El Cristiano de Romanos 7
En este capítulo el apóstol realiza dos cosas: primero
manifiesta lo que es y no es la relación de la ley con el creyente –
judicialmente el creyente está emancipado[1]
de la maldición o pena de la ley (Romanos 7:1 a 6); moralmente está esclavizado
para obedecer la ley (versículos 22 y 25). Segundo se guarda de una deducción
falsa que podría extraerse de lo que
enseña en el capítulo 6. En Romanos 6:1 al 11
expone que el creyente se identifica con Cristo como “muerto al pecado”
(versículos 2, 7, etc.). Luego, desde el versículo 11 en adelante, manifiesta el
efecto que la verdad debe producir en el andar del cristiano. En el capítulo 7
sigue la misma orden de
pensar. En el 7:1 a 6 trata la identificación que
el creyente tiene con Cristo como “muerto a la ley” (véanse los versículos 4 y
6). Luego desde versículo 7 en adelante describe las experiencias del cristiano.
Así que la primera mitad de Romanos 6 y la primera mitad de Romanos 7, tratan
la posición del creyente y la
segunda mitad de los dichos capítulos tratan el estado del creyente, pero la
diferencia es que la segunda mitad de Romanos 6 revela como nuestro estado debe
ser y la segunda mitad de Romanos 7 (versículos 13 a 25) demuestra nuestro
estado verdadero.
En gran parte La controversia que se ha encendido sobre Romanos 7 es fruto del
perfeccionismo de Wesley y sus seguidores. Que los hermanos, quienes debemos
respetar, hayan adoptado este error en forma moderada, solamente nos manifiesta
que el espíritu del laodiceanismo se ha difundido mucho en la actualidad. Para
hablar de "salir de Romanos 7 para entrar al 8" es una necedad inexcusable. Los
dos capítulos le corresponden y se relacionan, con la misma fuerza sin
disminución y relevancia, a todo creyente que está sobre la tierra hoy. La
segunda mitad de Romanos 7 describe el conflicto de las dos naturalezas del hijo
de Dios: sencillamente expone en detalle lo mismo que se resume en Gálatas 5:17.
Romanos capítulo 7 versículos 14, 15, 18, 19, 21 son veraces ahora para cada
creyente que esté sobre la tierra. A cada cristiano le falta mucho para alcanzar
el estándar que se le pone delante - decimos el estándar de Dios y no el de los
maestros que enseñan la supuesta "vida victoriosa". Si un lector cristiano dice
que Romanos 7:19 no describe su vida, diremos muy amablemente que
lamentablemente está engañado. No indicamos que cada cristiano rompe las leyes
de los hombres, ni que es un transgresor abierto de las leyes de Dios, pero lo
que indicamos es que su vida está muy, muy inferior al nivel de vida que vivió
nuestro Salvador aquí en la tierra. Indicamos también que todavía se evidencia
mucho de "la carne" en cada cristiano - y ni siquiera menos en los que se jactan
ruidosamente de sus logros espirituales. Afirmamos que cada cristiano tiene la
necesidad urgente de orar diariamente por el perdón de sus pecados diarios
(Lucas 11:4), porque "todos tropezamos de muchas maneras" (Santiago 3:2 Biblia
de las Américas).
En lo que sigue nos limitaremos a los últimos dos versículos de Romanos 7, donde
leemos, "¡Miserable de mí! ¿quién me librará de este cuerpo de muerte? Gracias
doy a Dios, por Jesucristo Señor nuestro. Así que, yo mismo con la mente sirvo a
la ley de Dios, mas con la carne a la ley del pecado." (Romanos 7:24 y 25) Dicho
lenguaje es el de un alma regenerada, y resume el contenido de los versículos
que lo preceden inmediatamente. El hombre no regenerado en verdad es miserable
pero es un extraño para la "miserabilidad" que se expresa aquí, porque no sabe
nada de la experiencia que evoca este clamor. El contexto completo se dedica a
la descripción del conflicto entre las dos naturalezas que se encuentran en el
hijo de Dios. “Porque según el hombre interior, me deleito en la ley de Dios”
(Romanos 7:22), es verdad solamente en los que han nacido de nuevo. Pero el que
“se deleita” de esta manera descubre la “otra ley en sus miembros”. Esta
referencia no se debe limitar a sus miembros físicos sino que se ha de entender
como incluyendo las varias partes de su personalidad carnal. La “otra
ley” también está trabajando en la memoria, la imaginación, la voluntad, el
corazón, etc.
El apóstol dice que la “otra ley” guerreaba en contra de la ley de su mente (la
nueva naturaleza), y no únicamente esto sino que también le llevó “cautivo a la
ley del pecado” (versículo 23). No se define hasta qué grado fue llevado
“cautivo”. Pero que seguramente fue llevado cautivo como todos los creyentes. El
vagar de la mente al leer la Palabra de Dios, los pensamientos malos que salen
del corazón al orar, las imágenes horribles que se nos presentan al dormir – ya
nos detendremos ahí – son ejemplos de ser llevado “cautivo a la ley del pecado”.
“Si
el principio depravado de nuestra naturaleza logra suscitar algún mal
pensamiento, nos ha llevado cautivos. En ese momento ha vencido y en ese momento
somos derrotados y hechos prisioneros".
(Robert Haldane).
Es el conocimiento de esta guerra dentro de sí y también de ser llevado cautivo
al pecado lo que produce esta exclamación en el creyente: “¡Miserable de mí!”
Este clamor es producido por una comprensión profunda del pecado que mora dentro
de su ser. Es la confesión de él que sepa que en su hombre natural no mora nada
bueno. Es la queja afligida que ha descubierto el pozo horrible de iniquidad que
existe en su propio corazón. Es el gemido de un hombre divinamente iluminado
quien ahora se odia a sí mismo – a
su ser natural – y anhela ser rescatado.
Este gemido, “Miserable de mí”, expresa la experiencia normal del cristiano, y
el cristiano que no gime en esta forma está en una condición anormal y enferma.
El que no susurra este clamor diariamente está tan fuera de tener comunión con
Cristo, o es tan ignorante de la enseñanza de la Escritura, o está tan engañado
acerca de su propia condición que no conoce las corrupciones de su corazón y el
fracaso completo de su propia vida.
El que se arrodilla ante la enseñanza solemne y escudriñadora de la Palabra de
Dios, el que aprende en ella la ruina terrible que el pecado ha obrado en la
constitución humana, el que ve el estándar exaltado de la santidad de Dios que
Dios nos ha propuesto, tiene que descubrir que impío tan vil es. Si se le ha
dado el discernir lo mucho que le falta para alcanzar el estándar de Dios, si a
la luz del santuario divino descubre lo poco que se parece al Cristo de Dios,
luego encontrará que este es el lenguaje más adecuado para expresar su tristeza
que es según Dios. Si Dios le manifiesta la frialdad de su amor, el orgullo de
su corazón, la vagueación[2]
de su mente, la maldad que ensucia aun sus acciones más piadosas, clamará,
“Miserable de mí”. Si está consciente de su ingratitud, y de cuan poco valora
las misericordias diarias de Dios, si ve la ausencia de aquel fervor profundo y
genuino que deber caracterizar su
alabanza y adoración de Aquel quien es “magnífico en santidad”; si reconoce el
espíritu pecaminoso de rebelión que tan frecuentemente hace que murmure o por lo
menos se irrite por las dispensaciones de Dios dispensa en su vida diaria; si
trata de sumar no solamente los pecados de comisión sino también los de omisión
que incurre diariamente, seguramente clamará, “Miserable de mí”.
Ahora no es solamente el cristiano “rebelde” que se condena y lamenta así, sino
también el que verdaderamente tiene comunión con Cristo emitirá este clamor cada
día y cada hora. Y lo más que se acerca a Cristo, descubrirá más de las
corrupciones de su naturaleza antigua, y más diligentemente anhelará ser
rescatado de ella. El polvo y la suciedad que tiene un cuarto no se manifiesta
hasta que el cuarto se llene de la luz del sol. De igual modo, solamente cuando
venimos verdaderamente a la presencia de Él que es luz, nos enteraremos
de la suciedad y maldad que mora dentro de nosotros, las cuales ensucian
cada parte de nuestro ser. Tal descubrimiento haría que todos clamáramos,
“¡Miserable de mí!”
Pero alguien inquirirá, “¿No es cierto que la comunión con Cristo produce
regocijo en vez de lamento?” Contestamos que produce las dos cosas, como fue en
el caso de Pablo. En versículo 22 de nuestro capítulo dice, “me deleito en la
ley de Dios”, pero clama solamente dos versículos después, “¡Miserable de mí!”
Este no es el único pasaje sino que también en 2ª de Corintios 6 el mismo
apóstol dice, “como entristecidos, mas siempre gozosos” (versículo 10).
Entristecido por causa de sus fracasos, y por causa de sus pecados diarios.
Gozosos por causa de la gracia que todavía le sostenía, y por causa de la
provisión bendita que Dios hizo por todos los pecados de sus santos. También en
Romanos 8:1 después de declarar, “Ahora, pues, ninguna condenación hay para los
que están en Cristo Jesús” y después de decir, “El Espíritu mismo da testimonio
a nuestro espíritu, de que somos hijos de Dios. Y si hijos, también herederos;
herederos de Dios y coherederos con Cristo” (versículos 16 y 17), el apóstol
agrega, “sino que también nosotros mismos, que tenemos las primicias del
Espíritu, nosotros también gemimos dentro de nosotros mismos, esperando la
adopción, la redención de nuestro cuerpo” (versículo 23). La enseñanza del
apóstol Pedro es similar, “En lo cual os alegráis, aunque ahora por un poco de
tiempo, si es necesario, tengáis que ser afligidos en diversas pruebas” (1 Pedro
1:6) La tristeza y el gemido no se ausentan de la espiritualidad
más alta.
En estos días de la complacencia y el orgullo laodicenses se habla y se jacta
mucho acerca de la comunión con Cristo, pero vemos muy pocas manifestaciones de
ella. Quien no siente su completa falta de mérito, quien no lamenta la
depravación total de nuestra naturaleza, quien no se entristece por nuestra
falta de conformidad a Cristo, quien no gime por ser llevado cautivo al pecado;
para ser breve, quien no clama, “¡Miserable de mí!” mucho ha de temer que no
tenga nada de comunión con Cristo.
Cuando Abraham caminó con el Señor clamó, “He aquí ahora que he comenzado a
hablar a mi Señor, aunque soy polvo y ceniza.” (Génesis 18:27) Cuando Job llegó
a estar cara a cara con Dios, dijo: “He aquí que yo soy vil” (Job 40:4), y
luego, “me aborrezco” (Job 42:6). Cuando Isaías entró a la presencia divina
clamó: “¡Ay de mí! Que soy muerto; porque siendo hombre inmundo de labios”
(Isaías 6:5). Cuando Daniel tuvo aquella visión de Cristo (Daniel 10:5 y 6)
afirmó, “no quedó fuerza en mí, antes mi fuerza se cambió en desfallecimiento”
(versículo 8). Y en una de las últimas epístolas escrita por el apóstol amado a
los gentiles leemos, “Palabra fiel y digna de ser recibida por todos: que Cristo
Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores, de los cuales yo soy el
primero.” (I Timoteo 1:15) Estas palabras no proceden de hombres no regenerados
sino que salieron de los labios de los santos de Dios. Tampoco eran confesiones
de creyentes rebeldes, sino que se vociferaron por los más eminentes del pueblo
del Señor. Pero hoy, ¿Dónde encontraremos uno que se pueda colocar al lado de
Abraham, Job, Isaías, Daniel y Pablo? En verdad ¿¡donde!? Pero ¡Ellos eran los
hombres que estaban conscientes de su vileza e indignidad!
“¡Miserable de mí!” Este es el lenguaje del alma regenerada. Es la confesión del
cristiano normal (desengañado y desilusionado). La sustancia de dicho lenguaje
no se halla solamente en las palabras gravadas de los cristianos del nuevo y
antiguo testamento, sino también se halla también en los escritos de los
cristianos más eminentes que han vivido dentro de los últimos quinientos años.
En verdad ¡Que diferentes eran las confesiones y los testimonios producidos por
los cristianos pasados que las jactancias ignorantes y arrogantes de los
laodicenses modernos! Es refrescante cambiar de leer las biografías del día
presente para leer las que se escribieron hace mucho.
Medite en los siguientes extractos:
El señor Bradford, merecido de recuerdo, fue martirizado
durante el reino de la reina María la sangrienta, en una carta dirigida
hacia un co-prisionero en otra cárcel se describió de tal manera: “El pecaminoso
John Bradford: un hipócrita bien pintado: el más miserable, duro de corazón,
e ingrato pecador, John Bradford.” (1555 AD)
El piadoso Rutherford escribió, “Este cuerpo de pecado y corrupción amarga y
envenena nuestro regocijo. O que estuviera donde nunca pecaría mas.” (1650 AD)
El Obispo Berkeley escribió, “No puedo orar sin pecar; no puedo predicar sin
pecar; no puedo administrar ni recibir el sacramento santo sin pecar. Necesito
arrepentirme aun de mi arrepentimiento: y las lagrimas que derramo necesitan
lavarse en la sangre de Cristo.” (1670 AD)
Aquel hombre excepcional David Brainerd (el primer misionero a los indígenas
cuya devoción a Cristo fue testificada por todos los que lo conocieron), murió
en la casa de Jonathan Edwards, quien le fue un amigo muy querido, y dice en
“Las memorias del Sr. Brainerd,” “La humillación evangélica
asistía mucho a sus
iluminaciones religiosas, afectos y consuelos; la cual consistía en el sentido
de su insuficiencia, vileza, y deshonra completa; le acompañaban la disposición
y el estado de corazón correspondientes. Casi continuamente le afectaban sus
grandes defectos en religión, y la gran distancia que le separaba de la
espiritualidad y el estado de ánimo que corresponden a un hijo de Dios, ¡también
por su ignorancia, orgullo, frialdad, e infructuosidad!
No solamente le afectaba el recuerdo de su pecaminosidad anterior, antes
de su conversión, sino también por el sentido de su vileza y polución presentes.
No solamente pensaba que los otros santos eran mejor que él, sino que
se consideraba el peor y el menor de todos los santos y frecuentemente
como el peor y más vil de toda la humanidad.”
Aun Jonathan Edwards, pocos han sido honrados más que él por Dios, sea en sus
logros espirituales o en la medida que Dios los ha usado para bendecir a otros,
llegando al fin de su vida escribió así: “Cuando reviso mi propio corazón y veo
su maldad, parece un abismo infinitamente más profundo que el infierno. Y me
parece que si no fuera por la libre gracia de Dios, que se exalta y se levanta
hasta la altura, plenitud, y gloria infinita del gran Jehová, estaría hundido en
mis pecados debajo del infierno mismo; mucho inferior al nivel de cualquier otra
cosa, pero es solamente el ojo de la gracia soberana que puede llegar a tales
profundidades. Y me afecta al pensar que de cristiano joven era ignorante
(tristemente muchos cristianos más ancianos todavía siguen ignorantes de lo
mismo) de las profundidades insondables de la maldad, el orgullo, la hipocresía,
y del engaño que permanece en mi corazón.” (1743 AD)
Augustus Toplady, el autor de “Roca de la eternidad”, escribió de tal manera en
su diario privado bajo la fecha del 31 de diciembre del 1767-“Al repasar el año
pasado, deseo confesar que mi infidelidad ha sido grande en extremo, mis pecados
todavía más grandes, y las misericordias de Dios más grandes que ambos.” También
escribió, “Mis defectos y hechos malos, mi incredulidad y
falta de amor, me hundirían al infierno más profundo si Jesús no fuera mi
justicia y Redentor.”
Escuche las palabras de aquella mujer piadosa, la esposa del misionero eminente
Adoniram Judson: “¡Oh! ¡como me regocijo de salir de la bañera de hidromasaje!
¡Es demasiado placentero, para una esposa de misionero! Pero quizás este placer
es mi pecado más leve. Es la frialdad de mi corazón, el desinterés, la falta de
fe, la ineficiencia y pereza espiritual, todo suscitados por amor a mí mismo, la
pecaminosidad diaria, inherente y mimada de mi naturaleza, que me hace solamente
una bebé en la causa de Cristo – no es por las atracciones del mundo.”
John Newton el compositor de aquel himno bendito, “sublime gracia del Señor que
a un infeliz salvó; fui ciego mas hoy veo yo, perdido y me halló”; para
referirse a las expectativas que conservaba amorosamente al iniciar su vida
cristiana, escribió: “¡Ay! Esas expectativas de oro han sido como sueños
de los mares del sur. Desde
entonces he vivido como un pobre pecador, y creo que así moriré. Entonces ¿No
habré ganado nada? ¡Sí! He ganado lo que no quería en el pasado. Espero que por
la bendición del Señor, las pruebas acumuladas del engaño y la grave maldad de
mi corazón, me hayan enseñado en alguna medida, saber que significo al decir, He
aquí soy vil…me avergonzaba de mí mismo cuando comencé a buscarlo, pero ahora me
avergüenzo mas.”
James Ingliss (Editor de “Marcadores del camino en el desierto”) al fin de su
vida escribió al Sr. J.H. Brookes, “Me he sido llevado a ver el fin a nueva luz,
mi vida parece componerse de oportunidades desperdiciadas, y tan falta de
resultados que a veces es muy doloroso; pero llega la gracia para afrontar todo,
y El también será glorificado en mi humillación.” (1872) Y respondió el Sr.
Brookes, “¡Así es, nada como las jactancias de los que se glorían en sus logros
imaginados!”
Una citación más: ahora citamos de un sermón por C.H. Spurgeon. El príncipe de
los predicadores dijo, “Hay algunos
cristianos profesantes que pueden hablar de sí mismos en términos de admiración,
pero de lo mas interno de mi corazón, aborrezco tales oratorias mas y mas con
cada día que vivo. Los que hablan de una manera tan jactanciosa han de ser muy
diferentes que yo. Mientras ellos se felicitan, yo tengo que postrarme
humildemente al pie de la cruz de Cristo y me maravillo que siquiera soy salvo,
porque sé que soy salvo. Me tengo que asombrar que no crea más en Cristo, y de
igual modo que tenga el privilegio siquiera de creer en Él - me asombro que no
lo ame mas y de igual modo que lo ame siquiera - me asombro que no sea más santo
y de igual modo que tenga siquiera el deseo de ser santo al considerar que
naturaleza tan corrupta, degradada, y depravada encuentro dentro de mi alma, a
pesar de todo lo que la gracia divina ha hecho en mí. Si Dios permitiera que las
fuentes del gran abismo de la
depravación se rompieran en el mejor hombre viviente, tal se haría un diablo tan
malo como el mismo diablo. No me importa lo que estos hombres jactanciosos digan
referente a sus propias perfecciones, porque estoy seguro que no se conocen o no
podrían hablar como hablan. Hay suficiente yesca[3]
en el santo mas acercado al cielo para encender otro infierno si Dios solo
permitiera que una chispa se le cayera encima. En el mejor de los hombres existe
una casi infinita profundidad de depravación. Parece que algunos cristianos
nunca se enteran de ella. Casi deseara que no se enteraran de ella porque es un
descubrimiento doloroso para cualquier persona, pero realiza el efecto benéfico
de hacer que cesemos de confiar en nosotros mismos, y causa que nos gloriemos
solamente en el Señor.”
Otros testimonios de la boca y pluma de hombres tan piadosos y eminentes se
podrían proporcionar, pero ya citamos suficientes para manifestar el motivo que
tienen todos los santos de todas las edades para apropiarse de estas palabras,
“¡Miserable de mí!”. Ahora le doy unas pocas palabras acerca del último
versículo de Romanos 7. “¿Quién me librará de este cuerpo de muerte?” “¿Quien me
librará?” Esto no es lenguaje desesperado sino el de un deseo ferviente
de obtener ayuda externa y superior a él mismo. El apóstol anhelaba
rescatarse de lo que se llama “el cuerpo de muerte” que tiene “miembros”
(Romanos 7:23). Así que nosotros creemos que el significado de lo que dice el
apóstol es: ¿¡Quien me librará de esta carga fatal y nociva – mi ser
pecaminoso!?
En el versículo siguiente el apóstol contesta su propia pregunta, “Gracias doy a
Dios, por Jesucristo Señor nuestro.” Debe ser obvio para la mente imparcial
que esta declaración mira hacia el futuro. El se preguntó, “¿Quién me
librará?” Y se contesta que Jesucristo lo hará. Esto expone el error de los que
enseñan una “liberación” presente
de la naturaleza carnal por el poder del Espíritu Santo. En su respuesta el
apóstol no dice nada acerca del Espíritu Santo sino solamente menciona a
“Jesucristo Señor nuestro”. No es la presente obra interna del Espíritu que
librará a los cristianos de “este
cuerpo de muerte”, sino la venida futura del Señor Jesucristo por nosotros. Es
entonces que este mortal se vestirá de inmortalidad y este corruptible se
vestirá de incorrupción.
Pero como para quitar toda duda que esta “liberación” sea futura, el apóstol
concluye al decir, “Así que, yo mismo con la mente sirvo a la ley de Dios, mas
con la carne a la ley del pecado.” Que cada lector note cuidadosamente que
dichas palabras vienen después de haber agradecido a Dios que él sería
“rescatado”. La última parte de versículo 25 resume lo que dice la segunda parte
de Romanos 7. Describe la vida doble del cristiano. La nueva naturaleza sirve a
la ley de Dios, y la vieja naturaleza, hasta el fin de la historia, servirá a
“la ley del pecado”. Que así haya sido con Pablo mismo está claro por las
palabras que escribió al fin de su vida, cuando se denominó “el primero” de los
pecadores (1 Timoteo 1:15). Esto no es una exageración de fervor evangélico, y
menos la modestia fingida de hipocresía. Es la convicción segura, la experiencia
comprendida, el conocimiento asentado de una persona que veía profundamente a
las profundidades de corrupción que estaban dentro de él mismo, y de quien sabía
que le faltaba mucho para alcanzar el estándar de santidad que Dios le había
puesto por delante. Así también será el conocimiento y la confesión de todos los
cristianos que no están cegados por engaño. Y el resultado de dicho conocimiento
será que anhele mas ardientemente por la liberación que se realizará en la
venida de nuestro Salvador y Señor, en que Él “transformará el cuerpo de la
humillación nuestra, para que sea semejante al cuerpo de la gloria suya, por el
poder con el cual puede también sujetar a sí mismo todas las cosas.” (Filipenses
3:20) y después de haberlo hecho, nos presentará “sin mancha delante de su
gloria con gran alegría” (Judas 24), y le agradecerá a Dios mas fervientemente
por dicha liberación. ¡Aleluya! ¡Qué Salvador!
Es notable que la palabra griega que aquí se traduce “miserable”, solamente se
encuentra una vez más en el Nuevo Testamento, en Apocalipsis 3:17 donde Cristo
les dice a los cristianos de Laodicea, “y no sabes que tu eres un desventurado”.
Ellos se jactaban que no necesitaban nada, estaban tan llenos de orgullo, tan
satisfechos por sus logros que no sabían que eran desventurados. ¿No es lo que
vemos en todo lugar hoy? ¿No es evidente que vivamos en el periodo laodicense de
la historia de la cristiandad? Muchos estaban conscientes de la “necesidad” pero
ahora se imaginan que han recibido “la segunda bendición”, o “el bautismo del
Espíritu”, o que han entrado en “victoria”, y creyendo de tal modo ahora se
imaginan ingenuamente que ya se cumplió su “necesidad”. La prueba de esto es que
son los mismos que “no saben” que son “desventurados”. Presumiéndole con
superioridad espiritual dirán que ya “salieron de Romanos 7 para entrar en
Romanos 8.” Con una complacencia
lastimosa dirán que Romanos 7 ya no representa su experiencia, y con una
satisfacción confiada mirarán con lastima al cristiano que clama “Miserable de
mí”, y como el fariseo en el templo darán gracias a Dios que son diferentes.
¡Pobres almas ciegas! Es a los tales que el Hijo de
Dios dice aquí, “y no sabes que ERES DESVENTURADO”. Les decimos almas
“ciegas” porque a estos laodicenses
Cristo dice, “unge tus ojos con colirio, para que veas”. (Apocalipsis 3:18) Se
debe observar que en la segunda mitad de Romanos 7 el apóstol habla en forma
singular. Esto es sorprendente y de bendición. El Espíritu Santo quiere
indicarnos que los logros superiores en la gracia no le eximen al cristiano de
la experiencia dolorosa que se describe aquí. El apóstol retrata con pluma de
maestro – colocándose a el mismo en el retrato – las luchas espirituales del
hijo de Dios, e ilustra, por medio de referirse a su propia experiencia, el
conflicto interminable que se desprende entre las naturalezas antagonistas en el
que ha nacido de nuevo.
Que Dios en su misericordia nos rescate del espíritu de orgullo que ahora
ensucia el aire de la cristiandad moderna, y que nos otorgue ver humilladamente
nuestra suciedad para que nos
juntemos con el apóstol y clamemos con un fervor cada vez más profundo,
“¡Miserable de mí!” Que Dios conceda al autor y lector tal comprensión de su
propia depravación e indignidad para que nos postremos en el polvo delante de
Él, y que le alabemos ahí por su gracia maravillosa para con pecadores tan
merecedores del infierno.
- A. W. Pink
[1]
Emancipar
-
Liberarse de cualquier clase de subordinación o
dependencia.
http://buscon.rae.es/draeI/SrvltConsulta?TIPO_BUS=3&LEMA=emancipar
[3]
Materia muy seca, comúnmente de trapo quemado, cardo u hongos secos, y
preparada de suerte que cualquier chispa prenda en ella.