El Pulpito de la Capilla New Park Street
La Justificación por Gracia
NO. 126
Sermón predicado la mañana del Domingo 5 de Abril, 1857
por Charles Haddon Spurgeon
En el Music Hall, Surrey Gardens, Londres.
"Siendo justificados gratuitamente por su gracia, mediante la
redención que es en Cristo Jesús." -- Romanos 3:24.
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El monte del consuelo es el monte del
Calvario; la casa de consolación está construida con la madera de la cruz;
el templo de licores celestiales tiene su fundamento sobre la roca hendida,
hendida por la lanza que traspasó Su costado. Ninguna escena de la historia
sagrada alegra jamás el alma como la escena del Calvario.
"¿No es extraño, que la hora más oscura
Que alguna vez amaneció en la tierra pecaminosa
Toque el corazón con un poder más suave
Para consolarlo, que la alegría de un ángel?
¿Que mire mejor a la cruz el ojo que lamenta,
Que al lugar donde las estrellas de Belén brillan?
En ninguna otra parte puede el alma encontrar consuelo jamás, sino en ese
lugar donde la miseria reinó, donde la aflicción triunfó, y donde la agonía
alcanzó su clímax. Allí la gracia ha excavado una fuente que siempre fluye
con aguas puras como el cristal, y cada gota es capaz de aliviar los dolores
y las agonías de la humanidad. Ustedes han tenido sus épocas de dolor, mis
hermanos y hermanas en Cristo Jesús; y ustedes confesarán que no fue en el
Monte de los Olivos donde encontraron consuelo, ni tampoco en el Monte
Sinaí, ni en el Tabor; más bien Getsemaní, Gabata, y el Gólgota han sido los
instrumentos de consuelo para ustedes. Las hierbas amargas de Getsemaní con
frecuencia han quitado las amarguras de sus vidas; el flagelo de Gabata a
menudo ha ahuyentado con el látigo sus preocupaciones, y los gemidos del
Calvario han hecho huir a todos los otros gemidos.
Entonces esta mañana tenemos un tema que confío será el instrumento de
consuelo de los santos de Dios, viendo que surge en la cruz, y a partir de
allí corre en un arroyuelo rico en bendiciones perennes para todos los
creyentes. Observen que tenemos en nuestro texto, primero que nada,
la
redención de Cristo Jesús; en segundo lugar,
la justificación de los
pecadores que fluye de esa redención; y luego, en tercer lugar;
la
manera de dar esta justificación, "gratuitamente por su gracia."
I. Entonces, primero, tenemos LA REDENCIÓN QUE ES EN O POR CRISTO
JESÚS.
La figura de la redención es muy sencilla, y ha sido utilizada con mucha
frecuencia en la Escritura. Cuando un prisionero ha sido capturado y
sometido a esclavitud por algún poder bárbaro, ha sido usual, antes de que
pueda ser liberado, que se pague un precio de rescate. Ahora, nosotros, como
estamos inclinados a la culpabilidad por la caída de Adán, y somos por tanto
virtualmente culpables, fuimos entregados a la venganza de la ley por el
irreprochable juicio de Dios; fuimos entregados en manos de la justicia; las
justicia nos reclamó como sus esclavos para siempre, a menos que pudiéramos
pagar un rescate mediante el cual nuestras almas pudieran ser redimidas.
Ciertamente nosotros éramos pobres como los hijuelos del búho, no teníamos
con qué bendecirnos a nosotros mismos. Éramos, como nuestro himno lo ha
expresado, "deudores en bancarrota;" nuestra casa fue embargada; todo lo que
teníamos fue vendido; nos quedamos desnudos, y pobres y miserables, y por
ningún medio podíamos encontrar una recompensa; y justo en ese momento,
Cristo entró y se hizo nuestro patrocinador, y, en el lugar y posición de
todos los creyentes, pagó el precio del rescate para que nosotros pudiéramos
en esa hora ser liberados de la maldición de la ley y de la venganza de
Dios, y seguir nuestro camino, limpios, libres, y justificados por Su
sangre.
Permítanme mostrarles algunas de las cualidades de la redención que es en
Cristo Jesús. Ustedes recordarán
a la multitud que Él ha redimido; no
solamente yo, ni solamente tú, sino "una gran multitud, la cual nadie podía
contar," que excederá en número a las estrellas del cielo, que no pueden ser
contadas por los mortales.
Cristo ha comprado para Sí a algunos de cada reino, y de cada nación, y
lengua, bajo el cielo; Él ha redimido de entre los hombres a algunos de cada
rango, desde el más elevado hasta el más bajo; a algunos de cada color:
blancos y negros; a algunos de cada posición en la sociedad; a los mejores y
a los peores. Jesucristo se ha entregado a Sí mismo por algunos provenientes
de todas las categorías, para que puedan ser redimidos para Él.
Ahora, en relación a este rescate, tenemos que observar que se
pagó todo,
y todo fue pagado
de una vez. Cuando Cristo redimió a Su pueblo, lo
hizo por completo; no dejó ni una sola deuda sin pagar, ni ningún pequeño
saldo para ser pagado después. Dios demandó de Cristo el pago de los pecados
de todo Su pueblo; Cristo intervino y pagó hasta el último centavo que Su
pueblo debía. El sacrificio del Calvario no fue un pago parcial; no fue una
exoneración parcial, sino que fue un pago completo y perfecto, y obtuvo una
completa y perfecta remisión de todas las deudas de todos los creyentes que
han vivido, que viven o que vivirán hasta el fin de los tiempos.
En ese día que Cristo colgó en la cruz, no dejó ningún saldo que nosotros
tuviéramos que pagar como una satisfacción para Dios; no dejó absolutamente
nada, desde un hilo hasta el cordón de los zapatos, que Él no haya
satisfecho. Todas las demandas de la ley fueron pagadas, en ese momento y en
ese lugar por Jehová Jesús, el gran Sumo Sacerdote de todo Su pueblo. Y
bendito sea Su nombre, lo pagó todo de una vez. El rescate fue tan
invaluable, tan digno de un príncipe, y tan generoso fue el precio demandado
por nuestras almas, que uno pensaría que hubiera sido maravilloso si Cristo
lo hubiera pagado en abonos; parte ahora y parte después.
Los rescates de los reyes a veces han sido pagados en parte con un pago
inicial, y luego en abonos durante un plazo de años. Pero no sucede así con
nuestro Salvador: de una vez por todas Él se dio a Sí mismo como sacrificio;
de inmediato contó el precio, y dijo: "Consumado es," no quedando nada
adicional que Él tuviera que hacer, ni nada que nosotros tuviéramos que
llevar a cabo. Él no abonó un pago parcial, y luego declaró que vendría de
nuevo a morir, o que sufriría de nuevo, o que obedecería de nuevo; sino que
liquidó en el acto, hasta el último centavo, el rescate de todo el pueblo, y
se le dio el recibo del pago total, y Cristo clavó ese recibo en Su cruz, y
dijo: "Consumado es, consumado es; he suprimido el manuscrito de las
ordenanzas, lo he clavado en la cruz. ¿Quién es el que condenará a Mi
pueblo, o le levantará algún cargo? ¡Pues yo deshice como una nube tus
rebeliones, y como niebla tus pecados!"
Y cuando Cristo pagó todo este rescate, observen bien, que
¡Él lo hizo
todo por Sí mismo! Él fue muy especial acerca de eso. Simón, el Cireneo,
pudo haber llevado la cruz; pero Simón, el Cireneo, no podía ser clavado en
ella. Ese círculo sagrado del Calvario estaba reservado exclusivamente para
Cristo. Dos ladrones estaban con Él allí; ni había en ese lugar hombres
justos, para que nadie dijera luego que la muerte de esos dos hombres justos
ayudó al Salvador. Dos ladrones estaban colgados con Él, para que los
hombres pudieran ver que había majestad en Su miseria, y que Él podía
perdonar a los hombres y manifestar Su soberanía, aun cuando se estaba
muriendo. No había hombres justos que sufrieran; ninguno de Sus discípulos
compartió Su muerte. Pedro no fue arrastrado allí para ser decapitado. Juan
no fue clavado a una cruz al lado de Él. Fue dejado solo allí.
Él dice: "He pisado yo solo el lagar, y de los pueblos nadie había conmigo."
El total de la tremenda deuda fue puesto sobre Sus hombros; todo el peso de
los pecados de todo Su pueblo fue colocado sobre Él. Una vez pareció
tambalearse bajo ese peso: "Padre mío, si es posible." Pero luego se puso
firme: "pero no se haga mi voluntad, sino la tuya." Todo el castigo de Su
pueblo fue destilado en una sola copa; ningún mortal podría darle ni
siquiera un sorbo. Cuando Él se llevó la copa a Sus labios, era tan amarga,
que casi la rechazó: "pase de mí esta copa." Pero Su amor por Su pueblo era
tan grande, que tomó la copa con Sus dos manos, y
"De un solo sorbo de amor
Bebió hasta el fondo la condenación,"
por todo Su pueblo. La tomó toda, lo soportó todo, lo sufrió todo; de tal
forma que ahora y por siempre no hay llamas del infierno para ellos, no hay
potros de tormento; no tienen aflicciones eternas; Cristo ha sufrido todo lo
que ellos deberían haber sufrido, y ellos deben salir, y saldrán libres. El
trabajo fue llevado a cabo completamente por Él mismo, sin ayuda de nadie.
Y además observen que
fue aceptado. Verdaderamente fue un rescate
excelente. ¿Qué podría igualarlo? Un alma que "está muy triste, hasta la
muerte;" un cuerpo desgarrado por la tortura; una muerte del tipo más
inhumano; y una agonía de tal carácter que la lengua no puede mencionar, ni
la mente de un hombre puede imaginar su horror. Fue un precio muy bueno.
Pero pregunto: ¿fue aceptado? Ha habido precios que se han pagado algunas
veces, o más bien que se han ofrecido, que nunca fueron aceptados por las
personas a quienes se les había ofrecido, y por eso el esclavo no obtuvo su
libertad. Pero este rescate sí fue aceptado.
La evidencia es clara. Cuando Cristo declaró que Él pagaría la deuda por
todo Su pueblo, Dios envió al oficial para que lo arrestara; lo arrestó en
el huerto de Getsemaní, y prendiéndolo lo arrastró al pretorio de Pilato, a
casa de Herodes, y al tribunal de Caifás; el pago fue hecho por completo, y
Cristo fue puesto en el sepulcro. Estuvo allí, encerrado en prisión vil,
hasta que la aceptación fuera ratificada en el cielo. Durmió allí durante
tres días en Su tumba. Fue declarado que la ratificación fuera esta: el
fiador quedaría en libertad tan pronto como sus compromisos de la fianza
fuesen cumplidos. Ahora dejen que sus mentes visualicen a Jesús enterrado.
Él está en el sepulcro. Es cierto que Él ha pagado toda la deuda, pero el
recibo no ha sido entregado todavía; Él duerme en esa estrecha tumba.
Encerrado allí con un sello sobre una piedra gigante, duerme todavía en Su
tumba; la aceptación de Dios todavía no ha sido otorgada. Los ángeles
todavía no han descendido del cielo para decir: "la obra está hecha, Dios ha
aceptado Tu sacrificio." Ahora es la crisis de este mundo; oscila
tambaleante en la balanza. ¿Aceptará Dios el rescate o no? Veremos. Un ángel
desciende del cielo con un resplandor intenso; remueve la piedra; y sale el
cautivo, sin vendas en Sus manos, habiendo dejado atrás Su indumentaria
fúnebre; libre, para no sufrir nunca más, para no morir nunca más. Ahora,
"Si Jesús no hubiera pagado la deuda,
Nunca habría sido puesto en libertad."
Si Dios no hubiera aceptado Su sacrificio, Él estaría en Su tumba en este
momento; nunca se hubiera levantado de Su tumba. Pero Su resurrección fue
una señal de que Dios lo había aceptado. Dijo: "He tenido una reclamación
contra Ti hasta esta hora; esa reclamación ha sido satisfecha ahora; eres
libre." La muerte entregó a su cautivo real, la piedra fue rodada y el
conquistador salió llevando cautiva a la cautividad.
Y además, Dios dio una segunda prueba de aceptación;
pues llevó al cielo
a Su unigénito Hijo, y lo sentó a Su diestra, muy por encima de los
principados y potestades; y por medio de eso quiso decirle: "Siéntate en el
trono, pues has hecho la obra poderosa; todas tus obras y todas tus miserias
son aceptadas como el rescate de los hombres." Oh, amados míos, piensen qué
escena tan maravillosa debe haber sido cuando Cristo ascendió a la gloria.
¡Qué noble certificado de la aceptación de Su Padre! ¿No les parece
contemplar la escena en la tierra? Es muy simple. Unos cuantos discípulos
están sobre una colina, y Cristo comienza a ascender con un movimiento lento
y solemne, como si un ángel Lo impulsara con suavidad gradualmente, como
niebla o vapor que se levanta de un lago hasta los cielos. ¿Pueden imaginar
lo que sucedía allá a lo lejos? Pueden concebir por un momento cómo, cuando
el poderoso conquistador entró por las puertas del cielo, los ángeles lo
recibieron,
"Trajeron su carroza de lo alto,
Para transportarlo a Su trono;
Batieron sus triunfantes alas, y exclamaron,
'La obra grandiosa ya está hecha.'"
¿Pueden imaginar cómo resonaban los aplausos cuando Él entró por las puertas
del cielo? ¿Pueden concebir cómo se empujaban unos a otros para ver cómo se
aproximaba Él, vencedor y sangrante de la batalla? ¿Ven a Abraham, Isaac,
Jacob, y a todos los santos redimidos, reunidos para contemplar al Salvador
y al Señor? Ellos habían deseado verlo, y ahora sus ojos Lo contemplaban en
carne y sangre, ¡el conquistador de la muerte y del infierno! ¿Pueden verlo,
con el infierno sujetado a las ruedas de Su carruaje, arrastrando a la
muerte cautiva a través de las calles reales del cielo? ¡Oh, qué espectáculo
había allí ese día! Ningún guerrero romano obtuvo jamás un triunfo así;
nadie vio jamás un espectáculo tan majestuoso. La pompa de todo el universo,
la realeza de la creación entera, los querubines y los serafines, y todos
los poderes creados, se maravillaron ante esa escena. Y Dios mismo, el
Eterno, coronó todo cuando estrechando a Su Hijo contra Su pecho, dijo:
"Bien hecho, bien hecho; has finalizado la obra que Te encomendé. Quédate
para siempre, mi Amado."
¡Ah! Pero Él nunca habría tenido ese triunfo si no hubiera pagado toda la
deuda. A menos que Su Padre hubiera aceptado el precio del rescate, el
rescatador nunca hubiera sido honrado de tal manera; pero debido a que fue
aceptado, por eso Él triunfó así. Suficiente, entonces, en lo que concierne
al rescate.
II. Y ahora, con la ayuda del Espíritu de Dios, voy a referirme al
EFECTO DEL RESCATE; siendo justificados: "siendo justificados gratuitamente
por su gracia, mediante la redención."
Ahora,
¿cuál es el significado de justificación? Los teólogos los
confundirán, si les preguntan. Voy a hacer mi mejor esfuerzo para explicar
la justificación de manera sencilla y simple, para que me entienda inclusive
un niño. No hay tal cosa como una justificación que pueda ser obtenida en la
tierra por los hombres, excepto de una sola manera. La justificación,
ustedes saben, es un término forense; siempre es empleado en un sentido
legal. Un prisionero es traído al tribunal de justicia para ser juzgado.
Sólo hay una forma en que ese prisionero puede ser justificado; esto es, no
debe ser encontrado culpable; y si no es encontrado culpable, entonces es
justificado: esto es, se ha demostrado que es un hombre justo.
Si ese hombre es encontrado culpable, no puede ser justificado. La Reina
puede perdonarlo, pero ella no puede justificarlo. Sus hechos no son
justificables, si fuera culpable de ellos; y él no puede ser justificado por
ellos. Puede ser perdonado; pero ni la realeza misma podrá jamás lavar el
carácter de ese hombre. Es tan criminal cuando es perdonado como lo era
antes de ser perdonado. No hay ningún medio entre los hombres de justificar
a un hombre de una acusación que es levantada en su contra, excepto cuando
se demuestra que no es culpable.
Ahora, la maravilla de maravillas es que se ha demostrado que somos
culpables, y sin embargo somos justificados: se ha leído el veredicto en
contra nuestra de: culpables; y sin embargo, a pesar de ello, somos
justificados. ¿Puede algún tribunal terrenal hacer eso? No, la redención de
Cristo logró eso que es una imposibilidad para cualquier tribunal de la
tierra. Todos nosotros somos culpables. Lean el versículo 23 que precede
inmediatamente al texto: "por cuanto todos pecaron, y están destituidos de
la gloria de Dios." Allí es presentado el veredicto de culpables, y sin
embargo inmediatamente después se dice que somos justificados gratuitamente
por Su gracia.
Ahora, permítanme explicarles
cómo justifica Dios al pecador. Voy a
suponer un caso imposible. Un prisionero ha sido juzgado y condenado a
muerte. Él es un hombre culpable; él no puede ser justificado porque es
culpable. Pero ahora, supongan por un momento que pudiera ocurrir algo así:
que alguien más pudiera participar, y que pudiera asumir toda la culpa de
ese hombre, que pudiera ponerse en su lugar y por algún proceso misterioso,
que por supuesto es imposible entre los hombres, se convirtiera en ese
hombre; o tomara sobre sí el carácter de ese hombre; él, el hombre justo,
pone al rebelde en su lugar, y convierte al rebelde en un hombre justo.
Nosotros no podemos hacer eso en nuestras cortes.
Si yo me presentara ante un juez, y él decidiera que debe encarcelarme
durante un año en vez de un desgraciado que fue condenado ayer a un año de
prisión, yo no podría asumir su culpa. Podría sufrir su castigo, pero no
podría llevar su culpa. Ahora, lo que la carne y la sangre no pueden hacer,
eso hizo Jesucristo mediante Su redención. Aquí estoy yo, el pecador. Yo me
refiero a mí mismo como representando a todos ustedes. Estoy condenado a
muerte. Dios dice: "Voy a condenar a ese hombre; debo, quiero y lo voy a
castigar." Cristo interviene, me hace a un lado, y se pone en mi lugar.
Cuando se pide que hable el reo, Cristo dice: "Culpable;" y hace que mi
culpa sea suya. Cuando se va a aplicar el castigo, Cristo se presenta. Dice:
"castígame a Mí," "he puesto mi justicia en ese hombre, y Yo he tomado sobre
Mí los pecados de ese hombre. Padre, castígame a Mí y considera a ese hombre
como si fuera Yo. Deja que él reine en el cielo; y que yo sufra sus
miserias. Déjame que Yo soporte su maldición, y que él reciba mi bendición."
Esta maravillosa doctrina del intercambio de lugares entre Cristo y los
pobres pecadores, es una doctrina de revelación, pues no habría podido ser
concebida por la naturaleza humana.
Permítanme que lo explique de nuevo, no sea que no quedó muy claro. La forma
en que Dios salva a un pecador no es, como dicen algunos, ignorando el
castigo. No; el castigo ha sido cumplido por completo. Es colocando a otra
persona en el lugar del rebelde. El rebelde debe morir; Dios dice que debe
morir. Cristo dice: "Yo seré el sustituto del rebelde. El rebelde tomará mi
lugar y Yo tomaré el suyo." Dios consiente a esto. Ningún monarca de la
tierra tendría poder para dar su consentimiento a un cambio así. Pero el
Dios del cielo tenía el derecho de hacer lo que Él quisiera. En su infinita
misericordia dio su beneplácito al arreglo. "Hijo de mi amor," dijo, "debes
colocarte en el lugar del pecador; debes sufrir lo que correspondía sufrir a
él; debes ser considerado culpable, tanto como él fue considerado culpable;
y después voy a ver al pecador bajo otra luz. Lo veré como si fuera Cristo;
lo aceptaré como si fuera mi unigénito Hijo, lleno de gracia y de verdad. Le
daré una corona en el cielo y lo llevaré en Mi corazón por toda la
eternidad." Esta es la forma en que somos salvados, "siendo justificados
gratuitamente por su gracia, mediante la redención que es en Cristo Jesús."
Y ahora proseguimos
a explicar algunas de las características de esta
justificación. En el momento en que un pecador arrepentido es justificado,
recuerden, él es justificado en relación a todos sus pecados. He aquí un
hombre plenamente culpable. En el instante en que cree en Cristo, recibe su
perdón de inmediato, y sus pecados ya no son más suyos; son arrojados a las
profundidades del mar. Fueron puestos sobre los hombros de Cristo y han
desaparecido. Ahora es un hombre justo a los ojos de Dios, y acepto en el
Amado. "¡Cómo!", dicen, "¿quieres decir eso literalmente?" Así es, en
efecto. Esa es la doctrina de la justificación por la fe.
El hombre deja de ser considerado por la justicia divina como un ser
culpable. En el instante en que él cree en Cristo toda su culpa es quitada.
Pero voy un paso más allá. En el momento que el hombre cree en Cristo, deja
de ser considerado culpable desde la perspectiva de Dios. Y lo que es más,
se vuelve justo, se vuelve meritorio. Pues en el instante en que Cristo toma
sus pecados, él toma la justicia de Cristo; así que cuando Dios mira al
pecador que sólo una hora antes estaba muerto en pecados, ahora lo contempla
con tanto amor y afecto como siempre miró a Su Hijo. Él mismo lo ha dicho:
"Como el Padre me ha amado, así también yo os he amado".
Él nos ama tanto como su Padre Le ama a Él. ¿Pueden creer en una doctrina
como ésa? ¿No sobrepasa a todo pensamiento? Pues bien, es una doctrina del
Espíritu Santo; la doctrina mediante la cual debemos esperar ser salvados.
¿Podría yo ilustrar mejor este pensamiento para cualquier persona no
instruida? Les voy a decir la parábola que encontramos en los profetas, la
parábola de Josué el sumo sacerdote. Josué entra vestido con ropas inmundas;
esas ropas inmundas representan sus pecados. Quítenle esas ropas inmundas;
ese es el perdón. Pongan una mitra en su cabeza, vístanlo con ropajes
reales, háganlo rico y apreciable: eso es la justificación.
Pero, ¿de dónde salen estas ropas, y a dónde van a parar esos harapos? Los
harapos que Josué vestía pasan a Cristo, y con las vestiduras de Cristo se
viste Josué. El pecador y Cristo hacen exactamente lo que hicieron Jonatán y
David; Jonatán dio su ropa David, y David dio a Jonatán sus vestidos; así
también Cristo toma nuestros pecados, y nosotros tomamos la justicia de
Cristo; y por medio de esta gloriosa sustitución e intercambio de lugares,
los pecadores son liberados y son justificados por Su gracia.
"Pero", dice alguien, "nadie es justificado así, sino hasta que se muera."
Créanme, lo es.
"El instante en que un pecador cree,
Y confía en su Dios crucificado,
Recibe de inmediato su perdón;
Salvación plena, mediante Su sangre."
Si aquel joven por allá ha creído verdaderamente en Cristo hoy, habiéndose
dado cuenta mediante una experiencia espiritual de lo que yo he intentado
describir, está tan justificado ahora a los ojos de Dios como lo estará
cuando esté ante el trono. Los espíritus gloriosos no son más aceptables a
Dios en el cielo que el pobre hombre aquí en la tierra que ha sido
justificado una vez por la gracia. Es una perfecta purificación, es un
perfecto perdón, una perfecta imputación. Somos plenamente, libremente y
totalmente aceptados por Cristo nuestro Señor.
Sólo una palabra más sobre esto, y dejaré el tema de la justificación.
Quienes han sido justificados una vez, son justificados irreversiblemente.
Tan pronto un pecador ocupa el lugar de Cristo, y Cristo toma el lugar del
pecador, no hay temor de un segundo cambio. Si Jesús ha pagado la deuda una
vez, la deuda está saldada y nunca más será presentada al cobro; si son
perdonados, son perdonados de una vez y para siempre. Dios no otorga al
pecador Su libre perdón firmado de Su puño y letra para retractarse más
tarde y castigarle. Está lejos de Dios proceder de esta manera. Él dice: "He
castigado a Cristo; tú puedes irte libremente". Y después de esto "nos
gloriamos en la esperanza de la gloria de Dios", porque "justificados, pues,
por la fe, tenemos paz para con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo".
Oigo que alguien exclama "Esa es una doctrina extraordinaria". Bien, alguien
puede pensar así; pero déjenme decirles que es una doctrina que profesan
todas las iglesias protestantes, aunque no la prediquen. Es la doctrina de
la iglesia anglicana; es la doctrina de Lutero; es la doctrina de la iglesia
presbiteriana; es visiblemente la doctrina de todas las iglesias cristianas;
y si resulta extraña a los oídos de ustedes, es porque no están
acostumbrados a oír, y no porque la doctrina sea extraña. Es doctrina de la
Santa Escritura que nadie puede condenar a quien Dios justifica, y nadie
puede acusar a aquellos por los que Cristo ha muerto, pues están
completamente liberados de pecado. Así que, como dice uno de los profetas,
Dios "no ha notado iniquidad en Jacob, ni ha visto perversidad en Israel".
En el mismo instante en que ellos creen, sus pecados son imputados a Cristo,
dejan de ser suyos, y la justicia de Cristo les es imputada y contada como
suya, de manera que son aceptados.
III. Y ahora voy a terminar con un tercer punto, el cual espero
exponer brevemente y con mucho denuedo: LA FORMA DE OTORGAR ESTA
JUSTIFICACIÓN. John Bunyan diría que hay personas a quienes se les hace agua
la boca por este gran don de la justificación. Algunos de mis lectores
estarán diciendo: "¡Oh, si yo pudiera ser justificado! Pero, ¿podré serlo,
amigo? He sido un borracho, he sido un blasfemo y todo lo ruin que pueda ser
un hombre. ¿Acaso puedo ser justificado? ¿Tomará Cristo mis negros pecados y
tomaré yo Sus blancas vestiduras?" Sí, pobre alma, si tú lo deseas, si Dios
te ha hecho desearlo. Si confiesas tus pecados, Cristo está dispuesto
a tomar tus harapos y a darte Su justicia para que sea tuya para siempre.
"Bien, pero, ¿cómo se puede obtener?", dirá alguno. "¿He de ser un santo
varón durante muchos años para llegar a conseguirlo?" ¡Escucha!:
"Gratuitamente por su gracia", "gratuitamente", porque no hay precio que
pueda pagarlo; "por su gracia", porque no es por nuestros méritos. "Pero yo
he estado orando por ello y no creo que Dios me perdone si no hago algo para
merecerlo." Te digo, amigo, que si traes alguno de tus méritos, jamás serás
perdonado. Dios otorga su justificación gratuitamente, y si tú traes algo
para pagarla, te lo tirará a la cara, y no te dará Su justicia. Él la otorga
gratuitamente.
El viejo Rowland Hill fue cierta vez a predicar a una feria. Observó cómo
los comerciantes vendían sus mercancías en subasta pública. Entonces Rowland
dijo: "Yo también voy a hacer una subasta en la que venderé vino y leche sin
dinero y sin precio. Mis amigos allí, dijo, se esfuerzan porque ustedes
puedan llegarles sus precios, mi problema es que yo no encuentro quién sea
capaz de bajarse a los míos". Y esto, mis queridos lectores, sucede con los
hombres. Si yo predicara una justificación que se pudiera comprar con
dinero, ¿quién se iría de aquí sin ser justificado? Si yo predicara una
justificación que se puede obtener caminando cien kilómetros, ¿no nos
convertiríamos en peregrinos cada uno de nosotros, mañana mismo? Si yo
predicara una justificación que consistiera en flagelos y torturas, habría
muy pocas personas que no aceptarían la tortura, y debo agregar que muy
severamente.
Pero si se trata de una justificación que es gratuita, gratuita, gratuita,
los hombres la desprecian. "¡Cómo!, ¿voy a obtenerla completamente gratis,
sin que yo haga nada?" Así es; la debes obtener a cambio de nada, o jamás la
tendrás: es "gratuita." "Pero, ¿acaso no puedo ir a Cristo y apelar a su
misericordia diciendo: Señor, justifícame, pues no soy tan malo como los
demás?" Eso no te servirá de nada, porque es "por su gracia". "Pero, ¿no
podré albergar una esperanza porque voy a la iglesia dos veces al día?" No
señor; es "por su gracia". "Pero, ¿tampoco podré alegar que intento ser cada
vez mejor." No señor; es "por su gracia". Insultas a Dios queriendo comprar
Sus tesoros con tu dinero falso. ¡Oh, qué ideas tan pobres tienen los
hombres sobre el valor del Evangelio de Cristo, cuando piensan que pueden
comprarlo! Dios no aceptará las sucias monedas de ustedes para que compren
el cielo. Una vez, un rico moribundo, creyó que podría comprar un lugar en
el cielo construyendo por su cuenta una serie de asilos. Un buen hombre se
aproximó a su lecho de enfermo y le preguntó: "¿Cuánto más va a dejar
usted?" "Veinte mil libras." "Esa cantidad no podría comprar el suficiente
espacio para que sus pies puedan pisar el cielo, pues sus calles son de oro.
¿Qué valor puede tener su oro? Sería considerado como nada, cuando el suelo
del cielo está empedrado con oro."
No amigos míos; no podemos comprar el cielo ni con oro, ni con buenas obras,
ni con oraciones, ni con nada. ¿Cómo habremos, pues, de conseguirlo? Con
sólo pedirlo. Todos los que nos reconocemos pecadores, podemos tener a
Cristo con sólo pedirlo. ¿Deseas tú tener a Cristo? ¡Puedes tener a Cristo!
"El que quiera, tome del agua de la vida gratuitamente." Pero si tú te
apegas a tus propios conceptos diciendo: "No, yo trataré de hacer muchas
obras buenas, y luego voy a creer en Cristo", te respondo, amigo mío, que
serás condenado si crees en semejante engaño. Solemnemente te advierto que
no puedes ser salvo de esa manera. "Bien, pero, ¿no he de hacer buenas
obras?" Ciertamente que sí; pero no debes confiar en ellas. Debes confiar
solamente en Cristo, y después haces las buenas obras. "Pero", dice alguien,
"yo creo que si hiciera algunas buenas obras me servirían de recomendación
cuando me acercara a Cristo." No sería así; no constituirían recomendación
alguna. Supongan que un mendigo usando guantes blancos de piel fina se
acercara a la casa de alguien diciendo que tiene mucha necesidad y que
necesita una limosna. ¿Le servirían de recomendación sus guantes blancos
para mover a alguien a la caridad?, ¿podrá servirle de recomendación para
lograr limosna un lindo sombrero nuevo que se compró esta mañana? "No",
dirías: "¡Eres un miserable impostor!; no necesitas nada, y no obtendrás
nada; ¡fuera de aquí!"
El mejor distintivo de un mendigo son los harapos; y el mejor ropaje para un
pecador que vaya a Cristo, es ir tal cual es, sin otra cosa que rodeado de
pecado. "Pero no, dice alguien, debo ser un poco mejor, y entonces creo que
Cristo me salvará." No podrás ser mejor por mucho que lo intentes. Además,
usando una paradoja, si pudieras mejorar, estarías en desventaja, porque
cuanto peor seas, tanto mejor serás para ir a Cristo. Si son completamente
impíos, vengan a Cristo; si sienten su pecado y renuncian a él, vengan a
Cristo; aunque hayan tenido el alma más perversa y vil, vengan a Cristo; si
sienten que no tienen nada en ustedes que les pueda servir de recomendación,
vengan a Cristo.
"Confía en Jesús, confía plenamente;
No dejes que se mezcle otra confianza."
No digo esto para alentar a ningún hombre a que continúe en su pecado. ¡Dios
no lo quiera! Si continúan en pecado, no deben venir a Cristo; no pueden,
sus pecados se lo impedirán. No pueden venir a Cristo y ser libres, y
continuar encadenados al remo de su galera, al remo de sus pecados. No,
señores, es el arrepentimiento; es dejar inmediatamente sus pecados. Pero
fíjense bien que ni el arrepentimiento, ni el dejar sus pecados, puede
salvarlos. Es Cristo, Cristo, Cristo, solamente Cristo.
Pero sé que muchos de ustedes se irán y tratarán de construir su propia
torre de Babel para llegar al cielo. Unos lo harán de una manera y otros de
otra. Adoptarán ceremonias: pondrán como cimiento de la estructura la
doctrina del bautismo infantil, y encima colocarán la confirmación y la cena
del Señor. "Iré al cielo", dicen; "¿acaso no guardo el Viernes Santo y el
día de Navidad? Soy mejor que esos disidentes. Soy una persona sumamente
extraordinaria. ¿Acaso no oro más que cualquiera?" Estarás largo tiempo
empujando esa rueda de molino, sin que consigas avanzar una pulgada. No es
éste el camino para llegar a las estrellas. Alguien dice: "Iré y estudiaré
la Biblia y creeré en la sana doctrina; y no dudo que, creyéndola, seré
salvo". ¡En verdad que no lo serás! No serás más salvo por creer en la
verdadera doctrina que por hacer buenas obras. "¡Vaya!", dirá otro, "eso me
gusta; creeré en Cristo y viviré como mejor me plazca." ¡En verdad que no
serás salvo!; porque si crees en Cristo, El no te dejará vivir como le
plazca a tu carne; por medio del Espíritu te constreñirá a mortificar tus
inclinaciones y concupiscencias. Si te concede la gracia de que creas,
también te dará después la gracia de vivir una vida santa. Si te da la fe,
te dará después buenas obras. No puedes creer en Cristo a menos que
renuncies a cada pecado y decidas servirle con pleno propósito de corazón.
Por último, creo oír a un pecador que dice: "¿Acaso es ésa la única puerta?,
y ¿puedo aventurarme a pasar por ella? Entonces lo haré. Pero no lo
comprendo muy bien; soy como el pobre Tiff en ese libro tan notable titulado
'Dred'. Hablan mucho acerca de una puerta, pero yo no veo esa puerta; hablan
mucho sobre un camino, pero no puedo verlo. Porque si el pobre Tiff pudiera
ver el camino saldría por él con aquellos niños. Hablan de combates, pero no
veo que nadie luche, de otro modo yo también combatiría."
Permítanme que se los explique, pues. Encuentro en la Biblia: "Palabra fiel
y digna de ser recibida de todos: que Cristo Jesús vino al mundo para salvar
a los pecadores". ¿Qué otra cosa pueden hacer, sino creer en esto y confiar
en Él? Nunca serán defraudados con una fe como ésta. Les voy a poner otro
ejemplo que he utilizado cientos de veces, pero que volveré a utilizar por
no poder encontrar otro mejor. La fe es algo parecido a esto: Es una
historia que se cuenta de un capitán de barco de guerra, cuyo hijo, un
muchacho joven, era muy aficionado a subir por el cordaje del buque. Una
vez, persiguiendo a un mono, subió al mástil hasta alcanzar la plancha mayor
sobre el mástil. Y como ustedes saben, esa plancha es como una gran mesa
redonda puesta sobre el mástil; así que, cuando el joven estuvo allí, tenía
espacio suficiente; pero la dificultad estaba, usando la mejor explicación
que puedo, en que no podía alcanzar el mástil que estaba debajo de esa
plataforma, pues su estatura no le permitía descolgarse por la plancha,
alcanzar el mástil y bajar. Allí estaba en esa plancha de madera; se las
había arreglado para llegar allí, de alguna manera u otra, pero le era
imposible bajar. Su padre se dio cuenta y quedó horrorizado; ¿qué debía
hacer? ¡En unos instantes su hijo caería y quedaría destrozado! Estaba
aferrado a la plataforma con todas sus fuerzas, pero en pocos segundos
caería sobre la cubierta convirtiéndose en una masa informe. El capitán
pidió un megáfono, y llevándoselo a la boca gritó: "¡Muchacho, la próxima
vez que el barco se incline lo suficiente, lánzate al mar!" Era en verdad su
única salvación; podía ser rescatado del agua, pero jamás se salvaría si
caía sobre cubierta. El pobre muchacho miró al mar; la altura era
impresionante, no podía soportar la idea de arrojarse a la corriente que
rugía allá abajo; le pareció brava y peligrosa. ¿Cómo podría lanzarse a
ella? Y así se aferró con todas sus fuerzas a la plataforma, aunque no había
duda que pronto se soltaría y perecería. El padre pidió una pistola, y
apuntando al muchacho dijo: "Muchacho, la próxima vez que el barco se
incline, lánzate al mar, o si no te disparo." El chico sabía que su padre
cumpliría su palabra, y así, cuando el barco se inclinó hacia un costado, se
lanzó al mar. Los robustos brazos de los marineros fueron tras él, y lo
rescataron, subiéndole a cubierta.
Como aquel joven, nosotros nos encontramos por naturaleza en una posición de
peligro extremo, del cual, ni ustedes ni yo tenemos la menor posibilidad de
escapar por nosotros mismos. Desafortunadamente, tenemos algunas buenas
obras propias a las que, como aquella plataforma, nos aferramos de forma tan
entrañable que no las soltaremos nunca. Cristo sabe que, si no las soltamos,
terminaremos hechos pedazos, pues esa confianza putrefacta nos destruirá. Y
por eso dice: "Pecador, abandona esa confianza en tus propias obras, y
arrójate en el mar de mi amor." Nosotros miramos hacia abajo diciendo:
"¿Podré ser salvo confiando en Dios? Parece como si estuviera disgustado
conmigo, y no podría confiar en Él". ¡Ah!, ¿no te persuadirá el tierno grito
de la misericordia?: "El que creyere será salvo." ¿Acaso es necesario que te
apunte con el arma de la destrucción?: "El que no creyere será condenado."
Ahora te encuentras en la misma posición que aquel joven; te hallas en una
situación que encierra un peligro inminente, y despreciar el consejo del
Padre es motivo de la más terrible alarma, y hace que tu peligro se agrave.
¡Debes hacerlo, o de otro modo morirás! ¡Deja de aferrarte! La fe consiste
en que un pecador se suelte de su asidero y se deje caer, y así es salvado.
Y aquello que parecía ser su destrucción es el medio de su salvación. Crean
en Cristo, oh, pobres pecadores, crean en Cristo. Ustedes que conocen su
culpa y su miseria, arrójense sobre Él; vengan y confíen en mi Señor, y como
Él vive, ante quien estoy, nunca confiarán en Él en vano; sino que serán
perdonados, y proseguirán su camino gozándose en Cristo Jesús.