser
quebrantada sobrenaturalmente.
El cuarto pasaje es inaceptable para la mente carnal, pero es una porción
preciosa para los hijos de Dios, los enseñados por el Espíritu. Dicho pasaje
propone la verdad bendita de la elección incondicional, o de la gracia selectiva
de Dios. Habla de un pueblo favorecido que el Padre da a su Hijo. Declara que
cada uno de aquella compañía bendita vendrá a Cristo. Ni los efectos de su caída
en Adán, ni el poder del pecado que mora en ellos, ni el odio ni el esfuerzo
incansable de Satanás, ni las ilusiones engañosas de los predicadores ciegos
podrán impedirles – cuando llega la hora designada por Dios cada uno de sus
elegidos se liberará del poder de las tinieblas y se trasladará al reino de su
Hijo amado. Anuncia que no importa que tan inmerecido y vil sea, ni cuan negros
sean sus pecados, ni que tan grande esté la lista de ellos, Él de ninguna manera
le menospreciará ni le negará la bienvenida, y no importa cuáles sean las
circunstancias, Él nunca le echará fuera.
El quinto pasaje es uno que da a conocer bajo cuales condiciones Cristo recibirá
a los pecadores. Aquí las demandas inflexibles de su santidad se manifiestan. El
tiene que ser coronado Señor de todo o no será Señor de nada. Tiene que haber un
renuncio de todo lo que compete con él en el corazón. El no tolera ningún
competidor. Toda pertinencia de “la carne”, sea que se encuentre en un ser
querido o en uno mismo, tiene que ser aborrecida. La “cruz” es la insignia del
discipulado cristiano: no es una insignia de oro que lleva el cuerpo, sino que
es el principio de auto-negación y auto-sacrificio que reina en el corazón.
¡Cuán evidente es que una obra divina, poderosa, y sobrenatural de gracia tiene
que realizarse en el corazón humano para que un hombre desee cumplir dichas
condiciones!
El sexto pasaje nos dice que un cristiano tiene que seguir tal como comenzó.
Debemos “venir a Cristo” no una vez por todas, sino frecuentemente, diariamente.
Él es el único que puede administrarnos nuestras necesidades, y a Él hemos de
recurrir constantemente para que nos las proporcione. En nuestra vaciedad
profunda, hemos de extraer de su “plenitud” (Juan 1:16). En nuestra debilidad,
hemos de recurrir a Él por fuerza. En nuestra ignorancia, hemos de pedirle
sabiduría. En nuestras caídas en el pecado, hemos de buscar de nuevo su
purificación. Todo lo que necesitamos para esta época y para la eternidad se
almacena en Él: refrigerio cuando estamos fatigados (Isaías 40:31), sanidad del
cuerpo cuando estamos enfermos (Éxodo 15:26), consuelo cuando estamos tristes (I
Pedro 5:7), liberación cuando somos tentados (Hebreos 2:18). Si nos hemos
descarriado de Él, si nos hemos despegado de nuestro primer amor, entonces el
remedio es “arrepiéntete, y haz las primeras obras” (Apocalipsis 2:5),
esto es echarnos sobre Él de nuevo, tal como hicimos cuando vinimos a Él la
primera vez – como pecadores inútiles, buscando su misericordia y perdón.
El séptimo pasaje fija una seguridad eterna para los que vienen. Cristo salva
“perpetuamente” o “para siempre” a los que vienen a Dios por Él. Él no es de una
opinión hoy y de otra mañana, porque Él “es
el mismo ayer, y hoy, y por los siglos” (Hebreos 13:8). Habiendo amado “a los suyos que estaban en el
mundo, los amó hasta el fin” (Juan 13:1), y en forma bendecida Él lo comprueba,
porque él vive por “siempre para interceder por ellos”. Y sus oraciones son
eficaces porque Él declara que el Padre “siempre” le oye (Juan 11:42). Ninguno
que tenga su nombre gravado permanentemente sobre el corazón de nuestro gran
Sumo sacerdote perecerá jamás. ¡Aleluya!