Señales
de los tiempos
Estudios en
la Escritura
Diciembre
1937
Ahora aseguramos al lector espiritual que no vamos a desperdiciar su tiempo,
ni nuestro espacio por considerar lo que Hitler, Mussolini y otros han hecho
últimamente, “el tiesto con los tiestos de la tierra”(Isaías 45:9). El hijo de
Dios no tiene nada que ver con las actividades de ellos. Vamos a escribir de
algo mucho más solemne de lo que está ocurriendo actualmente en la esfera
política, más que nada, el carácter engañador del corazón de la mayoría del
"Evangelismo" de esta generación degenerada y apóstata.
Generalmente
se reconoce que en el cristianismo de hoy la espiritualidad está en su punto más
bajo. Y no son pocos los que han discernido que la sana doctrina rápidamente se
está desapareciendo, pero muchos del pueblo del Señor toman consuelo al suponer
que el Evangelio todavía se está predicando en muchos lugares y que muchos se
están salvando. Pero su suposición optimista no está bien basada en verdad está
construida sobre la arena. Si el “mensaje” que ahora se predica en las misiones
se examina, si "los folletos" que se entregan entre la masa que no va a la
iglesia se inspeccionan, si los que predican “al aire libre” son escuchados con
cuidado, si “los sermones” o “mensajes” de “una campaña evangelística” se
analizan; o sea, si el “Evangelismo” moderno se pesa en las balanzas de la
Escritura Santa, se verá que falta - falta lo vital para una conversión genuina,
falta lo esencial si queremos enseñarles a los pecadores su necesidad de un
Salvador, falta lo que produce las vidas cambiadas de una nueva criatura en
Cristo Jesús.
No queremos criticar, ni buscamos hacer que un hombre sea ofensor por una
sola palabra. No es que busquemos la perfección, y nos quejamos por no
encontrarla. Tampoco criticamos a otros porque no están haciendo las cosas que
creemos se deben hacer. No; no, es un asunto mucho más grave que esto. El
“evangelismo” de hoy no es solamente superficial al más extremo, sino que es
radicalmente defectuoso. Tiene una falta completa
de fundación en que basar una exhortación que los pecadores vengan a
Cristo. No solamente hay una falta lamentable de proporción (dando mucho más
prominencia a la misericordia de Dios que Su santidad, y a Su amor más que Su
ira), sino que hay una omisión fatal de lo que Dios ha transmitido con el
propósito de impartir un conocimiento de pecado. No es que solamente presentan
reprensiblemente “un cantar brillante”, dichos graciosos, y anécdotas
entretenedoras, pero hay una omisión estudiada del trasfondo oscuro sobre el
cual solamente Dios puede brillar eficazmente.
Pero aunque la acusación presente es muy grave, es solamente la mitad -
el lado negativo - de lo que falta. Peor todavía es lo que están vendiendo los
evangelistas baratos de hoy. El contenido positivo de su mensaje es solamente
arrojar polvo en los ojos del pecador. El opiato del diablo duerme a su alma,
administrado de una forma bien desprevenida. Los que en verdad reciben “el
mansaje” que ahora se transmite de la mayoría de los púlpitos y plataformas
ortodoxas se engañan fatalmente, es un camino que parece derecho al hombre pero
sus fines son los fines de la muerte. Miles de los que se imaginan confiadamente
estar rumbo al cielo recibirán una disolución terrible al despertar en el
infierno.
¿Qué es el
evangelio? ¿Será un mensaje de buenas noticias del cielo para hacer sentir a
gusto a los rebeldes que desafían a Dios? ¿Se debe entregar a los jóvenes que
son locos por el placer, asegurándoles que si solamente "creen" no habrá nada
que temer en el futuro? Así, en verdad pensará uno por la forma en que se
presenta el Evangelio- o sea, se pervierte - por la mayoría de los
“evangelistas”, y más si miramos a las vidas de sus “convertidos”. Seguramente
los que tienen, aunque sea un poco de discernimiento espiritual, han de percibir
que el asegurar a los tales que Dios los ama y que Su Hijo murió por ellos, y
que el perdón completo de sus pecados (pasados, presentes, y futuros) se puede
obtener simplemente por “aceptar a Cristo como su Salvador personal,” es arrojar
perlas delante de los cerdos.
El evangelio no es independiente de la revelación previa de la Ley de
Dios. No es un anuncio que Dios ha relajado a su justicia o que ha bajado el
estándar de su santidad. Es muy lejos de tal, cuando se expone el Evangelio
según las Escrituras, se presenta la demostración más clara, y la prueba más
positiva de la inevitabilidad de la justicia de Dios y de su aborrecimiento
infinito del pecado. Pero para exponer el evangelio
no son competentes
los jovencitos y los comerciantes quienes dedican su tiempo libre al
“esfuerzo evangelístico”. Tristemente la soberbia de la carne permite que
tantos incompetentes se apresuran a andar donde los más sabios temen pisar. Es
esta multiplicación de novatos lo que en su mayoría es responsable por la
situación lamentable que ahora nos afrenta, y el hecho de que las “iglesias” y
las “asambleas” se llenan de sus “convertidos”, y nos explica porque son tan
carnales y mundanas.
No, mi
lector, el Evangelio es muy, muy lejos de hacer una cosa ligera del pecado. Nos
manifiesta la terrible espada de la justicia de Dios hiriendo a su Amado Hijo
para que se haga la expiación por las transgresiones de su pueblo. Muy lejos de
hacer a un lado la ley, el Evangelio presenta al Salvador que soporta la
maldición de la ley. El Calvario suplió la demuestra más solemne y asombrosa que
la eternidad dará, de cuanto aborrece Dios al pecado. Y ¿te imaginas que el
Evangelio se magnifica y que Dios se glorifica por acercarnos a los mundanos y
decirles que “se pueden salvar en este mismo instante, si solamente aceptan a
Cristo como su Salvador personal”, mientras todavía están ligados a sus ídolos y
sus corazones todavía están enamorados del pecado? Si hago tal cosa, yo les
estoy echando mentiras, estoy pervirtiendo el Evangelio, insultando a Cristo, y
convierto a la gracia de Dios en lascivia.
Sin duda
algunos de los lectores están listos para decir que nuestras afirmaciones son
“duras” y “sarcásticas”, y dicen, cuando se preguntó “Que haré para ser salvo”
¿no dijo un Apóstol inspirado “Cree en el Señor Jesucristo y serás salvo”?
¿Podríamos entonces equivocarnos hoy si decimos lo mismo a los pecadores? ¿No
tenemos aprobación divina para hacerlo? Es verdad que estas palabras se
encuentran en los Escritos Santos, y por eso muchas personas superficiales sin
capacitación concluyen que se justifican en repetírselas a todos, y a toda hora.
Pero déjenme indicarle que Hechos 16:31 no se dirigió hacia una multitud
indiferente, sino hacia un individuo particular, lo cual nos enseña que no es un mensaje que
debe sonarse sin discreción, sino que es una palabra especial para todos los que
corresponden a quien primero se le dijo.
Los
versículos de la Escritura no se deben arrancar de su lugar, sino que deben
pesarse, interpretarse, y aplicarse de
acuerdo a su contexto. Para lograr esto se necesitan consideraciones bañadas
en oración, meditación cuidadosa, y estudio prolongado. Es por falta de esto a
que se atribuye los “mensajes” descuidados y baratos de nuestra época
apresurada. Mira al contexto de Hechos 16:31, y ¿Qué encontramos? ¿Qué fue la
ocasión, y a quien se le dijo “Cree en el Señor Jesucristo”? Se puede
proporcionar una respuesta en siete partes, la cual se nos presta una marcación
completa y asombrosa del carácter a quien se nos permite remitir esta palabra
verdaderamente evangélica. Mientras nombramos brevemente estos siete detalles,
que el lector los medite solícitamente.
Primero el
hombre a quien se le hablaron estas palabras acababa de ver
el poder de Dios que había obrado un milagro. “Entonces sobrevino de
repente un gran terremoto, de tal manera que los cimientos de la cárcel se
sacudían; y al instante se abrieron todas las puertas, y las cadenas de todos se
soltaron” (Hechos 16:26). Segundo, por lo tanto el hombre se conmovió
profundamente hasta el punto de desesperarse: “Despertando el carcelero, y
viendo abiertas las puertas de la cárcel, sacó la espada y se iba a matar,
pensando que los presos habían huido” (Hechos 16:27). Tercero, el sintió
la necesidad de iluminación: “luego
pidió luz” (v. 29). Cuarto, se despedazó su auto-complacencia, porque el vino
temblando (v. 29). Quinto, El tomó la posición apropiada (delante de Dios) – en
el polvo, porque cayó delante de Pablo
y Silas (v. 29). Sexto, el manifestó respeto y
consideración por los siervos de Dios en sacarlos de la cárcel (v.
30). Séptimo, después, por una preocupación profunda por su alma, el preguntó
“¿qué haré para ser salvo?”
Entonces aquí hay algo concreto para guiarnos – si es que
queremos ser guiados. No fue una persona caprichuda, descuidada, indiferente a
quien se le exhortó a “simplemente” creer; sino que era una persona que había
dado evidencia clara que una obra poderosa de Dios ya se había hecho en el. El
fue un alma despertada (v. 27). En este caso no hubo necesidad de enseñarle su
condición perdida, porque obviamente la sentía; tampoco tenían que enseñarle el
deber de arrepentimiento, porque su disposición entera mostraba contrición. Pero
para aplicar las palabras que se le hablaron a él, a los que están completamente
ciegos a su condición depravada, y están completamente muertos para con Dios,
sería más necio que ponerle una botella de sales aromáticas a la nariz de uno
que le acaban de sacar inconsciente del agua. Que el que critique este artículo
lea todo el libro de Hechos, para ver si puede encontrar que una vez los
Apóstoles al dirigirse hacia una audiencia indiferente o hacia una compañía de
paganos idólatras dijeron que “simplemente” creyeran en Cristo.
Tal como el
mundo no estaba listo para el Nuevo Testamento hasta que había recibido el
Antiguo, así los judíos no estaban preparados para el ministerio de Cristo hasta
que Juan el Bautista había ido delante de Él llamando que se arrepintieran,
igual para el día de hoy, los perdidos no están condicionados para el Evangelio
hasta que la Ley se aplique a su corazón, porque “por medio de la ley es el
conocimiento del pecado” (Romanos 3:20). ¡Es un desperdicio de tiempo sembrar la
semilla en tierra donde nunca se ha metido el arado! Presentar el sacrificio
vicario de Cristo a los que cuya pasión dominante es llenarse de pecado, es dar
lo santo a los perros. Lo que el inconverso necesita escuchar es el caracter de
El con quien tienen que ver, lo que El requiere de ellos, sus demandas justas, y
la enormidad infinita de ignorarlo y darse la vuelta por su propio camino.
El
“evangelista” de la actualidad representa bien mal la naturaleza de la salvación
de Cristo. El anuncia a un Salvador del infierno en vez de anunciar a un
Salvador de pecado. Es por eso que tantos se engañan de una manera fatal, porque
hay multitudes que desean escaparse del lago de fuego que no desean liberarse de
su propia carnalidad y mundanalidad. La primera cosa que se dice de Él en el
Nuevo Testamento es, “llamarás su nombre JESÚS, porque él salvará a su pueblo
(no dice “de la ira venidera,” sino) de sus pecados” (Mateo 1:21). Cristo es
Salvador para los que han percatado algo de que el pecado es sobremanera
pecaminoso, quienes sienten la carga horrible de ello en su conciencia, quienes
por lo tanto se aborrecen a sí mismos y desean liberarse de su dominio terrible;
no es Salvador de ningún otro. Si Él fuera a “salvar del infierno” a los que
todavía están enamorados del pecado, El sería el Ministro del pecado,
recomendando su maldad y poniéndose de su lado en contra de Dios. ¡Qué cosa tan
indeciblemente horrible y blasfema con que acusar al Santo!
Si acaso el
lector exclamara, yo no estaba consciente de la fealdad del pecado ni me había
doblado el sentido de mi culpa cuando Cristo me salvó, entonces nosotros sin
demora respondemos, o no te has salvado, o no te salvaste tan pronto como
supusiste. Es verdad que mientras el cristiano va creciendo en gracia tiene una
idea más clara de lo que el pecado es – rebelión en contra de Dios – y lo
aborrece más profundamente y se entristece por él. Pero para pensar que uno
puede salvarse por Cristo cuya conciencia nunca se ha herido por el Espíritu y
cuyo corazón no se ha hecho contrito delante de Dios, es imaginar algo que no
tiene nada de existencia en la esfera de la realidad. “Los sanos no tienen
necesidad de médico, sino los enfermos.” (Mateo 9:12): los únicos que
verdaderamente buscan alivio del Gran Médico son los que están enfermos del
pecado - los que anhelan rescatarse de las obras que deshonran a Dios y de las
poluciones que pudren al alma.
Tal como la
salvación de Cristo es una salvación de pecado - del amor al pecado, de su
dominio, de su culpa y pena - necesariamente tiene que entenderse que la primera
tarea y la principal del evangelista es predicar sobre el PECADO: definirlo
(distinto de un crimen), enseñar en qué consiste su enormidad infinita; trazar
sus obras multiformes en el corazón para indicar que lo que merece es el castigo
eterno. Ah, el predicar sobre el pecado no es solamente susurrar una pocas
frases sobre ello, sino dedicar sermón tras sermón para explicarlo a la luz de
Dios. Esto no lo populariza ni atrae multitudes ¿verdad? Así es, los que aman a
la alabanza de los hombres más que la aprobación de Dios, y los que valoran más
su sueldo que las almas inmortales, nunca predicarán tal mensaje. Dirá usted:
“¡Tal predicación correrá a la gente!” Respondemos: es mejor correr a la gente
por predicar fielmente que correr al Espíritu Santo por dar lugar a la carne.
Los términos
de la salvación de Cristo se declaran erróneamente por el evangelista actual.
Con pocas excepciones dicen a los oyentes que la salvación es por gracia y que
se recibe como un don gratuito. Que Cristo ya hizo todo por el pecador, y lo
único que le queda es creer-confiar en los méritos infinitos de su sangre. Esta
percepción prevalece tanto entre los “ortodoxos” porque muy frecuentemente se
les ha dicho esto al oído. Tanto que se ha arraigado profundamente en sus
mentes, y ahora si uno lo reta y lo denuncia por ser tan inadecuado y contrario
a la verdad como para ser engañoso y erróneo, entonces instantáneamente le
nombran hereje, y le culpan por deshonrar la obra culminada de Cristo, y por
enseñar la salvación por obras. Sin embargo, el escritor está preparado para
arriesgarse.
La salvación
es por gracia, solo por gracia, no es posible que una criatura haga algo para
merecer la aprobación de Dios, o para ganar su favor. Pero la gracia divina no
se ejerce a costo de la santidad, porque nunca hace compromiso con el pecado.
También es verdad que la salvación verdadera es un regalo gratuito, pero ¡es la
mano vacía que la recibe y no la mano que se aferra al mundo! Mas,
no es verdad que “Cristo ya hizo todo
para el pecador.” El no llenó al vientre del pecador con las algarrobas de los
puercos que no satisfacen. El no le volteó al pecador para dar la espalda a la
tierra lejana, no ha ido al Padre, y no ha reconocido sus pecados – estos son
actos que el pecador ha de llevar a cabo. Verdad es que él no se salva
por hacer estas cosas, pero de igual
manera es verdad que no será salvo sin
la operación de las tales – ¡tal como el hijo pródigo no podía recibir el beso
de su padre mientras permanecía distanciado por la culpa!
Algo más que
“creer” se necesita para la salvación. Un corazón endurecido en rebeldía en
contra de Dios no puede creer para la salvación: primero el corazón tiene que
quebrantarse. Se ha escrito: “si
no os arrepentís, todos pereceréis igualmente” (Lucas 13:3). El arrepentimiento
es tan esencial como la fe, y sin arrepentimiento no existe la fe: “no os
arrepentisteis después para creerle” (Mateo 21:32). Cristo establece claramente
el orden: “arrepentíos, y creed en el evangelio” (Marcos 1:15). El
arrepentimiento es lamentar el pecado, es odiar a su propio corazón por causa
del pecado, pero también es una determinación del corazón para abandonar al
pecado. Y donde se encuentra el arrepentimiento verdadero la gracia tiene
libertad para obrar, porque los requisitos de la santidad se conservan donde se
renuncia el pecado. Así que el deber del evangelista es clamar: “Deje el
impío su camino, y el hombre inicuo sus pensamientos, y vuélvase a Jehová, el
cual tendrá de él misericordia” (Isaías 55:7). Su tarea es exhortar a los
oyentes que bajen sus armas de guerra que llevan en contra de Dios, y luego que
pidan misericordia por medio de Cristo.
El camino de
la salvación se define falsamente. En la mayoría de los casos el “evangelista”
moderno asegura a la congregación que lo único que el pecador tiene que hacer
para escaparse del infierno y tener su lugar en el cielo es “recibir a Cristo
como su Salvador personal.” Pero tal enseñanza es un engaño completo. Nadie
puede recibir a Cristo como Salvador si lo rechaza como Señor. Es verdad que el
predicador agrega que el que acepta a Cristo también debe rendirse a El cómo
Señor, pero lo echa a perder cuando acierta que aunque el convertido no lo hace
tiene lugar seguro en el cielo. Esto es una de las mentiras de Satanás.
Solamente un ciego espiritual declararía que Cristo salva a uno que desprecia su
autoridad y que rechaza su yugo. Mi lector, esto no sería gracia sino una
desgracia – sería acusar a Cristo de
aprobar la impiedad.
En su oficio
de Señor, Cristo preserva el honor de Dios, promueve su gobierno, e impone su
ley. Lea estos pasajes: Lucas 1:46, 47; Hechos 5:31; 2 Pedro 1:11, 2:20, 3:2,
3:18. Aquí se ven los dos títulos, y siempre dice “Señor y Salvador,” y nunca
“Salvador y Señor.” Por lo tanto los que no se han inclinado delante del cetro
de Cristo para entronarlo en su corazón y en su vida, y siguen imaginando que
confían en El cómo su Salvador, se engañan, y al menos que Dios les desengañe
descenderán a las llamas eternas llevando una mentira en su mano derecha (Isaías
44:20). Cristo es el “autor de eterna salvación para todos los que le obedecen”
(Hebreos 5:9). La actitud de los que no se sujetan a su señorío es “No
queremos que éste reine sobre nosotros” (Lucas 19:14). Deténgase mi lector, y
pregúntese honestamente: ¿Se ha sujetado a su voluntad? ¿Procura sinceramente
guardar sus mandamientos?
Qué triste es
que “el camino de la salvación” de Dios casi se desconoce completamente hoy. La
naturaleza de la salvación de Cristo casi universalmente está mal entendida, y
los términos de su salvación están mal representados en todo lugar. El
“evangelio” que ahora se anuncia, nueve veces entre diez, es una perversión de
la Verdad, y muchos millares se aseguran que están en el camino hacia el cielo,
cuando en verdad ahora van apresurados hacia el infierno lo más rápido que el
tiempo pueda llevarlos. Es mucho más peor la situación en la cristiandad de lo
que supone aun el “pesimista” y el “alarmista”. No somos profetas, ni nos
permitimos teorizar lo que pronostica la profecía bíblica – hombres más sabios
se han hecho necios por tal acción. Pero somos honestos al decir que no sabemos
lo qué Dios va a hacer en seguida. Las condiciones religiosas eran mucho peor,
aun en Inglaterra hace ciento cincuenta años. Pero lo que tememos es que si no
le agrada a Dios otorgar un avivamiento verdadero, no falta mucho y las
“tinieblas cubrirán la tierra, y oscuridad las naciones” (Isaías 60:2), porque
la luz del evangelio verdadero se está desapareciendo rápidamente. El
“evangelismo” moderno en nuestro juicio constituye la señal más solemne de todas
“las señales de los tiempos.”
¿Qué debe hacer el pueblo de Dios al ver la situación
existente? Efesios 5:11 nos proporciona la respuesta divina: “Y no participéis
en las obras infructuosas de las tinieblas, sino más bien reprendedlas,” y todo
lo que se opone a la luz de la Palabra es “tinieblas.” Es el deber obligatorio
de todo cristiano no participar en la monstruosidad “evangélica” del día; y
suspender todo apoyo moral y financiero de la misma, no asistir a ninguna de sus
reuniones, ni entregar ninguno de sus folletos. Estos predicadores dicen a los
pecadores que se pueden salvar sin abandonar a sus ídolos, sin arrepentirse, sin
rendirse al señorío de Cristo, son tan erróneos y peligrosos como los que
insisten en que la salvación es por obras y que el cielo se gana por nuestros
propios esfuerzos.