a. w. pink


El Cristiano de Romanos 7


 

En este capítulo el apóstol realiza dos cosas: primero manifiesta lo que es y no es la relación de la ley con el creyente – judicialmente el creyente está emancipado[1] de la maldición o pena de la ley (Romanos 7:1 a 6); moralmente está esclavizado para obedecer la ley (versículos 22 y 25). Segundo se guarda de una deducción falsa que podría extraerse de lo que  enseña en el capítulo 6. En Romanos 6:1 al 11 expone que el creyente se identifica con Cristo como “muerto al pecado” (versículos 2, 7, etc.). Luego, desde el versículo 11 en adelante, manifiesta el efecto que la verdad debe producir en el andar del cristiano. En el capítulo 7 sigue la misma orden de  pensar. En el 7:1 a 6 trata la identificación que el creyente tiene con Cristo como “muerto a la ley” (véanse los versículos 4 y 6). Luego desde versículo 7 en adelante describe las experiencias del cristiano. Así que la primera mitad de Romanos 6 y la primera mitad de Romanos 7, tratan la posición del creyente y la segunda mitad de los dichos capítulos tratan el estado del creyente, pero la diferencia es que la segunda mitad de Romanos 6 revela como nuestro estado debe ser y la segunda mitad de Romanos 7 (versículos 13 a 25) demuestra nuestro estado verdadero.

En gran parte La controversia que se ha encendido sobre Romanos 7 es fruto del perfeccionismo de Wesley y sus seguidores. Que los hermanos, quienes debemos respetar, hayan adoptado este error en forma moderada, solamente nos manifiesta que el espíritu del laodiceanismo se ha difundido mucho en la actualidad. Para hablar de "salir de Romanos 7 para entrar al 8" es una necedad inexcusable. Los dos capítulos le corresponden y se relacionan, con la misma fuerza sin disminución y relevancia, a todo creyente que está sobre la tierra hoy. La segunda mitad de Romanos 7 describe el conflicto de las dos naturalezas del hijo de Dios: sencillamente expone en detalle lo mismo que se resume en Gálatas 5:17. Romanos capítulo 7 versículos 14, 15, 18, 19, 21 son veraces ahora para cada creyente que esté sobre la tierra. A cada cristiano le falta mucho para alcanzar el estándar que se le pone delante - decimos el estándar de Dios y no el de los maestros que enseñan la supuesta "vida victoriosa". Si un lector cristiano dice que Romanos 7:19 no describe su vida, diremos muy amablemente que lamentablemente está engañado. No indicamos que cada cristiano rompe las leyes de los hombres, ni que es un transgresor abierto de las leyes de Dios, pero lo que indicamos es que su vida está muy, muy inferior al nivel de vida que vivió nuestro Salvador aquí en la tierra. Indicamos también que todavía se evidencia mucho de "la carne" en cada cristiano - y ni siquiera menos en los que se jactan ruidosamente de sus logros espirituales. Afirmamos que cada cristiano tiene la necesidad urgente de orar diariamente por el perdón de sus pecados diarios (Lucas 11:4), porque "todos tropezamos de muchas maneras" (Santiago 3:2 Biblia de las Américas).

En lo que sigue nos limitaremos a los últimos dos versículos de Romanos 7, donde leemos, "¡Miserable de mí! ¿quién me librará de este cuerpo de muerte? Gracias doy a Dios, por Jesucristo Señor nuestro. Así que, yo mismo con la mente sirvo a la ley de Dios, mas con la carne a la ley del pecado." (Romanos 7:24 y 25) Dicho lenguaje es el de un alma regenerada, y resume el contenido de los versículos que lo preceden inmediatamente. El hombre no regenerado en verdad es miserable pero es un extraño para la "miserabilidad" que se expresa aquí, porque no sabe nada de la experiencia que evoca este clamor. El contexto completo se dedica a la descripción del conflicto entre las dos naturalezas que se encuentran en el hijo de Dios. “Porque según el hombre interior, me deleito en la ley de Dios” (Romanos 7:22), es verdad solamente en los que han nacido de nuevo. Pero el que “se deleita” de esta manera descubre la “otra ley en sus miembros”. Esta referencia no se debe limitar a sus miembros físicos sino que se ha de entender  como incluyendo las varias partes de su personalidad carnal. La “otra ley” también está trabajando en la memoria, la imaginación, la voluntad, el corazón, etc.

 

El apóstol dice que la “otra ley” guerreaba en contra de la ley de su mente (la nueva naturaleza), y no únicamente esto sino que también le llevó “cautivo a la ley del pecado” (versículo 23). No se define hasta qué grado fue llevado “cautivo”. Pero que seguramente fue llevado cautivo como todos los creyentes. El vagar de la mente al leer la Palabra de Dios, los pensamientos malos que salen del corazón al orar, las imágenes horribles que se nos presentan al dormir – ya nos detendremos ahí – son ejemplos de ser llevado “cautivo a la ley del pecado”. “Si el principio depravado de nuestra naturaleza logra suscitar algún mal pensamiento, nos ha llevado cautivos. En ese momento ha vencido y en ese momento somos derrotados y hechos prisioneros". (Robert Haldane).

 

Es el conocimiento de esta guerra dentro de sí y también de ser llevado cautivo al pecado lo que produce esta exclamación en el creyente: “¡Miserable de mí!” Este clamor es producido por una comprensión profunda del pecado que mora dentro de su ser. Es la confesión de él que sepa que en su hombre natural no mora nada bueno. Es la queja afligida que ha descubierto el pozo horrible de iniquidad que existe en su propio corazón. Es el gemido de un hombre divinamente iluminado quien ahora se odia a sí mismo –  a su ser natural – y anhela ser rescatado.

 

Este gemido, “Miserable de mí”, expresa la experiencia normal del cristiano, y el cristiano que no gime en esta forma está en una condición anormal y enferma. El que no susurra este clamor diariamente está tan fuera de tener comunión con Cristo, o es tan ignorante de la enseñanza de la Escritura, o está tan engañado acerca de su propia condición que no conoce las corrupciones de su corazón y el fracaso completo de su propia vida.

 

El que se arrodilla ante la enseñanza solemne y escudriñadora de la Palabra de Dios, el que aprende en ella la ruina terrible que el pecado ha obrado en la constitución humana, el que ve el estándar exaltado de la santidad de Dios que Dios nos ha propuesto, tiene que descubrir que impío tan vil es. Si se le ha dado el discernir lo mucho que le falta para alcanzar el estándar de Dios, si a la luz del santuario divino descubre lo poco que se parece al Cristo de Dios, luego encontrará que este es el lenguaje más adecuado para expresar su tristeza que es según Dios. Si Dios le manifiesta la frialdad de su amor, el orgullo de su corazón, la vagueación[2] de su mente, la maldad que ensucia aun sus acciones más piadosas, clamará, “Miserable de mí”. Si está consciente de su ingratitud, y de cuan poco valora las misericordias diarias de Dios, si ve la ausencia de aquel fervor profundo y genuino que  deber caracterizar su alabanza y adoración de Aquel quien es “magnífico en santidad”; si reconoce el espíritu pecaminoso de rebelión que tan frecuentemente hace que murmure o por lo menos se irrite por las dispensaciones de Dios dispensa en su vida diaria; si trata de sumar no solamente los pecados de comisión sino también los de omisión que incurre diariamente, seguramente clamará, “Miserable de mí”.

 

Ahora no es solamente el cristiano “rebelde” que se condena y lamenta así, sino también el que verdaderamente tiene comunión con Cristo emitirá este clamor cada día y cada hora. Y lo más que se acerca a Cristo, descubrirá más de las corrupciones de su naturaleza antigua, y más diligentemente anhelará ser rescatado de ella. El polvo y la suciedad que tiene un cuarto no se manifiesta hasta que el cuarto se llene de la luz del sol. De igual modo, solamente cuando venimos verdaderamente a la presencia de Él que es luz, nos enteraremos  de la suciedad y maldad que mora dentro de nosotros, las cuales ensucian cada parte de nuestro ser. Tal descubrimiento haría que todos clamáramos, “¡Miserable de mí!”

 

Pero alguien inquirirá, “¿No es cierto que la comunión con Cristo produce regocijo en vez de lamento?” Contestamos que produce las dos cosas, como fue en el caso de Pablo. En versículo 22 de nuestro capítulo dice, “me deleito en la ley de Dios”, pero clama solamente dos versículos después, “¡Miserable de mí!” Este no es el único pasaje sino que también en 2ª de Corintios 6 el mismo apóstol dice, “como entristecidos, mas siempre gozosos” (versículo 10). Entristecido por causa de sus fracasos, y por causa de sus pecados diarios. Gozosos por causa de la gracia que todavía le sostenía, y por causa de la provisión bendita que Dios hizo por todos los pecados de sus santos. También en Romanos 8:1 después de declarar, “Ahora, pues, ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús” y después de decir, “El Espíritu mismo da testimonio a nuestro espíritu, de que somos hijos de Dios. Y si hijos, también herederos; herederos de Dios y coherederos con Cristo” (versículos 16 y 17), el apóstol agrega, “sino que también nosotros mismos, que tenemos las primicias del Espíritu, nosotros también gemimos dentro de nosotros mismos, esperando la adopción, la redención de nuestro cuerpo” (versículo 23). La enseñanza del apóstol Pedro es similar, “En lo cual os alegráis, aunque ahora por un poco de tiempo, si es necesario, tengáis que ser afligidos en diversas pruebas” (1 Pedro 1:6) La tristeza y el gemido no se ausentan de la espiritualidad más alta.

 

En estos días de la complacencia y el orgullo laodicenses se habla y se jacta mucho acerca de la comunión con Cristo, pero vemos muy pocas manifestaciones de ella. Quien no siente su completa falta de mérito, quien no lamenta la depravación total de nuestra naturaleza, quien no se entristece por nuestra falta de conformidad a Cristo, quien no gime por ser llevado cautivo al pecado; para ser breve, quien no clama, “¡Miserable de mí!” mucho ha de temer que no tenga nada de comunión con Cristo.

 

Cuando Abraham caminó con el Señor clamó, “He aquí ahora que he comenzado a hablar a mi Señor, aunque soy polvo y ceniza.” (Génesis 18:27) Cuando Job llegó a estar cara a cara con Dios, dijo: “He aquí que yo soy vil” (Job 40:4), y luego, “me aborrezco” (Job 42:6). Cuando Isaías entró a la presencia divina clamó: “¡Ay de mí! Que soy muerto; porque siendo hombre inmundo de labios” (Isaías 6:5). Cuando Daniel tuvo aquella visión de Cristo (Daniel 10:5 y 6) afirmó, “no quedó fuerza en mí, antes mi fuerza se cambió en desfallecimiento” (versículo 8). Y en una de las últimas epístolas escrita por el apóstol amado a los gentiles leemos, “Palabra fiel y digna de ser recibida por todos: que Cristo Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores, de los cuales yo soy el primero.” (I Timoteo 1:15) Estas palabras no proceden de hombres no regenerados sino que salieron de los labios de los santos de Dios. Tampoco eran confesiones de creyentes rebeldes, sino que se vociferaron por los más eminentes del pueblo del Señor. Pero hoy, ¿Dónde encontraremos uno que se pueda colocar al lado de Abraham, Job, Isaías, Daniel y Pablo? En verdad ¿¡donde!? Pero ¡Ellos eran los hombres que estaban conscientes de su vileza e indignidad!

 

“¡Miserable de mí!” Este es el lenguaje del alma regenerada. Es la confesión del cristiano normal (desengañado y desilusionado). La sustancia de dicho lenguaje no se halla solamente en las palabras gravadas de los cristianos del nuevo y antiguo testamento, sino también se halla también en los escritos de los cristianos más eminentes que han vivido dentro de los últimos quinientos años. En verdad ¡Que diferentes eran las confesiones y los testimonios producidos por los cristianos pasados que las jactancias ignorantes y arrogantes de los laodicenses modernos! Es refrescante cambiar de leer las biografías del día presente para leer las que se escribieron hace mucho.

 

Medite en los siguientes extractos:

 

El señor Bradford, merecido de recuerdo, fue martirizado  durante el reino de la reina María la sangrienta, en una carta dirigida hacia un co-prisionero en otra cárcel se describió de tal manera: “El pecaminoso John Bradford: un hipócrita bien pintado: el más miserable, duro de corazón,  e ingrato pecador, John Bradford.” (1555 AD)

 

El piadoso Rutherford escribió, “Este cuerpo de pecado y corrupción amarga y envenena nuestro regocijo. O que estuviera donde nunca pecaría mas.” (1650 AD) El Obispo Berkeley escribió, “No puedo orar sin pecar; no puedo predicar sin pecar; no puedo administrar ni recibir el sacramento santo sin pecar. Necesito arrepentirme aun de mi arrepentimiento: y las lagrimas que derramo necesitan lavarse en la sangre de Cristo.” (1670 AD)

 

Aquel hombre excepcional David Brainerd (el primer misionero a los indígenas cuya devoción a Cristo fue testificada por todos los que lo conocieron), murió en la casa de Jonathan Edwards, quien le fue un amigo muy querido, y dice en “Las memorias del Sr. Brainerd,” “La humillación evangélica  asistía mucho  a sus iluminaciones religiosas, afectos y consuelos; la cual consistía en el sentido de su insuficiencia, vileza, y deshonra completa; le acompañaban la disposición y el estado de corazón correspondientes. Casi continuamente le afectaban sus grandes defectos en religión, y la gran distancia que le separaba de la espiritualidad y el estado de ánimo que corresponden a un hijo de Dios, ¡también por su ignorancia, orgullo, frialdad, e infructuosidad!  No solamente le afectaba el recuerdo de su pecaminosidad anterior, antes de su conversión, sino también por el sentido de su vileza y polución presentes. No solamente pensaba que los otros santos eran mejor que él, sino que  se consideraba el peor y el menor de todos los santos y frecuentemente como el peor y más vil de toda la humanidad.”

 

Aun Jonathan Edwards, pocos han sido honrados más que él por Dios, sea en sus logros espirituales o en la medida que Dios los ha usado para bendecir a otros, llegando al fin de su vida escribió así: “Cuando reviso mi propio corazón y veo su maldad, parece un abismo infinitamente más profundo que el infierno. Y me parece que si no fuera por la libre gracia de Dios, que se exalta y se levanta hasta la altura, plenitud, y gloria infinita del gran Jehová, estaría hundido en mis pecados debajo del infierno mismo; mucho inferior al nivel de cualquier otra cosa, pero es solamente el ojo de la gracia soberana que puede llegar a tales profundidades. Y me afecta al pensar que de cristiano joven era ignorante (tristemente muchos cristianos más ancianos todavía siguen ignorantes de lo mismo) de las profundidades insondables de la maldad, el orgullo, la hipocresía, y del engaño que permanece en mi corazón.” (1743 AD)

Augustus Toplady, el autor de “Roca de la eternidad”, escribió de tal manera en su diario privado bajo la fecha del 31 de diciembre del 1767-“Al repasar el año pasado, deseo confesar que mi infidelidad ha sido grande en extremo, mis pecados todavía más grandes, y las misericordias de Dios más grandes que ambos.” También escribió, “Mis defectos y hechos malos, mi incredulidad y  falta de amor, me hundirían al infierno más profundo si Jesús no fuera mi justicia y Redentor.”

 

Escuche las palabras de aquella mujer piadosa, la esposa del misionero eminente Adoniram Judson: “¡Oh! ¡como me regocijo de salir de la bañera de hidromasaje! ¡Es demasiado placentero, para una esposa de misionero! Pero quizás este placer es mi pecado más leve. Es la frialdad de mi corazón, el desinterés, la falta de fe, la ineficiencia y pereza espiritual, todo suscitados por amor a mí mismo, la pecaminosidad diaria, inherente y mimada de mi naturaleza, que me hace solamente una bebé en la causa de Cristo – no es por las atracciones del mundo.”

 

John Newton el compositor de aquel himno bendito, “sublime gracia del Señor que a un infeliz salvó; fui ciego mas hoy veo yo, perdido y me halló”; para referirse a las expectativas que conservaba amorosamente al iniciar su vida cristiana, escribió: “¡Ay! Esas expectativas de oro han sido como sueños de los mares del sur. Desde entonces he vivido como un pobre pecador, y creo que así moriré. Entonces ¿No habré ganado nada? ¡Sí! He ganado lo que no quería en el pasado. Espero que por la bendición del Señor, las pruebas acumuladas del engaño y la grave maldad de mi corazón, me hayan enseñado en alguna medida, saber que significo al decir, He aquí soy vil…me avergonzaba de mí mismo cuando comencé a buscarlo, pero ahora me avergüenzo mas.”

 

James Ingliss (Editor de “Marcadores del camino en el desierto”) al fin de su vida escribió al Sr. J.H. Brookes, “Me he sido llevado a ver el fin a nueva luz, mi vida parece componerse de oportunidades desperdiciadas, y tan falta de resultados que a veces es muy doloroso; pero llega la gracia para afrontar todo, y El también será glorificado en mi humillación.” (1872) Y respondió el Sr. Brookes, “¡Así es, nada como las jactancias de los que se glorían en sus logros imaginados!”

 

Una citación más: ahora citamos de un sermón por C.H. Spurgeon. El príncipe de los predicadores  dijo, “Hay algunos cristianos profesantes que pueden hablar de sí mismos en términos de admiración, pero de lo mas interno de mi corazón, aborrezco tales oratorias mas y mas con cada día que vivo. Los que hablan de una manera tan jactanciosa han de ser muy diferentes que yo. Mientras ellos se felicitan, yo tengo que postrarme humildemente al pie de la cruz de Cristo y me maravillo que siquiera soy salvo, porque sé que soy salvo. Me tengo que asombrar que no crea más en Cristo, y de igual modo que tenga el privilegio siquiera de creer en Él - me asombro que no lo ame mas y de igual modo que lo ame siquiera - me asombro que no sea más santo y de igual modo que tenga siquiera el deseo de ser santo al considerar que naturaleza tan corrupta, degradada, y depravada encuentro dentro de mi alma, a pesar de todo lo que la gracia divina ha hecho en mí. Si Dios permitiera que las fuentes del gran abismo  de la depravación se rompieran en el mejor hombre viviente, tal se haría un diablo tan malo como el mismo diablo. No me importa lo que estos hombres jactanciosos digan referente a sus propias perfecciones, porque estoy seguro que no se conocen o no podrían hablar como hablan. Hay suficiente yesca[3] en el santo mas acercado al cielo para encender otro infierno si Dios solo permitiera que una chispa se le cayera encima. En el mejor de los hombres existe una casi infinita profundidad de depravación. Parece que algunos cristianos nunca se enteran de ella. Casi deseara que no se enteraran de ella porque es un descubrimiento doloroso para cualquier persona, pero realiza el efecto benéfico de hacer que cesemos de confiar en nosotros mismos, y causa que nos gloriemos solamente en el Señor.”

 

Otros testimonios de la boca y pluma de hombres tan piadosos y eminentes se podrían proporcionar, pero ya citamos suficientes para manifestar el motivo que tienen todos los santos de todas las edades para apropiarse de estas palabras, “¡Miserable de mí!”. Ahora le doy unas pocas palabras acerca del último versículo de Romanos 7. “¿Quién me librará de este cuerpo de muerte?” “¿Quien me librará?” Esto no es lenguaje desesperado sino el de un deseo ferviente  de obtener ayuda externa y superior a él mismo. El apóstol anhelaba rescatarse de lo que se llama “el cuerpo de muerte” que tiene “miembros” (Romanos 7:23). Así que nosotros creemos que el significado de lo que dice el apóstol es: ¿¡Quien me librará de esta carga fatal y nociva – mi ser pecaminoso!?

 

En el versículo siguiente el apóstol contesta su propia pregunta, “Gracias doy a Dios, por Jesucristo Señor nuestro.” Debe ser obvio para la mente imparcial  que esta declaración mira hacia el futuro. El se preguntó, “¿Quién me librará?” Y se contesta que Jesucristo lo hará. Esto expone el error de los que enseñan una “liberación” presente  de la naturaleza carnal por el poder del Espíritu Santo. En su respuesta el apóstol no dice nada acerca del Espíritu Santo sino solamente menciona a “Jesucristo Señor nuestro”. No es la presente obra interna del Espíritu que librará  a los cristianos de “este cuerpo de muerte”, sino la venida futura del Señor Jesucristo por nosotros. Es entonces que este mortal se vestirá de inmortalidad y este corruptible se vestirá de incorrupción.

 

Pero como para quitar toda duda que esta “liberación” sea futura, el apóstol concluye al decir, “Así que, yo mismo con la mente sirvo a la ley de Dios, mas con la carne a la ley del pecado.” Que cada lector note cuidadosamente que dichas palabras vienen después de haber agradecido a Dios que él sería “rescatado”. La última parte de versículo 25 resume lo que dice la segunda parte de Romanos 7. Describe la vida doble del cristiano. La nueva naturaleza sirve a la ley de Dios, y la vieja naturaleza, hasta el fin de la historia, servirá a “la ley del pecado”. Que así haya sido con Pablo mismo está claro por las palabras que escribió al fin de su vida, cuando se denominó “el primero” de los pecadores (1 Timoteo 1:15). Esto no es una exageración de fervor evangélico, y menos la modestia fingida de hipocresía. Es la convicción segura, la experiencia comprendida, el conocimiento asentado de una persona que veía profundamente a las profundidades de corrupción que estaban dentro de él mismo, y de quien sabía que le faltaba mucho para alcanzar el estándar de santidad que Dios le había puesto por delante. Así también será el conocimiento y la confesión de todos los cristianos que no están cegados por engaño. Y el resultado de dicho conocimiento será que anhele mas ardientemente por la liberación que se realizará en la venida de nuestro Salvador y Señor, en que Él “transformará el cuerpo de la humillación nuestra, para que sea semejante al cuerpo de la gloria suya, por el poder con el cual puede también sujetar a sí mismo todas las cosas.” (Filipenses 3:20) y después de haberlo hecho, nos presentará “sin mancha delante de su gloria con gran alegría” (Judas 24), y le agradecerá a Dios mas fervientemente por dicha liberación. ¡Aleluya! ¡Qué Salvador!

 

Es notable que la palabra griega que aquí se traduce “miserable”, solamente se encuentra una vez más en el Nuevo Testamento, en Apocalipsis 3:17 donde Cristo les dice a los cristianos de Laodicea, “y no sabes que tu eres un desventurado”. Ellos se jactaban que no necesitaban nada, estaban tan llenos de orgullo, tan satisfechos por sus logros que no sabían que eran desventurados. ¿No es lo que vemos en todo lugar hoy? ¿No es evidente que vivamos en el periodo laodicense de la historia de la cristiandad? Muchos estaban conscientes de la “necesidad” pero ahora se imaginan que han recibido “la segunda bendición”, o “el bautismo del Espíritu”, o que han entrado en “victoria”, y creyendo de tal modo ahora se imaginan ingenuamente que ya se cumplió su “necesidad”. La prueba de esto es que son los mismos que “no saben” que son “desventurados”. Presumiéndole con superioridad espiritual dirán que ya “salieron de Romanos 7 para entrar en Romanos 8.” Con una complacencia  lastimosa dirán que Romanos 7 ya no representa su experiencia, y con una satisfacción confiada mirarán con lastima al cristiano que clama “Miserable de mí”, y como el fariseo en el templo darán gracias a Dios que son diferentes. ¡Pobres almas ciegas! Es a los tales que el Hijo de  Dios dice aquí, “y no sabes que ERES DESVENTURADO”. Les decimos almas “ciegas”  porque a estos laodicenses Cristo dice, “unge tus ojos con colirio, para que veas”. (Apocalipsis 3:18) Se debe observar que en la segunda mitad de Romanos 7 el apóstol habla en forma singular. Esto es sorprendente y de bendición. El Espíritu Santo quiere indicarnos que los logros superiores en la gracia no le eximen al cristiano de la experiencia dolorosa que se describe aquí. El apóstol retrata con pluma de maestro – colocándose a el mismo en el retrato – las luchas espirituales del hijo de Dios, e ilustra, por medio de referirse a su propia experiencia, el conflicto interminable que se desprende entre las naturalezas antagonistas en el que ha nacido de nuevo.

 

Que Dios en su misericordia nos rescate del espíritu de orgullo que ahora ensucia el aire de la cristiandad moderna, y que nos otorgue ver humilladamente nuestra  suciedad para que nos juntemos con el apóstol y clamemos con un fervor cada vez más profundo, “¡Miserable de mí!” Que Dios conceda al autor y lector tal comprensión de su propia depravación e indignidad para que nos postremos en el polvo delante de Él, y que le alabemos ahí por su gracia maravillosa para con pecadores tan merecedores del infierno.

- A. W. Pink



[1] Emancipar - Liberarse de cualquier clase de subordinación o dependencia.  http://buscon.rae.es/draeI/SrvltConsulta?TIPO_BUS=3&LEMA=emancipar

[2] Acción de vagar  

http://buscon.rae.es/draeI/SrvltConsulta?TIPO_BUS=3&LEMA=vagamiento

[3] Materia muy seca, comúnmente de trapo quemado, cardo u hongos secos, y preparada de suerte que cualquier chispa prenda en ella.

http://buscon.rae.es/draeI/SrvltConsulta?TIPO_BUS=3&LEMA=yesca


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